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Vientos de tempestad

El mundo cruje como cruje la madera vieja y yo, desde mi esquina perdida, lo escucho. Hay días en los que la casita parece muy lejos de todo. Días en los que sólo se oye el viento entre los árboles, el balido de las ovejas que pacen en los terrenos colindantes y el motor de un tractor que pasa en la lejanía. Pero basta con leer tres líneas en el móvil para que esa engañosa calma se quiebre. El mundo cruje. Y aunque yo esté aquí, en un pequeño pueblo en el rural, lo escucho antes que muchos que viven pegados al ruido. Soplan vientos de cambio, vientos de tempestad.

Irán arde. Rusia se tambalea. China calcula. Europa, como nos tiene acostumbrados desde hace demasiado tiempo, mira desde la distancia. Pero esta vez la distancia engaña. Y el Ártico, mientras tanto, se abre como una grieta blanca que atemoriza mirar de frente. Yo lo observo todo desde esta casa que huele a tierra húmeda y a leña seca, y aun así sé que lo que pasa allá lejos también me toca. Porque cuando el mundo se recoloca, siempre hay alguien que paga la factura. Y casi siempre empieza por los que están más abajo.

"Europa lo nota y respira un poco más tranquila, aunque no lo diga en voz alta"

Las protestas en Irán no son sólo un estallido contra el hambre, contra la censura, contra la falta de libertad impuesta por un gobierno totalitario. Son un golpe que viaja y que golpea en Moscú, donde Rusia respira como un animal herido que intenta no caer. Golpea también en Pekín, donde China afina sus cálculos porque sabe que un paso en falso puede costarle una década. Golpea en Washington, donde cada grieta ajena se convierte en una oportunidad propia. Y golpea aquí, aunque parezca imposible, en este rincón donde la vida se mide por estaciones y no por mercados.

Rusia ya no ruge. Aguanta. La guerra en Ucrania la ha dejado sin aire, anémica, con un estado agravado por la falta del petróleo de Venezuela, y un organismo ahogado no puede llegar lejos. Esa falta la vuelve pesada, la atonta y la obliga a quemar más energía para lograr los mismos resultados. Europa lo nota y respira un poco más tranquila, aunque no lo diga en voz alta. China, por su parte, observa el tablero con la serenidad de quien sabe que el tiempo juega a su favor. No ahora, no con Irán temblando, Rusia apoyándose en su hombro y la economía mundial caminando sobre hielo fino. China piensa en la idea de que un conflicto en Taiwán se aleja como un barco que decide no zarpar. Las ambiciones se enfrían. El gigante se recoge para no caer.

"Temen que la carne, las legumbres, las frutas, montones de productos alimenticios baratos inunden nuestro mercado sin cumplir las exigentes medidas medioambientales que ellos sí deben cumplir"

Mientras tanto, la India crece sin ruidos ni amenazas. Crece como si quisiera alcanzar la extensión homérica de la Mahabharata. Europa la mira con una mezcla de deseo y necesidad, como quien descubre un día que esa niña feúcha que nunca le pareció digna de ser mirada dos veces empieza a ser codiciada por demasiados pretendientes. Y se apresura a cerrar el trato para la boda, pagando la dote que haga falta sin pensar.

Entonces, cuando el norte se abre y el este se tensa, el sur golpea la puerta: Mercosur. Aquí, en el rural, los agricultores se levantan enardecidos. Y lo entiendo. Temen que la carne, las legumbres, las frutas, montones de productos alimenticios baratos inunden nuestro mercado sin cumplir las exigentes medidas medioambientales que ellos sí deben cumplir. Recelan de que esta alianza sea el clavo en el ataúd de un sector primario que ya hace tiempo que dejó de ser rentable, y que ahora acuse el golpe final con una previsible competencia desleal y menos subvenciones.

Detrás del sacrificio del sector se esconde algo más grande: Europa está recolocando sus dependencias como quien mueve los sacos de pienso antes de una tormenta. Rusia ya no es fiable. China es un socio incómodo. Oriente Medio arde. África es un tablero inestable. Sudamérica, en cambio, es un refugio, un proveedor estable, un aliado posible. Y Europa lo sabe, aunque le duela.

"Y yo alzo mi voz con ellos porque sé lo que duele que te digan que el mundo cambia y tú tienes que cambiar con él aunque no quieras"

Mientras los disturbios tienen lugar en las calles, aparece Groenlandia. Como aparecen las cosas importantes: en silencio. Bajo su hielo hay minerales que Europa necesita, rutas que cambiarán el comercio, autonomía energética, una posición que decide quién manda en el norte. Hasta que un presidente estadounidense dijo que quería “comprar Groenlandia”, nadie miraba en su dirección. El norte no se conquista con tanques, sino con visión. Trump no es más que un digno sucesor de William Walker, un médico y aventurero estadounidense del siglo XIX que lideró expediciones mercenarias para conquistar territorios en México y Centroamérica, y que logró autoproclamarse presidente de Nicaragua. Un filibustero esclavista de la peor calaña.

Europa ha vivido demasiado tiempo entre nostalgias y advertencias, ahora su camino se bifurca entre dos puertas: una de hielo al norte y otra al sur de tierra roja: Groenlandia y Mercosur. Una le da minerales y rutas. La otra, alimentos y estabilidad. Ambas son piezas del mismo tablero que cruje bajo nuestros pies. Y sí, los agricultores protestan. Y yo alzo mi voz con ellos porque sé lo que duele que te digan que el mundo cambia y tú tienes que cambiar con él aunque no quieras.

Pero también sé que el mundo no se detiene para que nadie se acomode.
Ni para mí.
Ni para ellos.
Ni para Europa.

Desde donde el silencio es más honesto que cualquier discurso, veo cómo el mundo se desgarra. Sé que Europa tendrá que elegir si entra o se queda mirando. Porque el hielo no espera. El campo tampoco. Como dijo aquel: El futuro es ahora.

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