“La música puede dar nombre a lo innombrable
y comunicar lo desconocido”.
Leonard Bernstein
Entre diciembre y enero, la vida discurre al hilo de la música que señala los tiempos. Todo tiene una melodía que gira en nuestra cabeza como un disco interminable, y nuestra voz, como un karaoke inconexo, fusiona inconfundibles ritmos. Las mañanas inician con la serenidad de la música clásica, y nos da concentración para la lectura y el trabajo. Por las tardes, el pegadizo compás alegre del pop o del rock nos posee y acelera, como si bailásemos el último disco de la fiesta. Entramos y salimos del trabajo, de casa, de las tiendas o merendamos los dulces que nos guiñan, rendidos a sus sabores. Por las noches, bajamos las revoluciones de nuestros actos y nos acompasamos a la lentitud de las baladas, del jazz o de los blues, mientras cenamos y charlamos.
Recordé a mi padre cuando, cerca de las fiestas navideñas nos instaba a escribir cartas a Papá Noel y a los Reyes Magos. Emocionados, nos afanábamos en escribir en silencio nuestras peticiones y guardábamos el secreto. Cuando todos habíamos terminado, recogía los sobres y salía con dirección al correo. A medida que se acercaba el día, nuestras expectativas crecían, como nosotros a la espera de los juguetes anhelados. Ahora que lo pienso, debió de ser complicado para mis padres hacer que se cumplan los deseos de siete niñas y un niño. Mi hermana Elena, que estudiaba piano en la Escuela Superior de Música, siempre pedía discos de música clásica y se les concedía sin más. Escuchar su petición convertida en La sinfonía de los juguetes y otras melodías fue el mayor regalo para todos. Sin duda, los juguetes marcan la vida de los niños y, bien elegidos, pueden convertirse en verdaderas fuentes de creatividad. En otras salas, los juegos de mesa, casas de muñecas, peluches y teatrines de diferentes modelos me transportaron a otro regalo de mi pubertad: un teatrín colorido que me incentivó a inventar personajes de papel, diálogos y cuentos.
Mientras, los cuentos, relatos y novelas llegaban para todos casi siempre. En realidad, eran los mejores regalos que nunca fallaban, ni faltaban. Fueron los hilos que nos envolvieron en un grato mundo de imaginación, igual que la música, y nos hicieron conocer otros universos que recreábamos y de los que queríamos ser protagonistas. Estos días las librerías estaban repletas de compradores que hurgaban en los anaqueles, en busca del libro ideal para regalar.
A propósito de libros, dos títulos relacionados con la música vienen a mi mente: Melodías en el tiempo (2022), del escritor Yauci Manuel Fernández, novela cuyo hilo es la historia de Alexis y su vocación como pianista. Además, la música actúa como impulso para recuperar los recuerdos felices, incentiva el amor y propicia el desahogo de los sentimientos estancados de los personajes. Y Música de cámara, de Rosa Regàs, escritora barcelonesa, ganadora del Premio Biblioteca Breve, 2013, novela en la que confirma su pasión por Schubert, Mozart, Beethoven y otros músicos, a través de siete voces que marcan el compás de las acciones. Por una parte, la vida familiar y social de la burguesía catalana que fluye con aparente armonía, igual que los conciertos en el Palacio de la Música y en el Conservatorio donde intenta desarrollar su vocación por la música. Por otro, los acordes de la posguerra, el exilio y el desarraigo. Como admiradora de Nietzsche, la autora incluye un capítulo titulado Así habló Zaratustra, para explicar el significado de Arcadia, como la búsqueda más deseada del ser humano: equilibrio, armonía y paz. Sus otros libros también llevan un filamento musical: Sombras, nada más (1998), Más canciones (1998) y La canción de Dorotea (2001).
Si lo pensamos, cada recibimiento del Año Nuevo nos reconecta con la música que llevamos en nuestro ADN. Durante estas fiestas que cada vez pierden el verdadero significado religioso y de recogimiento, sólo el lenguaje universal de la música nos conmueve y nos vincula con nuestra esencia. Cada experiencia musical nos renueva y energiza, y por eso el concierto de la Filarmónica de Viena marca un antes y un después: conecta, remece y hace vibrar al auditorio y a los que seguimos la retransmisión. Nos sumamos a la pasión, al ritmo y a los movimientos armónicos del director de orquesta que parece estar en trance. Sentimos todo tipo de emociones y evocaciones inexplicables. Este año, aquella responsabilidad y experiencia única ha recaído en el llamado maestro moderno Yannick Nézet-Séguin, quien confiesa haber respirado la música desde la infancia.
Para Séneca la dependencia por lo externo no nos da felicidad, aunque todos queremos alcanzarla, a través de objetos o experiencias. Los regalos son meros actos de compromiso en una sociedad consumista que nos subyuga e, incluso, los juegos nos proporcionan alegría y distracción momentánea, aunque ahora grandes y pequeños vivimos atrapados por el juguete virtual del presente y del futuro, el móvil. Conscientes o no, nos sometemos a sus reglas, que no conocen edades ni límites. Nos hemos convertido en juguetes gobernados por el juguete más mágico, poderoso y a la vez más peligroso del siglo XXI.
Al final, la vida es un juego finito de posibilidades infinitas, como la música. Cada jugador sigue las reglas, conoce su tiempo y espacio. El mayor acto voluntario de transparencia al que nos sometemos sin máscaras, como los niños, es a través de los juegos, porque quizás “nuestra niñez sigue jugando en la playa, jugando con la marea, pensando en volver”, como dice la canción de Joan Manuel Serrat. Por ello, mantener vivo al niño que todos llevamos dentro, es mantener la capacidad de asombro ante la vida. Sólo el niño y los saberes del sabio hacen una pareja magnífica, según Luis Landero. En sí, la música, los juegos y las lecturas hacen un trío perfecto, mantienen nuestra capacidad de asombro y se convierten en manantial de inspiración.





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