Ésta es la historia de tres nombres, tres versiones de una vida, y las infinitas posibilidades que una sola decisión puede desencadenar. Es la historia de una familia, y de cómo el amor resiste y perdura entre sus miembros, sin importar lo que el destino les depare.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Los nombres (Salamandra), de Florence Knapp.
***
Prólogo
Octubre de 1987
La madre de Cora siempre decía que el viento excitaba a los niños, que incluso los más tranquilos parecían alterados después de jugar. Cora siente ahora ese mismo desasosiego. Las ráfagas embisten los abetos que hay detrás de la casa, se cuelan por el pasillo lateral y acaban estallando contra la verja de fuera mientras las preocupaciones también la sacuden y la agitan por dentro. Porque al día siguiente —si amanece, si amaina la tormenta—, Cora irá al registro civil para inscribir el nombre de su hijo. O mejor dicho, y ésta es su verdadera inquietud, para formalizar en quién se convertirá.
—Brain, cerebro… ¿No te choca?
—Es pura casualidad —dijo él—. No te imaginas la cantidad de urólogos que se apellidan Cox, como cocks, o Ball, pelotas. De hecho, entre los ortopedistas es bastante común el de Legg, como leg, pierna.
«¿No ves el riesgo que corremos?», le habría gustado gritarle. «¿No ves que si lo llamamos Gordon nuestro hijo puede acabar siendo como tú?» Pero no lo hizo. Al fin y al cabo, ésa debía ser su intención.
Toca la mejilla cálida de su hijo, como si su piel pudiera transmitirle algún mensaje crucial. Sobre lo que quiere, sobre quién podría llegar a ser. Antes de que pueda descifrarlo se oye un golpe en la parte posterior de la casa. Es un ruido agudo y perturbador. Estrecha al niño con fuerza entre sus brazos. El reflector de seguridad se enciende e ilumina las siluetas ondulantes de los abetos, enormes y amenazadores, que primero retroceden y luego se alargan de nuevo. Oye a Gordon salir de la habitación contigua y bajar a toda velocidad las escaleras. Lo imagina en pijama por la sala de estar a oscuras, caminando hacia la puerta del patio, y después de pie bajo el foco, entornando los ojos sin sus lentes de contacto para comprobar si hay algún desperfecto. Lo imagina empequeñecido ante aquellos árboles inquietantes, ante la inmensidad de la tormenta.
Al cabo de unos minutos, Gordon abre la puerta del cuarto de los niños y entra una corriente de aire frío. Se le habrá pegado a la ropa y seguido escaleras arriba, piensa Cora.
—Sólo ha sido el aspersor —le dice él—. Vuelve a la cama.
—Ahora voy.
Pero no quiere dejar solo al bebé, que sigue durmiendo con la cabeza apoyada en su brazo mientras los ruidos de la tormenta marcan los minutos de la noche que dan paso al día.
*
Gordon está hablando por teléfono con un colega de la consulta. Cora los oye comentar que no hubo ningún aviso en el parte meteorológico de ayer por la noche y que posiblemente se cancelen citas y haya bajas entre el personal. Ella prepara el desayuno mientras atiende al bebé y ayuda a Maia a sintonizar una emisora de radio local para averiguar qué escuelas permanecerán cerradas a causa de la tormenta. Cuando nombran la de Maia, la niña reacciona con una sonrisita de alegría y un silencioso pulgar hacia arriba que deja caer cuando Gordon entra en la cocina.
—Mis padres vendrán el domingo —anuncia cogiendo una tostada antes de marcharse—. Acuérdate de ir hoy al registro. —Dos afirmaciones seguidas, pronunciadas como si una justificara la otra—. Y no cruces por el parque.
Para evitar a los exhibicionistas, los asesinos y, en un día así, los árboles que todavía podrían caer por la tormenta.
*
Todas las casas de su calle tienen ampulosas columnas de estuco, ventanas ciegas y jardines con setos cuidadosamente podados. Cuando Cora y sus hijos están fuera, apenas ven rastro de la tormenta a su alrededor. Sin embargo, una vez pasado el callejón, el paisaje cobra visos de irrealidad, como cuando sales parpadeando de una sala de cine a plena luz del día. Los árboles se inclinan en ángulos extraños. En las verjas se han abierto huecos que invitan a entrar en los jardines traseros. Sobre la acera ha caído un tendedero giratorio. Varias casas más adelante aparece una camisa con las pinzas prendidas aún en los hombros enganchada a un seto de aligustres. La mirada de Maia va de un lado a otro, como si la ciudad se hubiera convertido en uno de esos pasatiempos de buscar las diferencias.
Bordean el parque esquivando las ramas caídas con el cochecito. Se detienen a observar una enorme raíz de roble llena de larvas y terrones de barro. Maia se mete en el hueco que ha quedado debajo.
—Ten cuidado de no ensuciarte el abrigo.
Es lo que hubiera dicho Gordon. Porque ella en realidad la habría animado a respirar el intenso olor almizclado de la tierra y a imaginarse como un cachorro de zorro acurrucado con el morro sobre la cola. Tiene nueve años y pronto se sentirá demasiado mayor para hacer estas cosas.
Maia sale y se sacude el abrigo. En el paso de cebra, junto al globo de color ámbar de una baliza decapitada en la cuneta, esperan a que se detengan los coches.
—¿Por qué yo no me llamo como tú si él se va a llamar como papá? —pregunta la niña mirando al cochecito.
Cora da las gracias a un conductor con un ademán.
—Tú sí que te llamas como yo —le dice mientras cruzan—. Nadie lo sabe, pero Maia significa «madre». Te lo enseñaré en el libro de nombres de bebé cuando lleguemos a casa.
—¿De verdad? —Cora se sorprende de lo contenta que se pone Maia—. Entonces, ¿por qué no buscamos para él un nombre que signifique «padre»?
Cora mira a su hijo. Su carita redonda asoma por encima del enorme mono. Deja de empujar y se inclina hacia el aire perfumado con talco que lo envuelve. Los ojos del bebé brillan de emoción al encontrarse con los de su madre y sus piernas se mueven frenéticas para celebrarlo. Él no tiene nada de Gordon. Cora le dice «Te quiero» con la mirada y vuelve a erguirse.
—La verdad es que busqué nombres que significaran «padre» y el que me gustó fue Julian, que es «padre del cielo».
Para Cora, eso equivalía a estar por encima de un buen número de atribulados padres terrenales, y en su día incluso llegó a pensar que quizá Gordon aceptaría ese nombre. Si significaba «padre», y por tanto seguía siendo un homenaje, a lo mejor a él le parecía igual de válido. Pero una tarde Gordon llegó temprano a casa, vio el libro de nombres boca abajo en el sofá y echó un vistazo a las páginas por las que estaba abierto. «Sólo busca nombres de niña, Cora. Recuerda que si es niño se llamará Gordon», le dijo.
[…]
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Autor: Florence Knapp. Título: Los nombres. Traducción: Aurora Echevarría. Editorial: Salamandra. Venta: Todos tus libros.


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