La vida actual es una vida impropia: no nos pertenece, porque transcurre absorbida por mil cosas. Así se titula la última novela de Juan Tallón, donde sus protagonistas aparecen sumidos en la alienación del trabajo, la multitarea constante y la imposibilidad de la desconexión. Su atención —y con ella su sistema nervioso— se halla permanentemente desbordada: viven separados de sí mismos y de sus seres queridos. No tienen tiempo; en consecuencia, tampoco tienen ser. Mil cosas, publicada por Anagrama, es una novela vertiginosa que radiografía el desasosiego contemporáneo, cuyo motor es el estrés, esa enfermedad del siglo XXI que confunde sistemáticamente lo urgente con lo importante.
La prosa, calibrada mediante el uso de frases cortas, imita la saturación mental de los protagonistas: pensamientos y gestiones triviales van adquiriendo un volumen colosal hasta convertirse en monstruos cotidianos. El terror se ha introducido asquerosamente en la rutina y no hay nada heroico en las pequeñas batallas que libran Travis y Anne. El final de cada capítulo invita a suspirar. Todos podemos reconocernos en el agotamiento que provoca el absurdo de las gestiones que nos congestionan. Mil cosas puede leerse como una crítica a la saturación, la erosión y el desgaste que padecemos en la vida contemporánea.
Travis y Anne se están derritiendo. Desean salir de la vorágine y comenzar las vacaciones para reconquistar la familia —si queda algo de ella— después de haber vivido constantemente para otras cosas. Anne ha preparado la maleta durante semanas: lo que en principio parecía un objeto redentor se ha convertido en un artefacto traumático. Está bloqueada y no sabe qué meter; cada prenda implica una decisión que no puede tomar. Cuando la ansiedad se desborda, la depresión aparece como una inmovilidad producida por el exceso de abrir y cerrar, por ignorar la petición de un cuerpo que necesita frenar mientras el mundo circundante exige aceleración.
Travis conduce su coche de camino al trabajo, mientras el tráfico retuerce sus nervios, recuerda las palabras de una compañera: el semáforo amarillo es la metáfora de nuestras vidas. ¿Frenar o acelerar? Esa es la cuestión. Si uno frena cuando el semáforo cambia de verde a amarillo, corre el riesgo de ser arrollado. Aquí aparece otro recuerdo: un compañero de trabajo —inspirado seguramente en el accidente que padeció Jacobo Bergareche— circulaba con su Vespa y frenó en un semáforo que acababa de cambiar; el coche que iba detrás aceleró y le embistió, haciéndolo saltar por los aires. Si hubiese acelerado, podría haber corrido la misma suerte. El amarillo es el color de la incertidumbre ansiosa con la que circulamos constantemente.
¿Alguien ha llorado en la ducha? Pocas imágenes son tan tristes como la pena diluida en la desnudez y el llanto confundido con el agua. A menudo la ducha es un trámite más en medio de la rutina, pero a veces el agua recorre nuestro cuerpo y éste recuerda las caricias, o anhela el reposo que se siente al flotar y delegar el esfuerzo de sostenerse. El llanto en la ducha es la nostalgia del descanso, porque incluso ese diminuto placer ha sido instrumentalizado. Un cuerpo para muchas cosas, pero nunca para uno mismo. Nos duchamos para ir limpios al trabajo: los medios han conquistado los fines y, en ese proceso, el cuerpo ha sido deshabitado. El triunfo del estrés, el éxito de su contagio, se consuma cuando corrompe el último gozo inocente de un cuerpo: la ducha.
En un pasaje, Anne se mete en la ducha antes de ir a trabajar. Son apenas cinco minutos, pero es incapaz de reconquistar su cuerpo y siente una profunda tristeza al saberse impotente. Su cuerpo ya está en otra parte, porque el mundo amenaza con su fuego cruzado y ella estará en medio. La prisa, con sus anticipaciones de malestar, es la carcoma de nuestro deseo. La frustración de un cuerpo, su derrota, se mide en su impaciencia cuando se ve obligado a estar en un solo lugar. La ducha —ese recinto donde no es posible la circulación ni el hacer mil cosas, sin pantallas, sin mirillas para “estar” en múltiples sitios— nos confronta con la única realidad de un cuerpo: el espacio que ocupa. Esa desnuda fragilidad resulta insostenible en un mundo bombardeado de urgencias, todas ellas, intrascendentes. Quien llora en la ducha sabe que no se pertenece, y esas lágrimas son su última rebelión.
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Autor: Juan Tallón. Título: Mil cosas. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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