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El arenal: Pantone de América

El arenal: Pantone de América

El Arenal, la arteria atlántica de Sevilla, es una suerte de foro abierto en torno al que gravita un buen pedazo de la historia de España. Es, por derecho propio, un espacio de estímulos con un carácter único, moldeado por pescadores, aventureros, artesanos, militares y mercaderes y, desde comienzos del siglo XX, también por bohemios y turistas. Unos se llevan la postal urbana en la retina; otros, como yo —insatisfechos por no poder vivir allí—, regresamos una y otra vez para que el Guadalquivir nos cuente mil y un relatos de cuando sus orillas fueron puerta y meta del Nuevo Mundo. Aquello, recordad, fue durante el siglo XVI y parte del XVII, mientras reinaban en España los famosos Felipes y la Tierra, más ancha y larga desde que regresó a estas aguas Elcano, parecía exhibir un precinto cuya etiqueta bien podría decir: “Planeta propiedad de Castilla”.

Por aquellos años, el apellido lo era todo. En Sevilla pesaban, y mucho, las dignidades de los Guzmán, los Ponce de León, los Osuna o los Medinaceli. A estas familias y sus suntuosas propiedades se sumó, en los alrededores del río, un rosario de casonas con aura renacentista cuyos dueños eran banqueros y consignatarios de media Europa. Flamencos, griegos, italianos, alemanes y un largo etcétera de burgueses comenzaron a mezclarse con una formidable masa de autóctonos, agitada por un creciente número de artistas y pensadores que, junto a clérigos y menesterosos, dibujaban un mapa social trufado de esclavos. Era, sin ninguna duda, una Babilonia manierista.

"La opulencia, sin embargo, encuentra su contrapunto con un rosario de pedigüeños, huérfanos y pícaros"

Si nos situamos, por ejemplo, en torno a 1580, podríamos observar cómo la llamada capitalista y, por extensión, migratoria, transforma con vértigo el espacio intramuros. Apenas unos años atrás se ha completado la imponente sede del Cabildo y, al norte de la metrópoli, prospera la recientemente inaugurada Alameda de Hércules, orgullo del espacio público peninsular durante los Siglos de Oro y uno de los pocos lugares de la ciudad con el suelo limpio de huesecillos y mondas de cítricos. Podríamos ver, de igual manera, que como avenida moderna y solariega que es, cumple graciosamente como escaparate para lucir lo más granado del buen vestir: un uso y un arte que se urde con esencia mediterránea, pero se tiñe y se adorna —¡vaya que sí!— con ademanes de ultramar. Así, entre ropas lujosas y miradas perspicaces, podemos abrir camino hacia el suroeste, paseo en el que se abren calles y plazuelas atravesadas por un constante transitar de carruajes y mulas, donde cada nuevo palacete se construye con el empeño de opacar el anterior. La opulencia, sin embargo, encuentra su contrapunto con un rosario de pedigüeños, huérfanos y pícaros cuya patria común no es Sevilla, sino la mera supervivencia bajo los arquillos y tenderetes y entre la polvareda que soportan los edificios, vestidos con revoco y balconcillos. Estas fincas, intercaladas con conventos y decenas de campanarios, nada tienen que ver con otras, cuyo estilo popular indica que el bullicio cotidiano de su interior palpita guarecido por una albañilería modesta ordenada en torno a patios de ladrillo o corralas de madera. Este es el paisaje que nos lleva hasta la muralla y también a la puerta —una de ellas— que guarda el gran fondeadero de América. “¡Voto a Cristo que impresiona!”, dice un joven mientras remonta el pórtico cargando un arcón ricamente engastado. “¡Pardiez, ni en Roma se gana tanto!”, exclama otro mercader. Ya veis que cualquiera que arribe o marche de aquí, envuelto en el ánimo de quienes han visto mundo navegando hacia Poniente, lo hace con la inequívoca sensación de hallarse en algo más que un gran puerto. Otros muchos hombres se afanan con la estiba de las numerosas naves que descansan en el río. Algunos barcos —esquifes o carracas— reposan sobre el vientre ribereño de Triana; otros, los de mayor barriga, se mecen y avecindan sus palos con el ancla echada. Estos últimos, que elevan sus castillos de popa a un cielo de nubes tímidas, son los de buen yantar, los que enfilan bauprés hacia el océano indiano y vuelven con las bodegas copadas, desde el puntal al carajo, llenos de refulgentes metales, piñas, nogal o cacao.

"Las puertas de las atarazanas se salpican a su vez con pequeños cobertizos donde el gremio de herreros se encarga de preparar el aparejo de los barcos"

Ni que decir tiene que las orillas de este populoso puerto hacia el sur las guarda la superiora de las atalayas albarranas. Un icono y un nombre —Torre del Oro— de fama desde su cimentación en tiempos almohades. Su recorte sobre la muralla, que cierra a su vez el enjaretado urbano de la Sevilla medieval, cumple sobradamente como reflejo de las muchas expresiones culturales que han dejado huella en la ciudad. En su falda se abre una duna desde la que asomarse a contemplar, aún más de cerca, los quehaceres de las gentes de mar. O de río que, a fe —y muchas crecidas—, casi ha logrado serlo. En la margen de enfrente, una muchedumbre de pescadores lidia sus rutinas entre una densa humareda proveniente de la barriada fluvial de Portugalete, lugar que asoma tras el solemne castillo del Santo Oficio y el puente de barcas, y donde se acoplan cientos de hornos para la producción de cerámica. Pero en nuestra orilla, un poco más a la derecha, en un agitado ir y venir que se extiende sobre un largo brazo de ocre y albero, calafates, geógrafos, pilotos, carpinteros y marineros de todo pelaje —literal— se beben la vida, intercambiando palique de ambiciones y lances en travesías que ensombrecen a las del mismísimo Jasón. Creedme si decimos que tal barullo, al compás de los mazos que  golpean la clavazón sobre la estopa y el trasiego de bártulos, crea una miscelánea asombrosa. En cierto modo una peculiar banda sonora y, de alguna manera, un entorno que evoca lo mejor de la tan reconocible camaradería del sur de Italia y el alboroto de los muelles de Argel. Y para qué nos vamos a engañar: la melé de olores también ayuda. Esencias especieras, jabones, sudores y… sí, desperdicios. Montones de ellos, tantos como piedras hay de lastre, fanegas de grano o sacos de azufre. Esta curiosa estampa cobra aún más pintoresquismo si nos fijamos en la destacada idiosincrasia que tiene el edificio donde confluye todo el gentío y que, con sus diecisiete naves montadas en paralelo, funciona en la práctica como una manzana mercantilista ceñida a la muralla por su espalda. Hablamos de las atarazanas, naturalmente, aunque a finales del siglo XVI ya se orquestan más como apostadero que como el gran arsenal de la marina hispalense que fue desde los tiempos Alfonso X el Sabio, culpable, dice la leyenda, de la expresión que transmutó a madeja. Allí, como decimos, se aprestan las naves que navegan rumbo a la Castilla del Oro. En su interior y cercanía se trabaja febrilmente en la compra y acarreo de víveres para las tripulaciones de su majestad. El vino, el bizcocho y el ganado son el evangelio alimenticio de miles de hombres. Las puertas de las atarazanas se salpican a su vez con pequeños cobertizos donde el gremio de herreros se encarga de preparar el aparejo de los barcos. Al arenal, como es lógico, también llegan carros de esparto y cestería, proveniente del barrio del mismo nombre y que, prácticamente, no conoce descanso.

"La hegemonía talasocrática del Imperio se confiaba a los sabios de la citada institución"

Y hablando de multitudes —casi anfibias—: a pocos minutos de aquí, en los alrededores de la catedral que con sus gradas forma un vasto escenario, trufado de tunantes contemplativos y vendedores ávidos de mostrar el género que traen las flotas, se hallan los otros dos grandes centros que más interés concitan en el negociado de ultramar. Por un lado, la Lonja de Mercaderes y, por otro, la Casa de Contratación. Para resumirlo en pocas palabras: el primero agrupa el control mercantil con América, además de resolver, claro, contenciosos propios del monopolio; el segundo ejerce como gran escuela de navegantes y bien podríamos decir que ostenta el privilegio de ser una oficina con más secretos de Estado que el propio Escorial. ¡Mapas… claves de un triunfo! De hecho, la hegemonía talasocrática del Imperio, es decir, la fuerza proyectada de nuestros monarcas, se confiaba a los sabios de la citada institución. Y a propósito, ya que estamos abrochando este peculiar viaje en el tiempo por la Sevilla marítima, cabe señalar que la citada Lonja de Mercaderes se ubica frente a los Reales Alcázares, un lugar imponente —casi un narcótico estético— concebido con sus estanques, yeserías y jardines como una poesía arquitectónica. Bien debió saberlo Carlos V, que decidió celebrar aquí sus cesáreos esponsales con la princesa de mayor dote que había en la Cristiandad. Por cierto, dicha boda se conmemora por todo lo alto en este 2026. ¿Nos quedamos un rato más en Sevilla?

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