Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Sábado, 11 de enero de 1936: La redacción de ABC
La redacción de ABC estaba más agitada que de costumbre. La indignación movía a los plumillas de un lado para otro. La nota oficiosa del Consejo de ministros se convirtió en el detonante.
Las previsiones sobre la reactivación de la censura para las inminentes elecciones no se estaban cumpliendo. Las esperanzas de la redacción se veían así frustradas. En su nota, el Gobierno informaba que en el Consejo de ministros solo se había manifestado una honda preocupación por la progresiva subida de tono de las publicaciones de las izquierdas. Ninguna otra medida se adoptaba. Y sin embargo, ¡cuánto bien hubiera hecho un control de la prensa durante la campaña electoral!
En la prensa española se producía día sí y día también todo tipo de atentados contra la verdad y la razón. Los periódicos de izquierdas cultivaban la mentira y el odio, incitaban a la desobediencia y la rebelión. Los conservadores se veían insultados y perseguidos, mientras sus publicaciones cumplían estrictamente con la verdad. Ellos, allí en el ABC, eran de los más perjudicados por tanta mentira que se vertía sobre los españoles…
La censura se había activado en el 34 a consecuencia de la revolución de Asturias. Al menos entonces se hizo de forma oficial, porque ya antes Azaña, durante el incidente de Casas Viejas, había procurado silenciar a la prensa. Los periódicos revolucionarios no pudieron publicar así sus mentiras sobre la forma en que se había llevado a cabo la pacificación de Asturias.
Pero el problema no era la censura en sí. La censura era un instrumento necesario para apaciguar la llama de las revoluciones. El problema era que el Gobierno, en lugar de abrir la mano poco a poco, de hacer concesiones progresivas a la prensa secuestrada, mantenía la mordaza incluso cuando las aguas habían vuelto a su cauce. Y ahora, justo cuando más daño hacían los periódicos socialistas…
—Señores, no vamos a mantenernos callados —la potente voz de Juan Ignacio Luca de Tena, el director del rotativo, tronó por encima del barullo—. No se puede consentir que la canalla bolchevique pueda arengar a las masas para que dé comienzo su revolución.
—¡Hay que callarlos a todos! —gritó un plumilla, desde el fondo de la redacción.
—Sí, hay que callarlos. Pero, si no lo hace el Gobierno con la fuerza de la ley, tendremos que hacerlo nosotros con la fuerza de la verdad. Para el número del martes quiero que se trate el tema in extenso. En primer lugar, daremos cuenta de la nota del Consejo de ministros. Quiero una buena entradilla, señalando el tema de la censura. En segundo lugar, necesitamos una columna sobre el asunto. Que la haga Wenceslao —se refería a Wenceslao Fernández Flórez, su periodista estrella—. Quiero una crítica a toda censura, pero en la que se hable de la necesidad de silenciar las opiniones perniciosas que manchan la libertad de prensa. Y quiero que se recoja un comentario crítico del artículo publicado hoy en el Times sobre la censura en España. Hay que hacer hincapié en que, si se hubiera censurado con cabeza, ahora los ánimos estarían más serenos de cara a las elecciones. Vamos, señores, no podemos quedarnos de brazos cruzados con unas elecciones a la vuelta de la esquina. ¡Manos a la obra! —concluyó.


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