En la era contemporánea, los algoritmos dominan cada vez más aspectos de nuestra vida, desde las recomendaciones en plataformas digitales hasta la configuración de nuestras interacciones sociales. Esta hegemonía algorítmica plantea serios retos: homogeneización cultural, vigilancia masiva y una reducción de la capacidad de los usuarios para decidir sobre los contenidos que consumen. Frente a este escenario, surge la contralgoritmia como una nueva forma de resistencia y de replanteamiento de los espacios digitales, con el objetivo de recuperar la diversidad cultural y la autonomía del usuario. El concepto de contralgoritmia cuestiona el paradigma actual, proponiendo un modelo que priorice la experiencia humana por encima de las decisiones automatizadas y de los incentivos comerciales que dominan el diseño de los algoritmos.
A continuación, ofrecemos un fragmento de Contralgoritmia para un mundo feliz, de Ángel L. Fernández.
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Entre los apocalípticos e integrados nos encontramos un grupo de personas que no sentimos la necesidad de elegir bando ante un cambio de paradigma y que desconfiamos tanto del entusiasmo ingenuo como del catastrofismo cómodo. Elegimos movernos y habitar en esa terra incógnita donde la intuición y la reflexión no permiten respuestas automáticas ni adhesiones acríticas, donde pensar sigue siendo un acto deliberado y, precisamente por eso, incómodo. De ahí nace «Contralgoritmia», y de ahí también el subtítulo del prólogo de este libro: «Para un mundo feliz». Un subtítulo que no promete nada, que no ofrece salvación ni futuro luminoso, más bien plantea una ambigüedad deliberada, casi una ironía. Porque la contralgoritmia puede servir para intentar mejorar el mundo en el que vivimos, sí, pero también para aprender a vivir en él cuando empieza a parecerse peligrosamente al que imaginó Aldous Huxley.
Las distopías no describen un futuro inexorable, en cambio nos sitúan en un cruce de caminos desde el que podemos vislumbrar en la distancia lo que nos espera según nos dejemos llevar o no por la inercia existencial. En ese sentido, Un mundo feliz no habla del mañana, sino de una inclinación persistente a dejar de pensar para no sentir la incomodidad que conlleva dicho acto. Huxley no describió un mundo devastado, en lugar retrató uno ordenado, limpio, funcional. Un lugar donde casi todo funciona y, precisamente por eso, nada duele demasiado. El conflicto no desaparece por la fuerza, lo hace por desgaste, por una gestión cuidadosa del deseo que evita preguntas innecesarias. Ahí reside la inquietud que no se disipa con el tiempo: no en la violencia, sino en la calma; no en la miseria, sino en un bienestar que acaba pidiendo, a cambio, una renuncia silenciosa.
En 1984 el poder vigila, castiga y reprime. En Un mundo feliz el poder cuida, entretiene y satisface. Orwell teme la censura; Huxley teme la irrelevancia. Uno imagina un mundo donde se nos oculta la información; el otro, un mundo donde estamos tan saturados de estímulos que la información deja de importar. Durante mucho tiempo se leyó a Orwell como el gran visionario del siglo XX, pero cada vez resulta más evidente que el mundo contemporáneo se parece más al de Huxley. El motivo es claro, no vivimos bajo la amenaza constante del castigo, sino bajo la promesa ininterrumpida de la gratificación.
Los algoritmos de recomendación, esos que nos enclaustran en nuestros propios ciclos dopamínicos, encajan sin esfuerzo en esa distopía amable donde casi nada parece impuesto. No ordenan, sugieren —aunque la sugerencia no es ignorable— y la catarata de estímulos acaba sustituyendo a la elección, diluyendo la voluntad en una secuencia interminable de pequeñas gratificaciones. Todo está programado para acercarnos a aquello que tiene más posibilidades de gustarnos. Y ese gusto, que creemos propio, se apoya en repeticiones, en rastros, en hábitos que dejamos sin prestarles atención para conformar nuestra huella digital. El algoritmo no nos mira como individuos complejos, nos analiza como secuencias previsibles. A medida que encajamos en ellas, se vuelve más sencillo anticiparnos, conducirnos, darnos forma sin que lo notemos.
La manipulación política e ideológica aparece entonces sin estridencias, con una cortesía casi profesional en la que nadie levanta la voz ni señala culpables. Basta con mostrar nuestros miedos, lo que no aceptamos de nosotros mismos, el número suficiente de veces que nos haga pensar que habitamos ahí. Algunos mensajes se repiten hasta volverse parte del decorado; otros se diluyen sin conflicto, no porque estén prohibidos, sino porque no llegarán nunca a cruzarse en nuestro camino. Se destierra la deliberación a pesar de que el disenso no se persigue. Este se vuelve raro, improbable, como reencontrarse con alguien que se marchó a las antípodas para no volver. La ideología deja de parecer ideología y adopta la forma del paisaje, de lo normal, de eso que «está ahí» aceptándolo con la misma resignación con la que asumimos lo habitual.
Las distopías antiguas necesitaban regímenes autoritarios, ministerios oscuros y figuras del poder reconocibles. Las que vislumbramos aparece en la actualidad funcionan de otro modo. No hay un ojo vigilante en la pared que espíe nuestra actividad, si no que somo nosotros mismos los que proporcionamos voluntariamente toda nuestra información personal a plataformas eficientes repletas de métricas diligentes y sistemas de recomendación que trabajan sin descanso. No buscan la verdad ni el bien común; optimizan variables al servicio de los tecnofeudalistas. El control ya no cae desde arriba como una orden; nace desde dentro, de nuestros hábitos, de nuestras preferencias reiteradas, de una atención dispersa que entregamos a cambio de no tener que detenernos a pensar.
En este contexto la política se ha rediseñado desde el neuromarketing. Ahora no se debaten ideas porque discutir es ineficiente, se gestionan impulsos, se activan reflejos y se administra la emoción como un recurso escaso, de modo que cada mensaje llegue al perfil adecuado en el momento preciso. El objetivo no es convencer, se busca confirmar para no abrir una conversación, sino para clausurarla antes incluso de que llegue a formularse. Se trabaja con perfiles, no con ciudadanos. Cada cual recibe su pequeña maqueta del mundo, acolchada, sin aristas, calibrada para que no produzca fricción ni preguntas y coherente con los prejuicios. El resultado no es una sociedad manipulada, que todavía implicaría cierta épica del engaño, sino una sociedad compartimentada, incapaz de discutir porque hace tiempo que dejó de compartir incluso el mismo diccionario.
La contralgoritmia no aparece solo para responder a este paisaje político, que ya da para una sobremesa larga y triste. Aparece porque algo más elemental se ha ido perdiendo por el camino: la costumbre de elegir. Elegir de verdad. Elegir qué leer, qué escuchar, qué mirar, sin que nadie nos lo haya preparado antes en forma de bandeja. Creemos decidir, pero nos movemos dentro de un menú cerrado, amable, perfectamente diseñado para que no nos salgamos de él. La distopía no consiste en que nos impongan nada, sino en que deleguemos todo: el descubrimiento, la sorpresa y hasta el derecho a equivocarnos, que siempre ha sido una de las pocas libertades verdaderamente democráticas.
Las distopías siempre han funcionado como espejos deformantes. En Fahrenheit 451, Ray Bradbury no imaginó solo un mundo sin libros, sino un mundo sin lectores. Los libros arden no porque sean peligrosos, sino porque molestan. Porque ralentizan. Porque obligan a pensar. Algo similar ocurre hoy cuando los algoritmos penalizan los contenidos largos, ambiguos o difíciles de clasificar. No hay una hoguera, pero sí una lógica de invisibilización que empuja todo hacia lo breve, lo emocional y lo fácilmente digerible.
La contralgoritmia no pretende abolir ese mundo, entre otras cosas porque no puede. Pretende, más bien, introducir pequeñas grietas en su funcionamiento. Recuperar prácticas que no optimizan nada. Leer sin que nadie lo sepa. Escuchar sin dejar rastro. Buscar activamente lo que no aparece recomendado. Aceptar el aburrimiento como condición previa de la curiosidad. Defender espacios de conversación que no se midan en métricas de impacto. Son gestos modestos, casi insignificantes, pero precisamente por eso resultan subversivos en un entorno obsesionado con la eficiencia.
El subtítulo «Para un mundo feliz» también puede leerse como una advertencia irónica. Si el mundo se parece cada vez más al de Huxley, la contralgoritmia no será una herramienta para cambiarlo de arriba abajo, sino una forma de conservar algo esencial: la capacidad de no confundir bienestar con libertad, comodidad con sentido, satisfacción con verdad. Vivir en un mundo feliz no es necesariamente vivir en un buen mundo. Y esa distinción, que las distopías literarias han explorado una y otra vez, corre el riesgo de diluirse cuando todo se presenta como experiencia personalizada y sin conflicto.
Las distopías no nos movilizan porque exageren, sino porque solemos leerlas como algo externo a nosotros. Como advertencias para otros, en otros tiempos. La contralgoritmia parte de una sospecha distinta: que la distopía no llega de golpe, sino por acumulación de pequeñas renuncias. Renunciamos a decidir, renunciamos a buscar, renunciamos a exponernos a lo incómodo. Y cada renuncia, tomada aisladamente, parece irrelevante. Juntas, construyen un entorno donde pensar se vuelve una actividad marginal.
Este libro no aspira a ofrecer un mapa completo ni una teoría cerrada. Es, más bien, un conjunto de aproximaciones, de tanteos, de ensayos escritos en estos tiempos de cambio desde la conciencia de que no hay exterior puro al sistema. Todos participamos de él. Todos nos beneficiamos, en mayor o menor medida, de sus comodidades. La contralgoritmia no se plantea desde la superioridad moral, sino desde la sospecha compartida. Desde la intuición de que algo se pierde cuando todo se nos da hecho.
Huxley imaginó un mundo donde la infelicidad había sido erradicada con el módico precio de vaciar de sentido la experiencia humana. La contralgoritmia no promete devolvernos un mundo trágico ni heroico, pero sí recordarnos que una vida completamente optimizada quizá no sea una vida plenamente vivida. En ese equilibrio precario entre adaptación y resistencia, entre mejora y supervivencia, se sitúa este libro. No para ofrecer un final feliz, sino para preguntar qué tipo de felicidad estamos dispuestos a aceptar y qué estamos dispuestos a perder para mantenerla.
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Este artículo forma parte del ensayo Contralgoritmia de Ángel L. Fernández y editado por Jot Down Books en 2026 en su colección #FuturoImperfecto


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