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Cuarenta años sin Juan Rulfo

Cuarenta años sin Juan Rulfo

Hace cuatro décadas nos dejó el más grande escritor mexicano del último siglo y una de las grandes voces de la literatura escrita en lengua española de todos los tiempos. El 7 de enero de 1986, a las ocho de la noche, moría Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno, mejor conocido como Juan Rulfo, en su casa de la calle Felipe Villanueva 98, en la Ciudad de México. Un infarto derivado del cáncer pulmonar que padecía, como se lee en su acta de defunción, liberó al fin su alma y la llevó al Olimpo en el que su memoria vive desde entonces y es honrada por miles de lectores de todo el mundo. Y es que, como ha dicho estos días el investigador mexicano Alberto Vital, uno de los máximos expertos en la obra rulfiana, su grandísima novela Pedro Páramo sigue siendo un marco de referencia, y su protagonista un personaje muy vivo y un arquetipo de absoluta vigencia, al tratarse de un individuo que acumula poder destruyendo todo lo demás, encarnando la figura del autoritarismo puro. Autor de la biografía Noticias sobre Juan Rulfo, publicada por RM en 2004 y actualizada en 2017, Vital ha incorporado nuevos datos y reflexiones sobre la literatura y la vida del escritor, incluyendo su árbol genealógico, su correspondencia, documentos y fotografías familiares, así como cuatro textos de Rulfo sobre su formación, además de dos entrevistas inéditas que iluminan aspectos ignorados hasta entonces de su trayectoria. Para ello, el biógrafo visitó incluso a doña Clara Aparicio (quien falleció en 2023 a los 95 años de edad), su mujer, y conversó con ella en varias ocasiones, lo que le permitió trazar con más detalle la personalidad de Rulfo, un autor cuyo trabajo describe como de ritmo pausado y que nunca cayó en la tentación de publicar un libro por año. A Rulfo, señala su biógrafo, no le concedieron el Premio Cervantes por motivos que considera “mezquinos”, ya que llegaron a llamarlo hasta en dos ocasiones, pero finalmente, por razones que se desconocen, no volvieron a hacerlo, y eso, agrega el investigador, fue algo muy doloroso para él. Vital recuerda que el hijo del escritor, Pablo Rulfo, le contó que en 1985, después de muchos intentos y comentarios sobre la novela que sucedería a Pedro Páramo y que era esperada con gran expectación en todo el mundo, su padre le dijo: “Ahora sí estoy listo para la siguiente novela”. Había tardado 30 años en llegar a ese momento, pero le dio cáncer y murió. Y ya no importa, porque Juan Rulfo seguirá siendo tan grande e inmortal como su obra.

TARSICIO HERRERA, MAESTRO LATINISTA 

"El maestro Tarsicio era riguroso, atento y muy versátil, y se convirtió en el indiscutible portador de la llama de las humanidades"

Hay que despedir con todos los honores a uno de los grandes maestros latinistas de México, don Tarsicio Herrera Zapién, en un momento de estupidez en el que la cultura clásica ha sido relegada de los planes de estudio como un vejestorio inservible. La única necrológica que los medios mexicanos le han dedicado, como ejemplo de la ignorancia que campa en las tierras del volcán, reseña que don Tarsicio, quien contaba 90 años de edad, no solo fue amante del latín y de la cultura romana, sino del piano, de la obra de la poeta Sor Juana Inés de la Cruz y del músico Manuel M. Ponce. Autor de una veintena de ensayos y faro que iluminó el camino del aprendizaje de las letras clásicas, Herrera Zapién dedicó 50 años de su vida a la docencia en la UNAM, donde echarán de menos sus inolvidables clases. Entre sus obras, destacan el imprescindible López Velarde y Sor Juana, feministas opuestos (1984), así como El imperio novelístico romano (2003) o Villancicos de ambos mundos, de seis lenguas al latín (2008). Como ha recordado el poeta Adolfo Castañón, el maestro Tarsicio era riguroso, atento y muy versátil, y se convirtió en el indiscutible portador de la llama de las humanidades y el fulgor de la memoria de la antigüedad entre los mexicanos. Traductor de poetas clásicos como Horacio y Ovidio, tuvo el ingenio de hacer el camino inverso y traducir a autores como Tito Monterroso al latín, cruzando los siglos a través de esta lengua, pues el latín no era para él un muro, sino un puente que nos comunica con el pasado. Una lección fundamental que jamás debemos olvidar.

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