Me intrigó durante mucho tiempo: misterio en el Orient Express o en donde sea. Arcano social. Por qué, me pregunté durante años, en casi todas las películas de la última década los tíos guapos salen con barba de tres días. No de un día para otro, ni de esas que se llevan tal cual, sino pelos sin rasurar, sombra fija y viril en el careto. Barbas que ni crecen ni se afeitan, indelebles, permanentes, criogenizadas o como se diga. Barbas de Schrödinger: mínimas pero exactas, inmutables, que no crecen ni decrecen, despeinan o rebelan, y que sobreviven con idénticas dimensiones, inalterables en guerras, apocalipsis zombis, naufragios, traiciones, resacas bíblicas y crisis existenciales chungas.
Pero al fin, disculpen la inmodestia, he descifrado el enigma de las arenas. Ocurrió viendo una película sobre una novela mía donde el protagonista –un cura, hay que joderse– lleva todo el rato una de esas barbas someras que ni crecen, ni menguan, ni traspasan.Que se afeitan cada día, pero para que parezca que no se afeitan. Fue entonces cuando dije eureka. Eso no es vello facial guarro, pensé, sino proclamación estética. El equivalente machote al rímel de las señoras guapas que se levantan con el ojo intacto después de una noche de pecado o de un remojón en las cataratas del Iguazú. Antes, los héroes de las pelis llevaban espada, revólver o gabardina. Hoy, para ser interesante en el cine debes parecer complejo, y para parecer complejo has de llevar barba de tres días y mirada de trauma mal digerido. Todo muy viril, muy intenso. Y sobre todo, más falso que la sonrisa de un político.
La barba cinematográfica de tres días no es complemento facial sino declaración de intenciones. Un anacronismo que indignaría igual a Espartaco que al conde de Montecristo. Sirve para decirle al espectador que el prota en cuestión es duro pero sensible. Ha visto el infierno, pero sigue siendo follable. Está por encima de las convenciones, porque él marca las reglas. ¿Para qué trabajar un personaje complejo si puedes pegarle una sombra en la mandíbula? Y lo extraordinario no es que todos exhiban esa autenticidad artificial; es que, como digo, sus dimensiones no cambian: 0,5 centímetros exactos. El protagonista pasa meses encerrado en una celda húmeda, alimentado con gachas y desesperación, y cuando sale luce la misma barba que al entrar. Y cuando con esa pinta se pone un frac y visita a la princesa de Clèves, en vez de hacer que los criados lo echen a patadas, ella se lo lleva a la cama.
Sabemos que en la vida real una barba tiene fases: empieza inevitable, sigue molesta para tu legítima –o tu ilegítima– y luego, antes de llegar a barba respetable, te convierte en alguien a quien la policía observa con interés profesional. Pero el cine no quiere saber nada de eso; quiere la barba sólo incipiente, cobarde, que no obliga a tomar decisiones. Porque una barba que crece plantea preguntas incómodas. ¿Recortarla? ¿Dejarla larga? ¿Aceptar que el personaje necesita una ducha?… No, demasiado real. En el cine de hoy, la realidad molesta mucho. Una barba de tres días supone desaliño pero del bueno, del que no huele. No hay piojos, ni caspa, ni manchas raras. Es una informalidad limpia, fotogénica. El protagonista ha perdido a su familia, su fe o su perro, pero nunca el control de su vello facial. Hay límites que ni James Bond cruza aunque tenga tiempo, aunque tenga espejo, aunque disponga de un baño con agua caliente. Afeitarse sería un riesgo narrativo: admitir que puedes cambiar, que la vida deja marcas reales.
En esto el cine se ha vuelto asquerosamente conservador. Cuando todos los actores salían afeitados hasta cazando mamuts, un cambio físico indicaba evolución. Ahora nos hemos ido al otro lado, y la evolución –cuando la hay– se expresa con silencios y primeros planos mientras la barba sigue como el primer día: reaccionaria, inmóvil como ideas que nunca se revisan, aunque resulte anacrónica o ridícula. Y el espectador moderno traga, claro que traga, porque el truco anuncia machote interesante. De otro modo el bueno de la peli parecería demasiado limpio, demasiado normal. Quizá demasiado feliz.
Algún día, tal vez, alguien se atreva: un director inteligente, un actor seguro de sí o un productor honrado. Y veremos a protagonistas afeitados o sin afeitar, pero como Dios manda. Hasta entonces seguiremos con la falsa pelufa, la puntita nada más, mentira actual del cine y la vida. Antes todos sabíamos que las pelis mentían, pero no importaba porque eso era el cine. Ahora quieren que lo engullamos cual si fuera verdad, pero hay gran diferencia de uno a otro. Como decía mi amigo Pedro Armendáriz –el hijo del mejicano de las películas de John Ford–, el cine sólo era verdad cuando era mentira.
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Publicado el 23 de enero de 2026 en XL Semanal.


Los pelos son un problema. Siempre lo han sido. A los unos desde que en la adolescencia comienzan a asomar, aunque entonces el descubrimiento sea bienvenido (¡no sabes la que te espera toda la santa vida!). A las otras porque, en nuestros usos sociales, nuestras convenciones, en las mujeres está peor visto, sobre todo entre ellas, todo hay que decirlo.
El rostro no es lo peor, en mi opinión. Que estos insoportables apéndices insistan en salir por dentro de la nariz es una tortura. Y las antiestéticas melenas que crecen hacia el exterior desde las orejas hasta descansar en los hombros, no es que molesten a uno pero a los demás les ofenden y no se sabe por qué, oiga.
Y, aunque suene feo y hablando de picores, no hay nada más molesto que los pelos del culo, seamos sinceros. Y, como decía el viejo chiste del chino, !los pelos del culo no me dejan dormir¡ ¿Se lo saben?
Y respecto a la disertación tan intelectual de don Arturo sobre las longitudes exactas de las barbas, decir que las modas imponen su marca en las sociedades. Y, de nuevo la posible o probable decadencia social. Cuando los viejos están empeñadísimos, absurdamente, en parecer jóvenes, los jóvenes están empeñadísimos en parecer viejos con esas patriarcales barbas bíblicas que ahora se dejan. Parecen salidos del Antiguo Testamento o de una granja de toros o de gallinas de la América Profunda. Luego dicen que no tienen para vivienda, cuando se gastan el jornal en esas cuidadísimos y longevos barbones.
Si ya lo unimos a las crestas con los laterales rapados (tal y como se los dejaban en los añós 30 los nazis), parecen salidos de una pelícla de vikingos.
!Oiga¡ !lo que puede dar de sí una barba¡
Con el panorama que estamos viviendo, solamente nos queda trivializar un poco.
Saludos a todos.