A las cuatro de la mañana, el poeta Nikolái Nekrasov y el novelista Dmitri Grigoróvich irrumpieron eufóricos en la estancia de su colega, Fiódor Dostoievski. Su estado de máxima excitación respondía a la lectura de la que se convertiría en la primera novela exitosa del genio moscovita. Al crepúsculo habían comenzado a leer el manuscrito de Pobres gentes, que les dejó absortos hasta bien entrada la madrugada.
—Para usted los gógoles salen como hongos! —fue la escéptica respuesta.
Poco le duró la incredulidad a Belinski: tras leer el manuscrito, se empapó del entusiasmo ante la que consideró la primera novela social de Rusia, y alabó efusivamente a Dostoievski. Pobres gentes, novela epistolar que denuncia las penurias de las capas humildes de San Petersburgo, fue publicada en 1846 en el influyente almanaque literario de Nekrasov, entre aplausos de la crítica.
Es sabido que el punto de inflexión en la vida de Dostoievski lo constituye su detención en 1849, acusado de actividades subversivas contra el régimen zarista, y su consiguiente cautiverio en Siberia, previo simulacro de ejecución ante un pelotón de fusilamiento. Estos hechos marcaron la vida y el pensamiento de un hombre ya de por sí inestable, aquejado de epilepsia y marcado por una infancia lacerante.
El Dostoievski anterior al presidio siberiano es un joven rebelde adscrito al círculo Petrashevski, una sociedad secreta de intelectuales opuestos al régimen de servidumbre y críticos con el zar Nicolás I, cuyos integrantes abrazaban las ideas del socialismo utópico y debatían entusiasmados los postulados de Fourier o Saint-Simon. Tras el destierro siberiano, aquel joven subversivo se había transformado en el escritor atormentado, místico y conservador que pasó a la posteridad. Sus grandes obras, Apuntes del subsuelo (1864), Crimen y castigo (1866), El jugador (1867), El idiota (1868), Los demonios (1872) o Los hermanos Karamázov (1880) se insertan en esta segunda etapa.
Pero hay un breve periodo que curiosamente se suele excluir de la mayoría de las biografías de Dostoievski, pues ¿qué ocurrió en aquellos tres años que discurren entre el éxito de Pobres gentes y la detención del escritor? No cabe duda de que las biografías dostoievskianas los omiten porque al éxito inicial siguieron varios fracasos. El doble, publicada en 1846 (para Nabokov la mejor obra de Dostoievski) o La patrona (1847) cayeron en una extraña irrelevancia, del mismo modo que cuentos como Polkunzov (1847) o Un corazón débil (1848). Lo cierto es que al realismo social de Pobres gentes siguieron escritos influenciados por el romanticismo alemán. La huella de Hoffmann se deja sentir en novelas que decepcionaron a la crítica y constituyeron un fracaso editorial.
Ligeramente mejor recibida fue la obra que hoy nos ocupa, Noches blancas, en la que ya se pueden vislumbrar atributos del Dostoievski maduro. A medio camino entre la novela corta y el cuento, la narración nos traslada al verano petersburgués. El protagonista es un joven excéntrico e introvertido cuya monótona existencia se reduce a deambular entre ensoñaciones por las calles de la ciudad. Dostoievski traza aquí los rasgos del hombre-rata, personaje arquetípico en muchas de sus obras de madurez: el anónimo antihéroe de Noches blancas muestra importantes similitudes con el de Apuntes del subsuelo. Se trata de tipos taciturnos, huraños e irrelevantes en su entorno, pero con ínfulas de grandeza y una marcada altanería moral. El hombre-rata de Dostoievski se encierra en sus ensoñaciones; consciente de su soledad aspira a un episodio grandioso o a metas sublimes que le liberen del subsuelo existencial en el que se halla prisionero. Estos personajes rechazan categóricamente lo terrenal, y mientras sus ensoñaciones los conducen por eminentes mundos de fantasía, su realidad material se depaupera irremediablemente.
Como también ocurrirá en Apuntes del subsuelo e incluso en Crimen y castigo, en Noches blancas nuestro hombre-rata encontrará su antítesis en una joven muchacha que encarna lo mundano, en este caso de nombre Nástenka. El recurso dostoievskiano de hacer coincidir al huraño joven idealista con la muchacha terrenal lleva aparejado la circunstancia de que este encuentro implica una oportunidad de redención para nuestro antihéroe. Raskólnikov y el protagonista de Apuntes del subsuelo encuentran aquel camino de redención en jóvenes meretrices, cuyas circunstancias vitales las han empujado a la prostitución, pero preservan una probidad y dignidad que se convierten en objeto de admiración para quienes habían repudiado lo mundano.
Nástenka, por su parte, se nos presenta como una joven enamorada que aguarda el regreso de un pretendiente. Durante tres noches de verano el hombre-rata y la muchacha se citan a la orilla de un canal de la ciudad, y en sus diálogos se detectan retazos de un Dostoievski muy distinto al de Pobres gentes. La influencia de Puskhin aquí es mayúscula y no cabe duda de que nos hallamos ante la obra más romántica de cuantas escribió Dostoievski. Con estas palabras se define el protagonista cuando Nástenka le inquiere por su introversión:
«Un soñador (…) no es una persona, ¿sabe?, sino una criatura de género neutro. Habita mayormente en un rincón inaccesible, como si se ocultara hasta de la luz del día y, cuando se encierra en sí mismo, se adhiere a su rincón como un caracol, o cuando menos se parece mucho en su relación a ese curioso animal que es animal y casa al mismo tiempo y que se llama tortuga (…). ¿Me pregunta usted con qué sueña? ¡Vaya pregunta! Pues con todo… con el papel del poeta, al principio ignorado y después laureado, con su amistad con Hoffmann, la noche de San Bartolomé, Diana Vernon, el heroico papel de Iván el Terrible en la toma de Kazán, Clara Mowbray, Effie Deans, la catedral de los prelados y Hus delante de ella, el alzamiento de los muertos en Roberto. ¿Recuerda la música? ¡Olía a cementerio! Minna y Brenda (…) Danton, Cleopatra e i suoi amanti, la casita en Kolomna, su rincón (…) ».
Resulta sorprendente cómo habiendo cosechado un éxito notable con una novela realista, Dostoievski decidió virar en sus siguientes escritos hacia un romanticismo que ya se consideraba anacrónico en Rusia. En la década de 1840 Gógol ya denuncia el régimen de servidumbre y, pese a la censura, va cuajando una corriente realista que pone en entredicho los pilares del zarismo y alcanza gran aceptación entre el público y la crítica. Si la intelectualidad rusa en la que se mueve el primer Dostoievski concibe el romanticismo como un vicio aristocrático alejado de los acuciantes problemas del pueblo ruso, ¿por qué en aquellos años el joven subversivo que coqueteaba con el socialismo y se mueve en el círculo Petrashevski vira hacia aquella corriente obsoleta? No hay una respuesta sencilla. Lo que es seguro es que el primer Dostoievski ya es un tipo complejo, y no hay que esperar a los años que siguieron al tortuoso presidio siberiano para hallar una narrativa intrincada y dada a las contradicciones. Siberia enriquece la obra de Dostoievski porque le permite indagar en lo más profundo de la psique humana, contemplar las bajezas del género humano en su estado de máxima desesperación; pero los patrones de la narrativa dostoievskiana ya se han ido tejiendo antes del presidio. Junto a los ya citados, la introspección de los personajes o el estado de duermevela en que nos sumerge Noches blancas son pruebas irrefutables de ello.
Los detractores de Dostoievski han cuestionado su escabrosa prosa, sus diálogos anárquicos y su estilo poco depurado. Ernest Hemingway, que se encuentra entre sus seguidores, se refería al moscovita en los siguientes términos: «¿Cómo un hombre puede escribir tan mal, tan increíblemente mal, y hacerte sentir de manera tan profunda?». Su narrativa no está pulida, es cierto, y eso lo hace capaz de lo peor y de lo mejor. Puedes perderte en los intrincados sederos de uno de sus capítulos, y acto seguido verte sorprendido por una escena grandiosa, narrada de forma sublime, que justifica toda la lectura.
Es imposible sistematizar a Dostoievski. Sentó las bases de la novela psicológica moderna entre posiciones ideológicas cambiantes y en ocasiones contradictorias, combinando estilos literarios poco concordantes desde sus primeras etapas. Dostoievski indagó en las particularidades de la psique humana para dotar de mayor consistencia a sus personajes, y ello empapa toda su obra de paradojas y contrasentidos. Como la vida misma.
VÍDEO: Noches blancas y el primer Dostoievski


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