El entierro fue en Barcelona, cuatro meses después de su partida hacia el frente. Era un día gris, como correspondía al ánimo de una multitud, nunca vista, que colapsó las calles por donde discurría el féretro, escoltado por anarquistas en mono de combate y bajo una bandera roja y negra. La gente se arrodillaba al ver pasar el cortejo y lloraba. La histeria colectiva se apoderó de cientos de miles de personas el 22 de noviembre de 1936.
Solo unos días antes había muerto Durruti en Madrid, en el frente de la Ciudad Universitaria. Había llegado hasta allí desde Aragón con mil ochocientos anarquistas, de los que sobrevivirían unos setecientos. El asalto al Hospital Clínico estaba fracasando. Muchos milicianos abandonaban la lucha. El líder anarquista se presentó allí para evitarlo y una bala perdida lo tumbó. Lo llevaron malherido al Ritz, entonces hospital de sangre, y allí murió.
Desde entonces se han difundido múltiples teorías sobre su muerte. La versión oficial lo declara muerto en acto de combate, alcanzado por una bala fascista. Otros sostienen la hipótesis del accidente: él mismo se disparó al dar un culatazo contra el suelo en medio de una discusión con un subalterno. La familia, sin embargo, apunta al naranjero que portaba el sargento Manzana, su hombre de confianza, como origen, fortuito o no, del óbito. El sargento desapareció tiempo después en México, y aquella fuga alimentó las sospechas sobre la NKVD soviética, tan enemiga de trotskistas y anarquistas como de los propios fascistas. En su cazadora de cuero quedó la marca de un disparo a bocajarro que tuvo que venir del lado de los suyos.
“Durruti era un tipo para tener biografía en romance, en un pliego de literatura de cordel, con un grabado borroso en la primera página”, escribió Pío Baroja en El cabo de las tormentas. Obrero y ferroviario, su combatividad durante las huelgas de 1917 le dejó sin trabajo y fuera de la UGT. Va y viene de Francia huyendo de la Guardia Civil y del tribunal militar que lo condena por no hacer el servicio militar. Se afilia a la CNT. En 1922 forma, junto con Juan García Oliver, Francisco Ascaso y Ricardo Sanz, el grupo “Los Solidarios”, con el que, un año más tarde, asalta la sucursal del Banco de España en Gijón y, posteriormente, asesina al arzobispo de Zaragoza, al que descerrajan más de veinte tiros.
Huye después a Argentina y Chile, donde ejecuta junto a otros camaradas el que se considera el primer asalto bancario en la historia del país, buscando recursos para liberar a los compañeros encarcelados en España. Regresa a Francia, tras pasar por varios países sudamericanos y europeos, y es encarcelado junto a Ascaso y Jover por, entre otras iniciativas, planear un atentado contra Alfonso XIII.
En 1931 vuelve a España y se integra en el sector faísta de la CNT. La República no lo aplaca y protagoniza varias intentonas revolucionarias. En abril de 1933, tras asistir en Sevilla a un congreso anarquista, es detenido junto a otros compañeros y encarcelado primero en la cárcel del Pópulo de Sevilla y, posteriormente, en el penal del Puerto de Santa María. Se le acusa de un delito de opinión por las palabras pronunciadas en la clausura del congreso.
En el presidio sevillano lo visita Pío Baroja, que es recibido por los presos con los puños en alto. Don Pío, sorprendido, no sabe cómo corresponderles. “Es terrible lo que hacen con ustedes”, cuenta Durruti que le dijo el escritor, que no sabe qué contestar cuando el anarquista le pregunta qué postura deben ellos adoptar “frente a estas arbitrariedades”.
El impío don Pío se definía como liberal radical, individualista y anarquista. Enemigo de la Iglesia y del Estado, aceptaba el anarquismo como crítica social, pero no como sistema político, una utopía que consideraba imposible. Él mismo explicó por qué no podía ser realmente anarquista: “siento demasiado la fuerza de mis instintos egoístas para llamarme de esta manera”.
Baroja contestaría a Durruti en el texto “Latifundio y comunismo”, publicado el 23 de abril de 1933 en Ahora:
“Esto pensaba el otro día aquí, en Sevilla, cuando fui a hablar en la cárcel del Pópulo, vieja, sucia y pintoresca, una cárcel del tiempo de Merimée, con los anarquistas presos. Estos se hallan detenidos por haber hablado con violencia en un mitin. Les vi desde el locutorio, a lo lejos, entre las rejas, como fieras enjauladas. Estaban Durruti, Ascaso, Pérez Combina, Zimmerman, Paulino Díaz y otros muchachos jóvenes. Como los anarquistas son discutidores, comenzaron a discutir conmigo. Hablaban con entusiasmo de la revolución que consideraban próxima, y del triunfo del comunismo libertario. Yo presentaba mis objeciones de hombre incrédulo y dogmático. Al salir de la cárcel pensaba:
—¡Quién sabe si lo que propugnan estos hombres, en vez de ser lo utópico del futuro, sea en Andalucía algo ancestral y tradicional!”.

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