El filósofo David Pastor Vico (Jambes, Bélgica, 1976) sostiene que el Homo sapiens sapiens, o sea, nuestra especie, “necesitó de la confianza para llegar a ser lo que ahora es”. En su estupendo Filosofía para desconfiados. Una reivindicación del nosotros (Ariel, 2026), reedición de un ensayo superventas que publicó por vez primera en México hace siete años, este especialista en Ética de la Comunicación recuerda que el ser humano es, como bien lo definió Aristóteles, un animal político, y que fuera de la polis, “no es más que un animal asustado y desvalido”. El divulgador lamenta que la confianza no esté “al alza en lo que llevamos de milenio”, y avisa: “Este ir en contra de lo que nos ha permitido evolucionar como especie, bueno del todo no debe ser”.
*****
—Usted nace en Jambes, Bélgica, en 1976.
—Mi madre es de Jaén; mi padre, de Sevilla. Mis padres eran emigrantes de la última ola de emigración del franquismo. Ellos, a finales de los sesenta, llegan a Bélgica sin conocerse. En la Casa de Andalucía se conocen y, finalmente, nace el amor y, fruto del amor, nazco yo (risas).
—Regresan a España en el 82, porque en el 81…
—El 81 estuvo un poco revuelto, llegó el de “se sienten, coño” y los tiros en el Congreso. En el 82, la cosa se tranquiliza. Además, yo soy del 76, en el 82 tenía que entrar en primero de EGB, y mis padres quisieron que coincidiera la vuelta a España con la entrada en el colegio. Me crié en el barrio de San Diego de Sevilla, un barrio obrero. Fui al colegio público, al instituto y, finalmente, a la universidad.
—¿Cuándo le entró el veneno de la filosofía?
—Sí, es veneno, lo mires como lo mires. Lo que pasa es que, como diría Paracelso, no hay veneno, sino dosis (risas). Empieza en el instituto. Era un gran gigantón en una época relativamente complicada, los años noventa. Rápidamente, me voy con los amigos del metal, me convierto en heavy metal, encuentro mi tribu urbana, pero quiero hacer muchas cosas: quiero ser ingeniero, escritor, historiador, paleontólogo…, mil cosas. Y una de las cosas que descubro es la poesía. Me gusta medir el verso, leer los clásicos y, de ahí, el paso a la filosofía fue muy natural. Nuestra filosofía está en los clásicos del Siglo de Oro, como en Calderón. En el instituto, en tercero de BUP, se empieza a trabajar la filosofía, me gusta y me engancho. Y por cuestiones personales.
—¿Se puede indagar en ellas?
—El padre de un amigo era bibliotecario de la Universidad de Sevilla y, además, licenciado en Filosofía. Iba a su casa y me sorprendía ver esa casa llena de libros, desde el techo hasta el suelo. En mi casa no había tantos libros. Con esta persona, Julio, se podía hablar de todo. Eso me sorprendió mucho. Pensaba: “Si de mayor quiero parecerme a alguien, quiero parecerme a alguien así”. Cuando entro en la Facultad de Filosofía, me doy cuenta de que ese es mi sitio por lo que allí se mueve: el pensamiento, las ideas…, eso es lo que me gusta.
—¿Marcha a México por Bolonia?
—Dirijo en Sevilla el 40 Congreso de Filósofos Jóvenes, que se hace en 2003, si no me falla la memoria. Rápidamente, por mi gusto por la poesía, monto un grupo de música rock y sinfónica, con orquesta y tal, y poesía, empiezo a dar conciertos…
—¿Qué tocaba?
—Yo recitaba. Los poemas eran míos. Mis primeras publicaciones eran libros de poesía. De hecho, di cursos de educación vocal y de doblaje cinematográfico. A partir de ahí, empiezo a trabajar en radio muy pronto, a los veinte años. Claro, teniendo la filosofía al lado, lo que me es natural es hacer divulgación filosófica. Cuando me doy cuenta, estoy embarcado en un congreso con 500 personas de público, con José Antonio Marina, Gustavo Bueno, Manolo Feijóo, Juan José Tamayo…, o sea, con los grandes. Hago este congreso, la Universidad de Sevilla se fija bien y me dice: “Oye, al igual que has hecho este congreso, quiero que empieces a trabajar para mí y que me organices eventos”. Estoy once años haciendo los eventos culturales más rimbombantes de la Universidad de Sevilla. En once años, hice treinta y tres congresos internacionales. Empiezo a trabajar en Canal Sur Radio, en Canal Sur TV, empiezo a escribir para el grupo Vocento…
—Pero llega el Plan Bolonia.
—Llega el Plan Bolonia, quita los créditos de libre configuración de la universidad, que eran el sostén económico de los congresos, y cuando veo que también desaparece Canal Sur 2, donde colaboraba en un programa con Manu Sánchez, que la radio y los periódicos dejan de pagar, porque estamos en plena crisis del 2008, me llega una invitación de la Universidad Nacional Autónoma de México: “Oye, lo mismo que estabas haciendo en Sevilla, vente a hacerlo con nosotros”.
—Allí triunfa como Los Chichos o, si lo prefiere, como José Alfredo.
—(Risas) O como La Quinta Estación, Héroes del Silencio, Miguel Bosé o los Hombres G. México es un país complicado. Aunque hablemos el mismo idioma, no utilizamos el mismo lenguaje. Lo primero que tengo que hacer es adaptarme a su forma de comunicación. Me dan una oportunidad muy rápido. Empiezo con un cargo de administrativo, puramente de gestión, pero me invitan a dar conferencias muy rápido. Tan rápido que, en el segundo año, ya daba las conferencias de bienvenida a los alumnos de nuevo ingreso. Y te hablo de 380.000 alumnos.
—Qué barbaridad.
—La UNAM es un monstruo gigantesco, la casa de estudios más grande de Latinoamérica. Allí me dan el honor de ser quien reciba, durante siete años seguidos, a los alumnos de licenciatura y de bachillerato. Todos pasan por mí: les explico qué significa ser universitario, para qué están allí, qué es lo que el mundo espera de ellos, su país…, fue un honor. De ahí, empiezo con la docencia, me hacen responsable de las campañas de valor, empiezo a colaborar con la dirección general de divulgación de las humanidades, grabo como sesenta y tantas cápsulas para la televisión de UNAM…, todas las noches, salía yo: “Qué es la ética”, “Qué es la psicología”, “Qué es la música”…, y de ahí surgen más conferencias en el resto del país y colaboraciones con medios. Durante la pandemia, en Imagen Radio TV, una cadena que se ve en todo el continente americano, norte, centro y sur, me dan un espacio de casi diez minutos todos los martes para hacer un análisis de la realidad de la semana ¡en un telediario!
—Aquí es impensable. Al Rojo Vivo es estupendo, pero hablamos de un magacín político.
—No es un telediario. Tampoco imaginaba que fuera a suceder: el regreso a España me ha abierto un terreno magnífico. Pero en México me trataron muy bien, empecé a publicar con Planeta…
—Entiendo que este Filosofía para desconfiados es una reedición del de 2019.
—Este es mi primer libro y sale en México. Fue una locura: tiraron 10.000 ejemplares en la primera edición. De un libro de filosofía sacan 200-300 ejemplares; si tienes mucha suerte, mil; si eres Byung-Chul Han, dos mil, ¡no 10.000! Les dije a los de Planeta: “¿Estáis locos?”. De repente, veo carteles del libro en el metro de México. ¡Imagínate! Empiezo a dar conferencias por todo el país, colaboro en varios medios y sigo publicando.
—Abordemos el libro. Escribe: “Los filósofos no estamos en los consejos de ministros…”. La frase sigue, pero me detengo. En España hemos tenido tres ministros filósofos: Ángel Gabilondo, Salvador Illa y José Manuel Rodríguez Uribes.
—Sí, señor. Esto lo escribí antes de que fueran ministros (risas). Faltan filósofos en los espacios de asesoramiento. Hay muchos espacios, muchas mesas: la mesa de la juventud, la de la cultura…, son espacios para que sus señorías se reúnan con especialistas y charlen. Ahí es donde los filósofos tienen que estar. Ahí es donde han estado los filósofos desde la época de Sócrates.
—Sigue el texto antes interrumpido: “…en los círculos de banqueros ni en los comités de empresas internacionales”, “sólo servimos para ser señalados con cierta curiosidad morbosa y para acumular polvo sobre las urnas de cristal que nos salvaguardan de lo real y que, por contrapartida, nos brindan una visión desenfocada y poco acertada de qué está pasando al otro lado del fanal que nos aprisiona”. ¿Los filósofos son para una inmensa minoría?
—No. La filosofía bien hecha, bien divulgada, es para una inmensa mayoría. Para ser filosofía, ya per se, tiene que estar bien hecha. Si no, es un sofismo, un psicologismo o un cuento. Una filosofía bien divulgada vale para todo el mundo. José Carlos Ruiz, de El arte de pensar, debe de llevar 70-80.000 ejemplares vendidos. No estamos hablando de ninguna tontería. Darío Sztanjnszrajber, en Argentina, hace muy buena divulgación de la filosofía y sus libros vendidos se cuentan por cientos de miles. José Antonio Marina es un maravilloso filósofo y divulgador, escucharle es un auténtico deleite. Ética para Amador es el gran clásico de libros de filosofía en España y en Latinoamérica. El problema es que los filósofos nos hemos subido a nuestra torre de marfil, hemos decidido que la filosofía no tiene por qué salir de las aulas y de los despachos de las universidades, y la hemos vuelto endogámica, con un metalenguaje que sólo entendemos los filósofos y que no sale a la calle. Por eso se venden 200-300 ejemplares. Pero a Gilles Lipovetsky lo puede leer cualquiera. Y a Byung-Chul Han. Habrá partes más farragosas. No importa. Como decían los profesores en primero de carrera: “Ustedes lean. Si no entienden, sigan leyendo, sigan adelante. Cuando sean más mayores, lo entenderán”.
—Marco Aurelio se convirtió en un best seller gracias a El Hormiguero.
—Después de la pandemia, los libros de filosofía han funcionado. Lo malo es que han llegado los oportunistas y se han colgado de libros sin derechos de autor. Dime quién le paga a Marco Aurelio los derechos de autor. Y se están convirtiendo en best seller, pero son reediciones de unos textos que, bien entendidos, son maravillosos, pero que, para entenderlos, hay que tener una formación previa. Y esos libros no te dan esa formación.
—Porque no suelen ser ediciones críticas.
—Exactamente. Te viene el texto tal cual, tú te lo lees y dices “¡magnífico, me lo voy a aplicar!”, pero…
—No eres un romano de hace 1.900 años…
—Ni emperador de Roma. Esto no lo vas a poder aplicar, te pongas como te pongas. El estoicismo no es tan resiliente como te lo plantea Marco Aurelio. El estoicismo necesita mucho conocimiento y no estar solo.
—No olvidemos de quién era consejero Séneca.
—Y cómo acabó. ¡Cuidadito con esto!
—¿La confianza cotiza a la baja?
—Muy a la baja en el mercado humano, y muy a la alta en el mercado económico. Desde que la bolsa es bolsa, desde antes del crack del 29, funciona sí y sí por la confianza. Cuando hay confianza en un producto, sube. La economía descubrió hace mucho tiempo que la confianza no está en Dios, como dicen los dólares, sino en el dinero. Y cuando el dinero promete, vamos allá. Y cuando los mercados se hunden es porque el dinero no es confiable. El crack del 2008 es porque las subprime y las ninja ya no eran confiables.
—¿Y allende la economía?
—Nos han vendido una milonga, la idea de que no necesitamos a los demás, de que solos somos fantásticos, de que lo podamos lograr todo, de que si lo deseas fuerte, fuerte, el cosmos te lo dará.
—Chorradas.
—Un pensamiento banal, estúpido, reduccionista, pero la gente lo ha comprado. Nos han vendido que había que educar en competencias, y la gente creyó que era en competir y ha puesto a los niños a competir. Nos hemos empezado a creer que el más fuerte sobrevive, y esto es la base del darwinismo social, lo que nos llevó al genocidio armenio, a las guerras mundiales…, ¿es que no hemos aprendido de la Historia?
—La respuesta es fácil: no.
—No estudiamos Historia ni, mucho menos, Historia del Pensamiento. Y si hemos conseguido sobrevivir los últimos 200-300.000 años es porque hemos confiado en nuestros iguales.
—¿Se busca una sociedad de brókers?
—Todos queremos ser brókers, todos queremos ser cryptobros. Si tengo un apartamento, lo pongo en alquiler, en Airbnb. Queremos poner a jugar lo poco que tenemos. Porque lo que no queremos es trabajar. Hemos aprendido, afortunadamente, que trabajando no se consiguen las grandes fortunas, sino especulando o robando. Claro, esto es un totum revolutum y tiene los días contados. Si quieres especular, yo qué sé, compra oro. Ah, ¿que no tienes dinero suficiente? ¿Que la única inversión que has hecho en tu vida es la de tu casa, ahora tienes otra y quieres jugar con eso? Tú verás cómo lo haces. Pero hay una cosa muy clara: mientras seguimos al juego de la especulación, en este caso, inmobiliaria, también nos quejamos de que tenemos sociedades envejecidas, de que los jóvenes no quieren compromiso… No es que no quieran. ¿Cómo que no? Un joven claro que quiere comprometerse con una pareja, pero ¿dónde se van? ¿Al coche? ¿A casa de papá y de mamá? Al final, entramos en un bucle nefasto hacia una situación insostenible. Y mientras decimos: “Necesitamos más inmigrantes, porque no hay nacimientos”. Pero cuando estos vengan, ¿dónde van?
—Al gueto.
—¡Hacemos guetos! Y estos guetos, al final, ¿en qué se convierten?
— En polvorines.
—Claro. Las sociedades no funcionan con guetos. Cuando llega alguien de otro país, lo que tiene que hacer es integrarse en ese país para vivir mejor, simplemente. Donde fueres, haz lo que vieres. Y la mejor forma es convivir. Pero, si los relegas a guetos, esos guetos se vuelven fuertes, se cierran sobre sí mismos, acaban trayendo su cultura, su comida, su juego, su todo, y sienten el recelo de la sociedad, que dice: “Es que no os estáis integrando”. ¿Pero cómo se van a integrar? ¿Ahora resulta que el empobrecimiento de los nacionales son los más pobres que llegan? Mal vamos.
—Afirma que el individualismo “es un subproducto cultural más del animal humano occidental, quizá hasta un efecto secundario indeseable, y no una impronta de nuestra condición animal”.
—La idea del héroe es griega. Nace en el Mediterráneo, en un Occidente relativamente impregnado de Oriente. Es una idea muy propia de este mundo. El héroe es el primer ejemplo de individualismo. Sin embargo, el héroe griego clásico era ejemplo moral de los jóvenes. Este es un dato fundamental: el héroe era un ejemplo moral. ¿Eso qué significaba? Que el héroe ejemplificaba con la acción lo que se tenía que hacer. Por ejemplo: Aquiles, en un primer momento, no quiere ir a la guerra de Troya. Aquiles se reúne con su madre y le dice su madre: “Si te quedas, tendrás hijos y se acordarán de ti. Tendrás nietos y se acordarán de ti. Y a la muerte de tus nietos, nadie te recordará. Pero si vas a Troya, morirás. No tendrás hijos. No tendrás nietos. Pero te recordarán generaciones”. Tú y yo estamos ahora mismo hablando de Aquiles. Tenía razón su madre. El ejemplo es: nuestra acción puede trascender. Occidente está lleno de figuras heroicas: Sócrates, Jesucristo…, acaban dando la idea de que no hay filosofía que no piense el yo. Descartes dice: “Pienso, luego existo”. Él no dice: “Pensamos, luego existimos”. Él habla en singular. Cuando lees a Kant, ves: “Actúa tú de tal manera”. Ortega: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Al final, el individuo se convierte en el motor del pensamiento.
—Y es lógico.
—Sí. La primera vez que decimos que existe el individuo es cuando el mundo griego asume una idea oriental, que es la de alma y, sobre el alma, deja caer la individuación. El principio de individuación, el saberte tú que eres tú, es gracias al invento del alma, que viene del mundo oriental. Pero para los orientales, esto no es así: el concepto de individuo carece de sentido. Cuando Platón dice: “Cuando mueras, si has tenido una vida noble y sabia, irás al Mundo de las Ideas”, el alma es lo que integra la esencia de la persona. Sin embargo, para el mundo oriental, el alma es una especie de fuerza vital que, a lo largo de las reencarnaciones, se depura para finalmente diluirse en el Samsara, la Rueda de la Vida. Para los occidentales, no: cuando te dicen que la abuelita a muerto, que no te vengan con la milonga de que el espíritu de la abuelita se ha diluido en el Samsara. ¡Qué narices! ¡Yo quiero morirme y encontrarme a mi abuela en el Cielo! ¿Por qué? Porque somos individualistas. En el siglo XIX y en el XX, se nos va de madre, y aparecen cosas tan horribles como el darwinismo social o la idea, en los cincuenta, de que el hombre es un animal egoísta por naturaleza.
—Cuanto más individualistas, ¿más pastoreables?
—Por supuesto. ¡A ver si vamos a creer que el individualismo nos hace listos! Lo que nos ha hecho listos, durante toda la vida, es conocer a los demás. Vernos reflejados en sus fortalezas y sus debilidades. Nosce te ipsum no significa: “Conócete a ti mismo y a la pelusa de tu ombligo”. Aristóteles lo define muy bien: “Conócete a ti mismo para, sabiendo en qué eres bueno, poder ayudar a los demás”. Cuanto más individuos somos, más acríticos somos. Porque no aceptamos que otro nos diga: “Eso está muy bien, peeeero deberías…”. “¿Cómo qué pero? ¡Yo soy el mejor!”.
—Y empiezan: “es que eres tú especial”, “porque tú eres único”… Cuanto más “especial” y “único”, más rentable.
—Yo le explico a la gente: “A ver, ¿todos somos únicos? Sí, biológicamente únicos, no te quepa la menor duda, pero esto no nos hace especiales”. Y lo explico muy fácilmente: todas las bolsas de basura que te encuentras en un vertedero ¡son únicas! ¡Todas son únicas! ¡No hay ninguna que tenga la misma composición! (Risas) ¿Eso las hace mejores? No, no las hace mejores. ¡Es ridículo! Cuando dices eso, se nos caen todos los mitos de las series de los ochenta de EEUU. “Sé tú mismo”. Puto consejo de mierda.
—Dos para acabar, y una se la birlo: ¿qué puede aportarnos el pensamiento crítico respecto de las redes sociales?
—Lo primero que nos tiene que aportar es que las redes sociales no son públicas. Parece que todo el mundo lo ha olvidado. Todo el mundo se ha olvidado de que todas estas empresas cotizan en Nasdaq, ¿y sobre qué cotizan en bolsa? No sobre la foto de tus pies en la playa, sino sobre tu información personal. Si hay un banco en el parque, y yo me subo al banco y me pongo a vociferar y a dar una conferencia, eso es público, ahí no hay una posible manipulación del mensaje; en las redes, todo es manipulación, intentar que estés el mayor tiempo posible scrolleando hasta el infinito. Por tanto, en cuanto el pensamiento crítico descubra o sepa que eso es una empresa privada, debe decir: “Quieto parao”. De hecho, deberíamos exigir que la empresa nos pagara. ¡Piénsalo! Una red social, ¿qué es?
—Justo eso: una red.
—¡Para pescarnos a todos! Si lo analizas bien, una red social es un Excel en blanco. Eres tú quien lo rellena, quien trabaja.
—Va la última: parafraseando a Vargas Llosa, ¿en qué momento se jodió la universidad pública?
—La universidad se jode cuando el estudio deja de ser un ascensor social. En mi época, te licenciabas y, con suerte, si te lo trabajabas, encontrabas curro; la generación anterior a la mía, la que estudia en los ochenta, entraba en la universidad y tenía curro; en la de los setenta, salías siendo alguien; ahora, sales pelado. Te tienes que endeudar para hacer un máster de dos años que te va a costar un riñón. Pero es que después vas a tener que hacer un doctorado, y luego, ir a la Cochinchina para encontrarle los pelos a una cabra, y eso no te va a asegurar que, con treinta y cuatro años, tengas curro. En el momento en que la universidad se ha convertido en un sacadineros que no ofrece, en contraprestación, la posibilidad de escalar socialmente, perdonen, ¿entonces, para qué estamos estudiando? ¿Para conocer más? Eso es fantástico en papel: para ser mejor ciudadano, mejor ser humano… Al final, ¿esto qué es: educación o un intercambio económico? Porque si es un intercambio económico, a lo mejor necesito un oficio o una formación profesional.
—Guardo un muy buen recuerdo de la carrera, tuve profesores magníficos y profesores malísimos, pero reconozco que, con algunas asignaturas, después del examen, mi cerebro pulsaba la tecla Supr y, acto seguido, vaciaba la papelera de reciclaje.
—Y vámonos. Cuando las asignaturas y los títulos son trámites, se cae el espíritu universitario, la universitas latina, la unión de profesores y alumnos trabajando y descubriendo juntos, y haciendo cambios en el mundo por su propio trabajo y su propia idiosincrasia. El hecho de ser universitario no es, simplemente, estar matriculado y calentar una banca: es ir al teatro, conocer a tus amigos, a gente que viene de fuera, es experimentar…
—Como bien dice el Chef en South Park. Me ha gustado que mencione la serie en el libro.
—Hay muchas referencias posmodernas. ¿Sabes qué pasa? Fíjate: cuando lees a Platón, ves que está lleno de cuestiones mitológicas. ¡Es la cultura pop de su momento! Utiliza la mitología para explicar cosas que la gente puede entender. Yo utilizo South Park y tantos otros para que la gente pueda entender. Cuando el filósofo muy académico, muy pagado de sí mismo, dice: “Bueno, esto es divulgación, porque mira el lenguaje…”. Chacho (risas), ¿no te das cuenta de que los filósofos que lees hacen menciones a lo que está pasando en su momento para que la gente lo entienda? Volvemos al principio de la charla: cuando el filósofo se encierra, no sirve a la sociedad. Y los filósofos tenemos la obligación de ser útiles. Nuestra función es hacer que la gente piense, hacer un mundo mejor. Tenemos que diagnosticar al enfermo y ponernos a trabajar. La filosofía va a ir a un buen momento porque el mundo va mal.








Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: