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Al pasar por la Puerta del Sol

Al pasar por la Puerta del Sol

Emergí el otro día del metro muy temprano, la vi envuelta en niebla y fue como si aún perseveraran bajo las pestañas los últimos rescoldos de la noche. Saqué el teléfono móvil del bolsillo, tomé una foto que no le hizo justicia y seguí mi camino. Alguien escribió una vez, no recuerdo dónde, que es imposible encontrársela totalmente vacía, y es cierto. Creo que la he cruzado en todos los momentos que pueden caber dentro de un día, desde los más tumultuosos hasta los más desabrigados, y jamás he tenido la ocasión de ser el único en pisarla. Una vez aparecí por ella con un amigo a eso de las tres de la madrugada y recorrimos juntos la suave diagonal que va de Carretas a Preciados. No encontramos a nadie a nuestro paso, pero en cuanto embocamos la subida hacia Callao ya apareció por la esquina opuesta una sombra para corroborar que en la comedia perpetua que allí se representa no deja de haber nunca al menos un figurante sobre el escenario. La Puerta del Sol no gusta a todo el mundo, de hecho hay mucha gente que la odia, y debe de ser por eso mismo que me resulta simpática. Paso por ella a diario, me he acostumbrado a esquivar a los turistas y a horrorizarme con los trampantojos publicitarios con los que constantemente disfrazan las autoridades competentes algunos elementos de su mobiliario público —todavía tendremos que agradecer que no hayan vuelto a colgar de su nombre la marca de una compañía telefónica, aunque en esta ciudad no puede uno confiarse—, saco dinero en sus cajeros automáticos, planto de vez en cuando el pie sobre el kilómetro cero y a lo largo de los años he ido viendo cómo cambian de sitio sus estatuas, protagonistas involuntarias de una coreografía demencial que se reanuda cada vez que un urbanista pone en marcha la enésima reforma, que nunca es la definitiva y que a decir de los oriundos siempre deja el espacio peor de lo que estaba. Contra lo que mucha gente ha llegado a creer, lo he comprobado, no se llama así porque caiga sobre ella el sol a plomo en invierno y en verano, sino porque en tiempos, cuando esto era apenas una villa que ni soñaba con ser corte, tenía aquí la muralla una puerta con el astro rey grabado en la madera. Inútil buscar cualquier vestigio, como es inútil hallar rastros de aquel convento de San Felipe que se levantó también en estos pagos y en cuyas gradas se sentaban los vecinos a chafardear y meter cizaña para engendrar con su rumorología el mito del mentidero: en Madrid el único credo se conjuga en presente de indicativo y el pasado es sólo un trapo viejo.

"Edmondo de Amicis dijo de ella que era a la vez un salón, un paseo, un teatro, una academia, un jardín, una plaza de armas y un mercado"

En parte me cae bien la Puerta del Sol porque fue naciendo a regañadientes, forzada a convertirse en algo distinto a lo que fue en sus orígenes, un mero ensanche. Antes de pisarla por primera vez, encontré en la librería Cervantes de Salamanca un libro de Fernando Fernán Gómez que se titulaba así, La Puerta del Sol, y que estuve a punto de comprar. No lo hice finalmente y todavía me arrepiento, más que nada porque no he vuelto a verlo en ningún sitio. Tenía yo dieciocho años y supongo que encontré algo entre evocador y familiar en su título y su portada, un dibujo a plumilla de la Casa de Correos, probablemente de esos años en los que se cometían en sus sótanos las infamias que algunos rechazan recordar. No sabía aún lo suficiente para tener conciencia del oprobio y no sospechaba que pudieran cernirse nubarrones sobre una estampa en la que no parecía haber doblez: a la Puerta del Sol nos asomábamos en casa cada Nochevieja, cuando tocaba atender a las uvas, y en la Puerta del Sol empezaba una famosa copla de Mecano, y por la Puerta del Sol pasaba como de rondón una no menos célebre estrofa de Radio Futura, y bajo la Puerta del Sol navegaba un estribillo de Sabina que salvaba la distancia entre Tirso de Molina y Tribunal. No podía suponer que se hubiesen dado allí los horrores cuyos ecos sí escucho ahora que se ha convertido en un entorno cotidiano en el que a veces me detengo a contemplar a los tipos disfrazados que se retratan con los viandantes a cambio de la voluntad, a los carteristas que andan a la caza y captura del primer incauto que se les ponga a tiro, a los visitantes enfebrecidos que en un imprevisto giro de guion se ponen a hacer largas colas para inmortalizarse con sus manos aferrando las nalgas del pobre oso que intenta alcanzar los frutos del madroño. Edmondo de Amicis dijo de ella que era a la vez un salón, un paseo, un teatro, una academia, un jardín, una plaza de armas y un mercado. Es verdad que algo tiene de todo, aunque también que al final, después de tanto como ha llovido, tampoco queda mucho de nada. Esconde, no obstante, un resquicio para la tregua en este Madrid tan entrañablemente desastrado del que a veces lo que más nos gusta es lo que nos recuerda a otros lugares: si uno llega a la Puerta del Sol en un día de cielos velazqueños y se coloca en su flanco sur mirando hacia las calles de Preciados y el Carmen y Montera, sólo tiene que respirar hondo y dejarse llevar por su sentido de la fábula; terminará creyendo así que a sus espaldas fluye el Tajo, y que se representa ante sus ojos el espectáculo sereno de un domingo de mercado en la Baixa lisboeta.

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