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Todo por hacer, de Julia Varela

Todo por hacer, de Julia Varela

Una diseñadora de interiores, separada y madre de una adolescente, afronta el duelo por la muerte de su madre. Pero unas unas misteriosas flores y unas viejas fotografías la llevarán a repensar quién fue su progenitora, así como a replantearse su propia vida.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de Todo por hacer (Ediciones B), de Julia Varela.

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31 de marzo de 2024

Los ojos de Yago estaban a mitad de camino del sueño. Blanca se calmaba cuando sentía que él estaba a punto de dejarse vencer. Siempre sucedía lo mismo en las noches más inquietas. Después de leer, ella se tumbaba a su lado, respiraban un buen rato acompasados, sin palabras, y Yago iniciaba el des censo de energía: concentraba la mirada en el infinito del te cho de la habitación y, a medida que transcurrían los minutos, sus párpados se cerraban, milímetro a milímetro. Cedían despacio al cansancio. Esperaban. A menudo, él mismo se sorprendía con la primera bajada rápida de persianas, y enseguida retrocedían a la posición intermedia. Ojos a media asta. Ya no había vuelta atrás. Cuando las largas y oscuras pestañas de Yago se rendían y caían del todo, eran como un millón de plumas resbalando por su cara y por su pensamiento. Su respiración daba un leve respingo y se fundía con la almohada y el silencio que nunca existía por completo en el piso de Blanca. Silencio roto por el centrifugado de una lava dora —los vecinos de abajo— o por la campana extractora a deshora de la vecina de arriba.

Esos eran algunos de los ruidos de fondo que solían oírse después de cenar en una urbanización de trescientas viviendas repartidas en treinta portales. Pocos muros, muchas ven tanas y demasiados tabiques que obligaban a enterarse de las manías del otro. Yago, de diez años, ya era inmune al trajín, y más cuando esa tarde había acabado exhausto tras discutir de nuevo con su madre. Blanca abrazaba la espalda dormida de su hijo, ponía las manos en su abdomen caliente y metía la nariz entre su pelo, que olía a sudor limpio con un poso de champú. Pretendía mecer al niño pequeño que Yago había sido, pero de camino se daba cuenta de que ya no había cuna ni sitio para los dos en el colchón. Tenía medio cuerpo fuera, estaba incómoda. El crecimiento inevitable y preadolescente del niño la expulsaba, pero ella se aferraba a la ternura e insistía en acoplarse a su hijo casi como una contorsionista para ver llegar el sueño juntos.

"Blanca estaba a punto de quedarse dormida junto a su hijo cuando oyó un golpe seco procedente del salón"

Alcanzar ese punto de sosiego después de enfadarse con él también era un proceso lento para ella. Le daba vueltas y vueltas a lo que podría haber hecho y dicho mejor. Reproches del tipo «Tú no mandas sobre mí», portazo incluido, eran difíciles de aplacar con tacto en situaciones de estrés, y aquel día, antes de lidiar con su hijo, Blanca se había enfrentado a un cliente caprichoso, a un proveedor que no respondía y, lo más grave, a un pago que no llegaba. A esos nervios se les sumó una conversación telefónica con Tina, su madre, que tenía otra petición que hacerle. Blanca la despachó tajan te y de malas maneras porque ya estaba calentita. Poco después, fue a recoger a Yago a la salida del colegio. Al principio lo encontró alegre y sereno, pero, durante la merienda, su hijo inició un tira y afloja para que le dejase ver la tablet. Ante su negativa porque aún no había hecho los deberes, Yago una explosión de ira hormonal, y Blanca tampoco pudo impedir sus propios arrebatos de histeria. Tras los gritos, cada uno a una habitación y rabia en el aire.

Un suspiro profundo de Yago le confirmó que la jornada estaba llegando a su fin y que el temporal comenzaba a amainar. Blanca estaba a punto de quedarse dormida junto a su hijo cuando oyó un golpe seco procedente del salón. Saltó de la cama, temiendo romper la paz que tanto le había costado conseguir, y corrió hacia allí dejando atrás la somnolencia. El móvil, que había dejado en modo vibración encima de la estantería, se había caído al suelo. Lo recogió y, cegada por el brillo de la pantalla, deslizó el dedo. Vio seis llamadas perdidas. Le extrañó, tanto por la hora y la insistencia como por su autora. Era Concha, vecina y amiga de su madre —prime ro vecina y más tarde amiga, a fuerza de querer entablar con versación con ella por cualquier historia y husmear desde el patio contiguo—. A sus sesenta y ocho años, Concha era viuda, muy habladora y tenía unas ganas enormes de encontrar una compañera de caminatas y ejercicio. Se hizo amiga íntima de Tina, y a veces, con sorna y cariño, la llamaba Constantina, su nombre de pila. «Vamos a pilates, Constantina, venga, que pareces más vieja que yo», bromeaba para animar la a participar en los entrenamientos del gimnasio cercano. Blanca tenía el teléfono de Concha. De vez en cuando, la amiga de su madre le reenviaba algún mensaje con información sobre la última estafa dirigida a personas mayores, des mentidos de bulos virales y memes poco graciosos. No era habitual que la llamase, y eso era lo más desconcertante. Blanca se preocupó y no dudó en devolver la llamada a la ve cina, que respondió al primer tono:

—¿Blanca? Mira, hija, soy Concha…

—Sí, dime, acabo de ver tus llamadas. ¿Qué pasa?

—Pero ¿sabes quién soy, Blanca?

—Claro, Concha, claro… La amiga de mamá, la vecina. Tengo tu número. Es tarde, Concha. ¿Qué ocurre?

"Enmudeció mientras Concha le contaba que había encontrado a su madre inmóvil en el jardín"

El primer recuerdo que Blanca fijaría para siempre de aquella noche no sería el de los párpados derrotados de Yago tras otra batalla, sino la voz quebrada de Concha que terminó por empastarse con las sombras del salón. A cada palabra, su dicción era más ajena, grave y ralentizada, como una cinta desgastada, hasta volverse ininteligible, inaudible a los oídos de Blanca. Porque eso es lo que nos ocurre cuando recibimos la noticia más triste: con una rapidez inesperada, fulmina la coherencia cotidiana. Nos pilla desprevenidos, da igual la edad que tengamos, y nos espeta un mensaje de plomo que ensordece y desmaya, que nos aparta de lo mundano. Las preocupaciones se vuelven nimias, y nosotros nos convertimos en humanos insignificantes. Somos más inútiles que nunca cuando nos apisona el anuncio de la muerte.

—¿Cómo ha sido? ¿Cómo?

Eso fue lo poco que Blanca se atrevió a preguntar, un «cómo» que no apelaba a una narración puntual de los hechos, sino a una respuesta existencial. A un porqué. Enmudeció mientras Concha le contaba que había encontrado a su madre inmóvil en el jardín. La vecina, nerviosa, insistía en los detalles del cuerpo frío de Tina al pie de las hortensias. Eso sí que lo distinguió con claridad dentro del espectro de sonidos deformados que salían del teléfono. Hortensias. «Son flores que se dan bien en el norte, y conviene podarlas antes de primavera para que en verano broten con fuerza en colores rosa, blanco y azul», repasaba la lección aprendida de su madre, como si fuera la tabla de multiplicar. Blanca era una autómata en un intento absurdo de desoír la comunicación real. «¡Menos mal que le quedan sus hortensias!», había despotricado esa misma tarde entre dientes, al acabar a disgusto la conversación telefónica con ella.

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Autora: Julia Varela. Título: Todo por hacer. Editorial: Ediciones B. Venta: Todostuslibros.

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