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Rojo: de buenos y malos

Rojo: de buenos y malos

Los apellidos del protagonista de esta novela son Rojo Rojo. Esto no sería un problema si no fuera porque la historia transcurre en la España de posguerra y porque tendrá que trabajar en un campo de prisioneros donde los perdedores republicanos.

En este making of Marc Cistaré explica cómo escribió Rojo (Grijalbo).

***

Rojo nace de un cabreo monumental. Un cabreo de tres pares de cojones. Un cabreo en dos fases, pues en un primer momento fue un cabreo autolesivo. Con y contra mi persona; yo como sujeto activo y pasivo. Un dos por uno. Hasta que, tras un intenso trabajo de campo y una meditada reflexión, caí en la cuenta de que yo no era el culpable, sino la víctima. Y no solo yo había sido el damnificado, sino varias generaciones de chavales a los que, durante décadas, se nos escamoteó la verdad. Nos dieron gato por liebre. Inventaron un relato y nos lo comimos con patatas. La mayoría, los más tontos.

Afortunadamente no todos fuimos tan ingenuos. Uno de los listos —una, en este caso— me regaló hace casi veinte años el visionado de un documental que, con medios bastante precarios, había realizado ella misma en la facultad. Una pieza de no ficción cuya piedra angular eran los testimonios de presos que habían sido confinados en distintos campos de prisioneros franquistas. Supervivientes octogenarios y nonagenarios de esos campos, muchos de los cuales se vieron, además, obligados a realizar trabajos forzosos. A ser esclavos armados con un pico de hierro. Sí, como los de las películas. Esos.

"Tener la certeza de que me habían timado dolió, pero hacer el ejercicio de intentar ponerme en la piel de los familiares de los que sufrieron en sus carnes el régimen concentracionario del dictador dolió aún más"

Cuando la cinta de VHS llegó al final, se me cortó la respiración. ¿Por qué yo no sabía que España había estado plagada de campos de concentración, más de trescientos? ¿Por qué no tenía ni la más remota idea de que Franco pidió ayuda a la mismísima Gestapo para diseñar alguno de esos campos? ¿Por qué no estaba enterado de que decenas de miles de españoles fueron hacinados sin juicio ni condena en esos campos? ¿Por qué nadie me contó que el trabajo esclavo estuvo perfectamente reglado durante muchos años en ese régimen carcelario tan arbitrario?

Y ahí arrancó la primera fase del cabreo, la autoflagelante, que duró hasta que me di cuenta de que no era solo yo el que había vivido en la inopia. Que no era el único al que habían lobotomizado, sino que estaba ante una estafa colectiva. Y que no debía mosquearme conmigo, sino con los verdaderos culpables. Los que habían orquestado una ley del silencio respecto a las muchas, variadas y creativas atrocidades que elucubraron los esbirros de Franco. La puñetera culpa era de los que habían impuesto el olvido y los que lo habían perpetuado. Un plan magistral, concienzudo, a gran escala, perfectamente concebido y perfectamente ejecutado en los colegios, en las facultades, en las instituciones, en los medios de comunicación, en el mundo del arte, en el de la literatura…

Qué bien lo hicieron todos.

"Se supone que lo que yo sé hacer es contar historias. Mi formato habitual, con el que pago las facturas y las rondas en los bares, es el del guion. Pero en la tele o en el cine se depende de demasiada gente"

Tener la certeza de que me habían timado dolió, pero hacer el ejercicio de intentar ponerme en la piel de los familiares de los que sufrieron en sus carnes el régimen concentracionario del dictador dolió aún más. Muchísimo más. Visualizar a esposas, hermanas, hijos, nietos a los que se les arrebató el sufrimiento de sus seres queridos. Se les negaron sus gritos. Su dolor. Sus muertes.

Tenía que resarcirme. Tenía que vengarme. Y por eso decidí sacarme de la chistera la historia de Rojo. Y ahora que lo he hecho, veinte años después, pues probablemente ni me he resarcido ni me he vengado. Pero sí me he quedado a gusto.

Se supone que lo que yo sé hacer es contar historias. Mi formato habitual, con el que pago las facturas y las rondas en los bares, es el del guion. Pero en la tele o en el cine se depende de demasiada gente. De demasiadas coyunturas. De demasiados prejuicios. De demasiados miedos.

Por ese motivo, para Rojo me refugié, por primera vez en mi trayectoria profesional, en la narrativa. Para hacer y escribir lo que me diera la real gana. Para ir a pecho descubierto. La temática así lo requería. Lo hacía ineludible.

"Un contexto que nos arrebataron, que nos extirparon de la memoria ocultándolo debajo de la alfombra. Pero un contexto que nos pertenece"

Había un problema. Y no, no fue enfrentarme al proceso de documentación. Al revés: documentarme para hacer una historia —la que sea— es uno de los placeres que más disfruto. Y para esta ocasión, además, conté con excelentes cómplices. O colaboradores necesarios, que se llaman ahora. No, el inconveniente no era ese. El problema, o potencial problema, era que no tenía ni la más remota idea de si era capaz de escribir una novela. Ahora que lo he hecho, tampoco me parece tan difícil, la verdad. Decir esto en una revista literaria puede que no sea muy inteligente por mi parte, pero os aseguro que creo que es igual de complicado hacer un buen guion que un buen libro. O un mal guion que un mal libro.

No me toca a mí juzgar si Rojo es una buena novela o no. Lo que sí sé es que va a cumplir la función que yo pretendía que cumpliese, y que me prometí, veinte años atrás, que iba a cumplir. Fuera en el formato que fuese. Porque los que no se aburran con el libro y terminen usándolo para calzar una mesa se sumergirán en una novela de aventuras que aspira a entretener, conmover, incluso a divertir, pero bajo mano —puede que incluso haciendo alguna pequeña trampa— lo que pretende es revelar.

Porque la historia, la peripecia que el lector se va a encontrar, es mía, pero el contexto por el que transitan los personajes es de todos.

Un contexto que nos arrebataron, que nos extirparon de la memoria ocultándolo debajo de la alfombra. Pero un contexto que nos pertenece.

A vosotros, a nosotros y a todos nuestros antepasados. Los buenos y los malos.

Porque sí, lo quieran algunos o no, esta historia que es la nuestra es una historia de buenos y malos.

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Autor: Marc Cistaré. Título: Rojo. Editorial: Grijalbo. Venta: Todos tus libros.

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