Cuadro sobre la Guerra Civil de Augusto Ferrer-Dalmau.
No fue un error. No fue un malentendido. No fue un exceso puntual, fruto de los nervios o de una sensibilidad mal calibrada. Ni siquiera fue la marcha atrás, en forma de patético lloriqueo público, de un novelista presionado por los suyos. Los ataques de la izquierda radical al debate que iba a celebrarse en Sevilla en torno a la Guerra Civil —un debate concebido desde la pluralidad, el rigor y la discusión razonada— deben interpretarse como lo que realmente fueron: un acto deliberado de intimidación ideológica y un síntoma evidente de la enfermedad que degrada la vida cultural y política española.
Lo ocurrido en Sevilla no fue un episodio aislado sino un hecho gravísimo: la manifestación miserable de una tendencia cada vez más extendida. La sustitución de ideas por consignas impuestas, del diálogo por el sectarismo y del pensamiento crítico por la adhesión identitaria. En este nuevo procedimiento —adoptado en España tanto por la extrema derecha como por la extrema izquierda— no se discute para comprender, sino para marcar fronteras; no se argumenta para persuadir, sino para expulsar; no se escucha para aprender, sino para detectar desviaciones. Y en ese ámbito, especialmente para la izquierda radical española, sus figuras políticas, medios afines y palmeros sectarios de plantilla, la Guerra Civil se ha convertido en elemento ideal de tan lamentable práctica. En siniestro buque insignia de un chato e irracional planteamiento político.
Esta actitud parte de una idea profundamente antidemocrática: la sociedad no es capaz de enfrentarse a lo complejo sin extraviarse, el ciudadano necesita ser protegido de las ideas incómodas, el debate plural es un riesgo y no una riqueza. Bajo esta lógica paternalista, el pensamiento deja de ser un ejercicio de libertad para convertirse en una actividad sospechosa. Y lo paradójico es que esta condena del debate se produce en nombre de valores que, históricamente, se asociaron a la ampliación de libertades. Se apela a la memoria, a la justicia, a la dignidad; pero se emplean métodos que niegan el pluralismo, desconfían de la razón y sustituyen el argumento por la consigna. Cualquier opinión contraria venga de donde venga, incluso dentro de la propia izquierda, se califica de fascismo. Y el miedo a ser llamado fascista, la necesidad de gritar más fuerte que nadie para evitarlo, da lugar a episodios de cobardía y claudicación como los que hemos visto en torno a las jornadas de Sevilla.
La Transición, el ejemplo olvidadoPara comprender la gravedad de esta deriva conviene mirar atrás. La Transición española fue un proceso de renuncias, tensiones y ambigüedades. No fue un relato épico ni moralmente puro, pero tuvo una virtud hoy olvidada: dialogaron personas que tenían muchos motivos para no hacerlo: antiguos franquistas y opositores al régimen, comunistas perseguidos y ministros del Movimiento, exiliados y herederos del poder. No porque compartieran una misma visión de España, sino porque entendieron que sin diálogo no había futuro. Ahí están los nombres, a menudo simplificados o caricaturizados en el debate contemporáneo. Todo estuvo lleno de tensión, miedo y renuncias dolorosas. Pero hubo una certeza común: la democracia no podía construirse con la exclusión del adversario. La memoria del conflicto estaba demasiado viva como para repetir los viejos errores.
Ese clima dialogante no fue ingenuidad ni claudicación, sino conciencia histórica. Quienes protagonizaron la Transición sabían que cuando el adversario deja de ser interlocutor y se vuelve enemigo, el conflicto es irresoluble. Adolfo Suárez, proveniente del aparato del régimen franquista, comprendió que la reforma sólo era posible desde dentro y asumió costes personales enormes. Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista, aceptó la monarquía y la bandera rojigualda no por convicción, sino por cálculo democrático. Manuel Fraga, ministro durante el franquismo, representó una derecha que decidió integrarse en el nuevo sistema en vez de dinamitarlo desde fuera. Y nada de esto fue limpio, ni fácil.
La legalización del Partido Comunista dos años después de la muerte de Franco constituyó un acto de enorme riesgo político, no sólo por la reacción de sectores del ejército, sino porque implicaba reconocer como interlocutor legítimo a quien había sido demonizado durante décadas. Aquella decisión no se tomó porque el comunismo dejara de ser incómodo, sino porque se entendió que sin integrar a los comunistas no habría democracia estable. En 1977, Fraga presentó a Carrillo en el Club Siglo XXI. Los Pactos de la Moncloa, en octubre de ese mismo año, son otro ejemplo revelador: en plena crisis económica y conflictividad social extrema, fuerzas políticas y sindicatos ideológicamente enfrentados aceptaron sentarse a negociar. Nadie venció, todos cedieron porque se asumió que el diálogo era preferible al colapso. Y también la Constitución de 1978 es un texto hecho con nobles renuncias: republicanos aceptaron la monarquía, centralistas aceptaron el Estado autonómico, conservadores aceptaron derechos sociales, izquierdistas aceptaron una economía de mercado. No porque creyeran que el texto era perfecto, sino porque era posible.
Comparado con aquello, estremece el miedo actual al debate. La intolerancia suicida. Hoy, cuando no hay violencia política ni amenaza de involución militar, se tolera menos la palabra libre que en los años setenta. Lo que entonces se entendía como necesidad democrática se percibe ahora como amenaza moral; como apología del fascismo, de la masonería, del comunismo. La inminencia de un debate plural y ecuánime sobre la Guerra Civil en Sevilla, dando la palabra a cuantos desearan usarla —asistirían el ex presidente Aznar y el político Espinosa de los Monteros, pero también el ministro Félix Bolaños y una prestigiosa nómina de historiadores, estudiosos y periodistas—, provocó reacciones airadas en la extrema izquierda —VOX se había negado desde el principio a asistir— y desencadenó una campaña de presión y descalificaciones que hicieron recular a los más débiles o cobardes entre quienes, varios meses antes, habían prometido su asistencia sabiendo perfectamente quiénes iban a figurar en el cartel. Renunciaron los novelistas David Uclés y Paco Cerdá, el coordinador de Izquierda Unida Antonio Maillo, la vicesecretaria del PSOE andaluz María Márquez, la historiadora Zira Box —que confirmó públicamente las presiones recibidas— y la presidenta del Consejo de Estado Carmen Calvo.
Lo advirtió Hannah Arendt al analizar los mecanismos del pensamiento totalitario: el mayor peligro es la destrucción del espacio común donde las cosas pueden discutirse. En este ámbito, la paradoja resulta evidente: quienes se autoproclaman herederos y paladines de la verdadera democracia reproducen mecanismos profundamente autoritarios: no consienten la discrepancia, desconfían de la libertad intelectual y consideran legítimo silenciar al adversario. También en el extremo opuesto del paisaje político, donde soplan aires dictatoriales de otro signo, aspiran a lo mismo: unos apelan al orden y la tradición, otros a una intocable superioridad moral. Y la censura que ambos ejercen —todavía ejercida más ruidosamente por la izquierda, pero den ustedes tiempo al tiempo— es eficaz porque no necesita justificarse. No argumenta, sino que señala; no persuade, sino que estigmatiza. Y una vez estigmatizado el interlocutor, su palabra queda automáticamente deslegitimada. El debate muere antes de empezar.
La primera consecuencia es la autocensura: historiadores, escritores, periodistas y profesores aprenden qué asuntos evitar y qué enfoques son peligrosos. El silencio pasa a ser voluntario y llega el miedo a pensar en voz alta. Defender hoy el debate ecuánime no es cómodo: exige valor, porque implica resistir presiones, soportar insultos y aceptar riesgos. La segunda consecuencia, eliminado el debate racional, es el enfrentamiento emocional: sentimientos contra ideas. La tercera consecuencia es la degradación de la auténtica y objetiva memoria. Recordar y honrar no es reavivar rencores y odios, sino estudiar, comprender, explicar situaciones trágicas y aceptar hechos complejos. Cuando el pasado se utiliza para envenenar el presente, deja de ser memoria legítima y se convierte en turbia arma política.
Frente a esta deriva conviene recuperar una idea central del pensamiento liberal democrático europeo, desde Ortega y Gasset hasta los teóricos contemporáneos del pluralismo: la democracia no consiste en eliminar el conflicto, sino en civilizarlo. No es imponer una verdad única, sino crear las condiciones para que verdades parciales o incómodas puedan confrontarse sin miedo. Lo ocurrido en Sevilla debe leerse en esta inquietante clave. Cuando una sociedad teme el debate, algo huele a podrido en ella. Lo grave no es que existan ideas que molesten a otros; lo grave es que deje de considerarse legítimo que molesten.
Seamos justos: este clima infame no es exclusivamente español. Se observa en universidades anglosajonas, en debates sobre memoria colonial, en discusiones sobre identidad nacional en Europa. Pero en España adquiere una aspereza particular porque se aplica a un acontecimiento histórico que debería habernos vacunado contra el dogmatismo: una cruel guerra civil, desencadenada por un golpe de estado militar, donde sin duda hubo un bando vencedor y un bando derrotado; pero en la que todos los españoles de entonces y de las posteriores generaciones perdimos mucho —quizá también lo habríamos perdido con la victoria de los otros, como valerosamente sostuvo Chaves Nogales—: la libertad, la justicia, el progreso, los derechos civiles, la liberación de la mujer, la dignidad y la democracia. Ésa, y no la otra, es la guerra que todos perdimos. La que, sin signos de interrogación, daba y dará título en el próximo mes de octubre a la XI edición de Letras en Sevilla.
La muerte de la inteligenciaUno de los espacios donde el daño se manifiesta hoy con mayor claridad es la universidad: concebida como un lugar para la discusión rigurosa y la exposición de ideas incómodas, empieza a ser un espacio de asfixiante protección emocional. Durante el franquismo y todavía en la Transición, la universidad fue un lugar de riesgo real: pensar tenía consecuencias, discutir aparejaba riesgos personales. Hoy, cuando ese riesgo ha desaparecido, se tolera menos el conflicto intelectual que cuando opinar en voz alta era peligroso. La aparición de listas negras, vetos informales, campañas de presión estudiantil y exigencias de cancelación de actos prueban que la universidad ha dejado de ser un foro de confrontación argumental y es un entorno de validación moral. El ocaso de la inteligencia.
En las redes sociales, el fenómeno se ve agravado por el ruido, el anonimato, la ignorancia y la mala fe que polarizan cualquier asunto por mínimo que sea. En lugar de fomentar una relación adulta con el mundo y sus circunstancias, con el presente y el pasado, suele imponerse un repertorio de lealtades obligatorias que transforman la conversación pública en una sucesión de insultos y juicios sumarios. El razonamiento extenso recula frente a la indignación breve; la duda es percibida como traición; la discrepancia, como delito. En este contexto el debate es imposible. La consecuencia es una opinión pública elemental e irreflexiva, donde una reputación se destruye en horas y la lógica carece de valor. Una frase sacada de contexto, una fotografía manipulada, una cita incompleta bastan para activar el linchamiento. Cercados por el fragor de la ignorancia y la mala fe —si juntas a un malvado con mil tontos obtienes mil y un malvados—, el historiador, el pensador, el escritor o el periodista libres dejan de ser referentes o interlocutores válidos y pasan a ser sospechosos. Ya no se les atiende ni responde: se los denuncia, se los cancela.
Conviene introducir una comparación europea. Alemania aborda su pasado traumático —el nazismo— desde una combinación de memoria institucional y libertad académica: negar el Holocausto es delito, pero debatir sobre las responsabilidades sociales, culturales o históricas del nazismo no lo es. En Francia, el debate sobre la colaboración con los nazis o la guerra de Argelia sigue siendo conflictivo e incómodo; pero se discute, se publican libros y se organizan debates sin considerarlos apología de lo criminal. En cuanto a Italia, su relación ambigua con el fascismo ofrece un ejemplo ilustrativo: la memoria histórica no está del todo cerrada, y precisamente por eso el conflicto sigue siendo materia de estudio político, no dogmático. Se discute, y con frecuencia esa discusión no la capitanean periodistas sectarios o que de todo saben, sino historiadores y especialistas. España, en cambio, se estanca en una esclerosis selectiva, iletrada, analfabeta, que impide el análisis y las lecciones que de éste se obtienen. A los verdaderos historiadores, que los tenemos excelentes y de todo signo —en Letras en Sevilla confirmaron su asistencia muchos de los mejores—, no se les respeta que estudien seriamente la memoria.
Todo este proceso tiene un hilo conductor: el miedo a la complejidad, a la discrepancia, a perder la hegemonía moral, a que el relato no resista el contraste. Ese miedo se disfraza de sensibilidad indignada, pero actúa como censura; se impone en nombre de las víctimas, pero termina utilizándolas como mercancía electoral. El resultado no es una sociedad más justa sino más frágil, incapaz de tolerar la fricción intelectual. Porque en una democracia sana, el desacuerdo se plantea sobre que el oponente puede estar equivocado, pero no por eso es un malvado. Cuando tal presunción se pierde, el asunto se envilece: si el otro es enemigo, no hay nada que discutir; sólo queda neutralizarlo, silenciarlo, exterminarlo figurada o físicamente. Esto explica por qué el debate ecuánime —la equidistancia cobarde es otra cosa— genera tanta hostilidad en España; porque presupone algo intolerable para los malvados y los idiotas: que el otro pueda hablar de buena fe, que pueda abordar un tema delicado sin intención de ofender, que disienta sin buscar daño. Esa posibilidad es inadmisible para todo sectarismo político que necesite enemigos para sostenerse, heridas abiertas para hacer negocio instalándose en ellas.
Otra consecuencia de esta deriva es la degradación del lenguaje. Blanquear, normalizar, legitimar, dar voz funcionan como armas retóricas. No explican: marcan y condenan. El lenguaje deja de ser herramienta para pensar y dialogar y se torna mecanismo de control. Quien domina las etiquetas domina el debate o la ausencia de él porque el veredicto ya está dictado. Esta simplicidad lingüística no es casual. Pensar y conversar exigen palabras precisas, categorías claras, conceptos a veces incómodos. La consigna fácil, en cambio, se conforma con términos vagos y emocionalmente intensos. Su eficacia no depende de la claridad razonada, sino de la adhesión colectiva. Resulta relevante, como digo, que esto se haya impuesto con tanta fuerza en espacios que se reclaman, hipócritamente, herederos de la tradición crítica de la izquierda. Ha sido muy significativo el comentario en televisión de Ione Belarra, coordinadora general de Podemos, sobre la anunciada asistencia del expresidente Aznar a las jornadas de Sevilla: “Con los fascistas no se habla”.
Manipular el presente sin explicar el pasadoLa consecuencia última de todo este proceso es la conversión de la historia de España en un campo de batalla perpetuo: la conquista de América, la toma de Granada, la monarquía, la República, la Guerra Civil, la Transición… No como ejes de reflexión compartida, sino como frentes ideológicos en permanente movilización. El pasado deja de ser materia de estudio para convertirse en algo que se ataca o se defiende no con conocimiento y razones, sino con sentimientos y vísceras. En ese contexto de insultante simpleza, cualquier intento de introducir complejidad se interpreta como amenaza al chiringuito de turno. La historia debe reducirse a una serie de fábulas morales, útiles para manipular el presente pero incapaces de explicar el pasado. Esta instrumentalización no pretende honrar a las víctimas de las numerosas desgracias nacionales —que son infinitas desde hace veinte o treinta siglos— ni contribuye a una mejor comprensión de lo que fuimos y lo que somos. Al contrario: secuestra el sufrimiento para convertirlo en infame munición política.
Todo lo anterior conduce a una conclusión inquietante: avanzamos hacia una España sin conversación; una democracia que sólo es presunta, un sistema formalmente plural aunque en realidad cerrado, donde suenan numerosas voces pero pocos diálogos reales. Donde se habla mucho, se escucha poco y se razona menos. Una democracia de esa clase puede sostenerse durante un tiempo, pero será cada vez más indecisa y frágil, incapaz de gestionar conflictos, incapaz de integrar disensos, incapaz de renovarse intelectualmente. La guerra que los malvados y los estúpidos libran hoy contra el sentido común no es sólo cultural ni ideológica: es contra la conversación misma, contra la posibilidad de escuchar, disentir, debatir y seguir conviviendo. En esa clase de guerras —créanme, porque pasé veintiún años en ellas— no se hacen prisioneros. Si se pierden, y al final en ellas pierden todos, arrastran el mundo consigo.
Quiero volver, para terminar, al punto de partida: un encuentro cultural en Sevilla, un foro de discusión sobre la Guerra Civil, un intento de pensar en voz alta sobre nuestro pasado y una reacción siniestra que no pretendía conversar, sino silenciar. Tal episodio no importa por sí mismo, sino por lo que descubre: la normalización, por parte de muchos, de la idea de que hay debates que no deben darse. De que hay asuntos que sólo pueden abordarse desde un marco moral autorizado por quienes lo controlan y administran. Aceptar eso es asumir una derrota devastadora, no de una u otra ideologías en concreto, sino del principio mismo de libertad intelectual. Una sociedad que renuncia a esa libertad se pone una pistola en la sien. La guerra contra el pensamiento libre es una guerra que no gana nadie, excepto los oportunistas y los canallas. Por eso la Guerra Civil española es, entre tantas otras —lo discutiremos el próximo mes de octubre en Sevilla—, una guerra que todos los españoles seguimos perdiendo.
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Publicado el 1 de febrero de 2026 en El Mundo.


Suscribo todo lo dicho, frase por frase. Si no se debe hablar con fascistas, y fascista es quien está gente dice que lo es, sin más, no entiendo para qué sirven los parlamentos o la libertad de palabra. Si el debate es fascista, si el respeto al que no piensa como nosotros es fascista, si la única manera de combatir el fascismo es reabrir las checas y agujerear los paredones, me temo los fascistas serán mayoría en las próximas elecciones. Este tipo de gente odiosa lo ha habido siempre. Quieren una guerra civil para saciar sus bajos instintos. Son los que se dedican a los asesinatos en la retaguardia (también a los de su propio lado, como Andreu Nin), los que nunca se la juegan en el frente y los primeros en abandonar el barco. Las heces que siempre hay en cualquier bando, mucho peores que el enemigo que lucha de frente, en el que siempre hay hombres buenos con los que se puede compartir un cigarrillo en tierra de nadie.
Voltaire: puedo no estar de acuerdo con ninguna de tus palabras pero defenderé hasta la muerte tu derecho de decirlas.
Y lo peor es que es guerra perdida para siempre…
Me gustaría ver un debate en Alemania o en Italia donde se le abran las puertas al nazismo y al fascismo, respectivamente. Donde no haya censura y se traiga lo más virulento (pero a la vez civilizado) de los dos bandos de allá al debate. Esto en un contexto de nazismo y fascismo legalizados (como lo estuvo el franquismo en España tras la transición), y que estén en un debate sosegado como el que se ha pretendido en Letras en Sevilla.
Me daría curiosidad ver algo así en estos dos países, honestamente. Sin pretensiones de comparar y sin acritudes. Recuerdo que Pérez Reverte decía que sería fascinante escuchar a Hitler o a Mussolini en una universidad sobre cómo cogieron el país por el gaznate. Estoy de acuerdo.
Por mi parte, he vivido en Francia quince años y sigo yendo de vez en cuando. Aunque ya no es lo que era, me sigue dando envidia ver cómo son capaces de ‘disputer’ conversar estando al lado de alguien que piensa lo contrario que uno, y la educación está por encima de todo. Incluso cuando alguien es mejor que ellos, van y lo reconocen. Sus tertulias son sensacionales, aunque vayan a temas como la Ocupación, que es así como ellos denominan a la Segunda Guerra Mundial. Yo misma en tertulias para France Culture, aunque les digas, una gran verdad (para mi) y una barbaridad para ellos, como cuando tradujimos la primera serie de episodios galdosianos al francés, saben aguantar el tirón como nadie, aunque no les guste reconocer que nuestros guerrilleros les dieron una buena pana. Tema gordo, por cierto. En la tele hay escándalo y ruido y al final no hay tertulia, pero que pase esto en congresos intelectuales, ya es lo último. ¿Dónde están las cabezas con inteligencia?
Suscribo sus elogios a la cultura de debate que en general muestran los franceses, que yo también he vivido en persona, aunque en un contexto diferente. Una observación amistosa: es discutible lo de la paliza que le dieron a Napoleón nustros guerrilleros. Sin negar el coraje y la perseverancia de El Empecinado, Espoz y Mina, Merino y otros, España muy probablemente habría sido ocupada en su totalidad sin la ayuda británica; ayuda interesada, por cierto.
De acuerdo, completamente. Los guerrilleros es el romanticismo que nos queda. Solo.
En Italia gobierna el sucesor del partido fascista. Ya no llevan camisas negras ni dan ricino, aceptan el régimen democrático y han renunciado al maximalismo. Han aprendido del pasado, han evolucionado, no quieren repetir errores. En cambio, una parte de la izquierda española quisiera volver a los años treinta, como la vieja loca de “Sunset Boulevard”. ¡Es carnaval!
Muchas gracias por todas sus palabras. Son muy valientes.
Es difícil reconocer esta realidad. Es doloroso haber llegado hasta aquí.
Me alegra que en Octubre se celebre Letras en Sevilla.
Gracias y saludos.
¡Qué tremenda disertación!
Y que tremendas verdades dice.
¡Gracias! Necesitamos más gente como usted, capaz de plantarle cara a esta cuadrilla.
Conviene partir de una premisa elemental: no todo admite el mismo régimen de opinión. Cuando lo que está en juego son vidas humanas y conflictos de alta densidad ética, el debate exige responsabilidad intelectual, no consignas ni gestos performativos.
En ese sentido, el diagnóstico de Arturo Pérez-Reverte resulta certero al señalar la degradación del debate público, hoy dominado por posicionamientos extremos y pobres en argumentación, donde no se discute para comprender, sino para marcar pertenencia. El matiz se penaliza y la duda se confunde con debilidad.
A este clima se suma la conversión del éxito temprano en autoridad intelectual. El caso de David Uclés es ilustrativo: la fortuna de un primer libro visible y el respaldo de un premio relevante no legitiman por sí mismos una posición moral ni evidencian carencias previas en la tradición crítica española, que lleva décadas sabiendo exponer, debatir, argumentar y analizar sin necesidad de convencer.
El problema no es el reconocimiento, sino confundir visibilidad con profundidad y sustituir el análisis por ruido. La biografía no reemplaza al argumento, ni el tono elevado a la razón.
Conviene recordarlo: hablar no es convencer. El espacio público no es un campo de adoctrinamiento, y la moderación no equivale a tibieza. Faltan mediadores capaces de sostener posiciones firmes sin convertir la discrepancia en enemistad.
Porque cuando se discuten realidades humanas —no abstracciones ideológicas—, el pensamiento exige algo más que estridencia.
Perfecto doña Rosa. Se confunde la notoriedad con la intelectualidad. La pobreza argumental es escandalosa y el analfabetismo histórico ya se puede decir que es un drama,un drama nacional.
El problema viene de lejos, de muchos años. A cualquier cantautorcillo se le considera un Einstein, a cualquier directorzuelo de películas cutres un Unamuno y a cualquier plumífero barato un Ortega.
La estridencia, los gritos, las malas formas, venden. Es una pena.
Saludos.
Un bobo con boina
Pues quiere un bobo con boina,
Que nació antes de ayer,
Contarnos lo del fascismo
Ahora, un siglo después.
Yo escuché a muchos con boina,
Que por desgracia no están,
Y no buscaban la gloria
Mas se hicieron respetar.
No querían ya más guerras
Y les gustaba la paz…
Otros son los que detestan
Vivir con tranquilidad.
Recuerde Usted a Zapatero
Con el ínclito Iñaki
Buscando siempre el jaleo
Para bailar su “sirtaki”.
Y de una vez, por favor,
Échele, a quien la tiene,
La culpa del “sinsabor”
Porque mezclar no conviene.
Todo el mundo tiene culpas
Y pecados que purgar…
Pero hay algunos que insultan
Porque no les va tan mal.
Y, debajo de la boina… el vacío.
Nadie ha sabido llevar la boina como Pío Baroja o el sombrero como Unamuno.
Saludos.
Zuloaga también la llevaba y Mariano Juaristi, el gran AtanoIII, aunque este las ganaba también en el frontón, era el rey de las txapelas hasta que lo destronó el magnífico Gallastegui.
Y es que la dignidad es la dignidad.
Saludos.
“Manipular el presente sin explicar el pasado” Es lo que lleva haciendo la izquierda desde 2004 con ZP, memoria histerica, etc…
“golpe de estado militar,” provocado por la izquierda.
No me sorprende nada de lo sucedido. Aun siendo más joven que usted, hace tiempo que sé (porque lo he leido, porque me lo han contado y porque lo he podido comprobar motu propio) que la izquierda española se arroga la tolerancia, la libertad, el debate, y tanta palabrería bonita para luego ser tan intolerantes que se les debería caer la cara de vergënza. Y pretender dar lecciones…..
Buen artículo, muy bien escrito y razonado, como suele ser habitual en su autor. No obstante, sigo considerando inadecuado el título de las jornadas. Qué duda cabe de que el franquismo supuso una larguísima noche oscura por las razones que apunta Reverte: violencia, represión, censura, injusticia o desigualdad, pero no todos perdieron la guerra. Los que la provocaron tras un golpe de Estado fallido consiguieron en gran parte lo que buscaban, revertir avances sociales que beneficiaban a los más desprotegidos, recuperar privilegios, perseguir y sofocar las ideas avanzadas (las de la Ilustración, las de la Institución Libre de Enseñanza) y encarcelar o matar a los disidentes. Esos no perdieron la guerra y aunque yo estoy dispuesto a hablar con el diablo si es necesario, entiendo que para algunos sea muy duro sentarse a la misma mesa que los que les niegan el derecho a ser como son o les dicen que sus padres o abuelos represaliados o fusilados recibieron su merecido. Del mismo modo que entiendo la renuencia de víctimas del terrorismo a dialogar con los victimarios; con una salvedad, que los violentos hayan pedido perdón de manera sincera. En ese caso el diálogo puede y debe darse.
La primera vez que oí hablar sobre estas jornadas fue hace unos meses cotilleando en Youtube, y descubrí a Antonio Escohotado, que no sabía quién era y desde entonces que cuanto más se de él más alucino (vaya coco tenía ese hombre), y me encantaría ir pero soy gallega y me queda un poco lejos…
Estoy muy de acuerdo con todo lo que dice, aunque yo no me sé explicar tan bien pero, siempre me pregunto por qué estos arrebatos de furia vienen con cosas tan pasadas… la conquista de América, la guerra civil… (90 años me parecen más que suficientes para poder hablar algo sin montar el número) y creo que es algo que quiere dejar la idea de que desastre todo y que bien lo haría yo! Los políticos de ahora que desprecian la transición dejan caer la idea de que ellos lo harían mucho mejor, de manera sostenible e inclusiva pacífica o yo que se… cuando son incapaces de atender a los asuntos actuales ni si quiera mínimamente. Todo lo pasado lo harían muuuuy bien, pero casualmente lo que les corresponde hacer es siempre imposible, fijate.
Por favor, si pueden suban las charlas anteriores y está a YouTube porque yo por lo menos no conseguí encontrarlas todas y son muy interesantes. Gracias y ánimo.
Intentar, en este país, en este momento, con cierto tipo de gente, organizar un debate sobre la guerra civil, es un ejercicio complicado, harto difícil, yo diría que poco menos que imposible.
Si me dijera usted que va a realizar el camino de Santiago, desde Roncesvalles hasta Galicia, en chancletas, bermudas y camiseta de tirantes, en este frío invierno de 2026, le creería antes, que si me dice que va organizar un coloquio en Sevilla sobre la Guerra Civil, titulado: “La Guerra que todos perdimos”.
Quizá en cien o doscientos años se pueda llevar a cabo. Para entonces nos habremos zurrado la badana, de nuevo, un par de veces más, como mínimo.
Yo, personalmente, deploro el tema de la Guerra Civil. Estoy harto. Me aburre. Me crispa; sobre todo porque el tema este es utilizado, más como herramienta política de distorsión, que de entendimiento. La Guerra Civil es la gasolina que necesita cierta gente para tapar su incompetencia y su mediocridad.
En fin, allá usted. Se ha empeñado en un imposible.
Saludos.
Tenga fe. La gente es más inteligente que ese grupo endogámico y gritón de los fanáticos. Nadie pretende convencer a esos, de lo que se trata es de no dejarles el campo y de mostrar buenas maneras al respetable. Con eso, se les caen los palos del sombrajo. Por eso boicotean y se ponen como la niña de “El exorcista”, porque un debate civilizado demuestra que mienten. Y eso significa que se seca la teta pública.
Esperando Octubre. Un saludo.
Desde Roma, le envío todo mi agradecimiento, cariño y admiración, don Arturo. Ignoro si el encuentro de Sevilla estará abierto al público, pero si así es me gustaría tomarme un avión sólo para estar allí y prestar atención a todas las voces, ¡sobre todo aquellas con las que no concuerdo! Por el momento me limito a celebrar el hecho de que existan aún foros que propicien el pensamiento libre negándose a aceptar mansamente “el ocaso de la inteligencia”.
“En este nuevo procedimiento —adoptado en España tanto por la extrema derecha como por la extrema izquierda— no se discute para comprender, sino para marcar fronteras; no se argumenta para persuadir, sino para expulsar; no se escucha para aprender, sino para detectar desviaciones” con perdon y con todos mis respetos de lector asiduo hasta la fidelidad perruna, esto no es nuevo, Don Arturo. En España jamas hasta ahora se ha discudido para comprender o para persuadir, quizas sea ese nuestro gran problema, que seguimos en las trincheras todos y cada uno de los dias.Por lo demas y como siempre, excelente. De los pocos pensamientos realmente criticos y ademas clarisimamente expuestos.
Buen artículo, muy bien escrito y razonado, como suele ser habitual en su autor. No obstante sigo considerando inadecuado el título de las jornadas. Qué duda cabe de que el franquismo supuso una larguísima noche oscura por las razones que apunta Reverte: violencia, represión, censura, injusticia o desigualdad, pero no todos perdieron la guerra. Los que la provocaron tras un golpe de Estado fallido consiguieron en gran parte lo que buscaban, revertir avances sociales que beneficiaban a los más desprotegidos, recuperar privilegios, perseguir y sofocar las ideas avanzadas (las de la Ilustración, las de la Institución Libre de Enseñanza) y encarcelar o matar a los disidentes. Esos no perdieron la guerra y aunque yo estoy dispuesto a hablar con el diablo si es necesario, entiendo que para algunos sea muy duro sentarse a la misma mesa que los que les niegan el derecho a ser como son o les dicen que sus padres o abuelos represaliados o fusilados recibieron su merecido. Del mismo modo que entiendo la renuencia de víctimas del terrorismo a dialogar con los victimarios; con una salvedad, que los violentos hayan pedido perdón de manera sincera.
Usted es un caballero.
Independientemente de sus opiniones, de su forma de pensar, de su sintaxis o lo que se quieran adosarle. Yo aprendo a ver otro ángulo, otra posibilidad, otra realidad y eso, al final, hace que uno evolucione en el mundo de las ideas.
Usted le da por hablar, escribir, disertar sobre, se me ocurre mientras escribo, las nubes en el desierto o de las danza del colibrí, quien lo lee aprende algo y eso se agradece.
Sobre su artículo. Ya sabemos cómo va el patio, la corrala y sus etcéteras.
Sin desperdicio en cada una de sus lineas!!!!!!
como siempre: APLAUSOS Don Arturo por su lucidez intelectual, pero sobre todo por su atrevimiento en manifestarlo publicamente
Hace unos meses, mientras media humanidad condenaba el genocidio palestino, con su destripamiento de niños, sus muertos de hambre, sus torturas carcelarias y sus quemados vivos, JM Aznar justificaba esta infamia y animaba a Israel a terminar su trabajo. Es el mismo infame criminal que no dudó en sumarse a la destrucción y muerte en Iraq, mintiendo a todos los españoles, para colocar a España, en verdad a sí mismo, entre los liderazgos mundiales. Podría sentarme con Espinosa de los Monteros. Pero con Aznar… ¿De verdad, hay que compartir tertulia con este sujeto? No hagamos trampas. No se trata de apartar a quien no piense como nosotros, pero sí a alguien que está claramente señalado por una trayectoria delictiva y sangrienta, a un cínico y vanidoso criminal que jamás se ha disculpado, un sujeto poderoso y sin escrúpulos que busca seguir vendiendo su sucia imagen allí donde le ofrecen hueco. Actualmente, la Corte Penal Internacional mantiene órdenes de arresto contra líderes del gobierno israelí y de Hamas. Aznar debería estar entre los perseguidos por la Justicia. Este tipo es la encarnación del mal que nos corroe, y yo no invitaría al mal a mi mesa.
“Aznar debería estar entre los perseguidos por la Justicia…”
Mucho me temo que serán otros expresidententes los que tendrán que dar cuentas ante la JUSTICIA.
Saludos.
Releyendo La velada en Benicarló, en la pagina 10 del prologo, dentro de una carta de Azaña a Roberto Escribano Iglesias, Azaña le recuerda que él mismo ha demostrado que la guerra la perdíamos todos porque destruía España.
Tal cual.
Azaña, facha.
Quizás pueda incluirse en el temario el impacto de la participación extranjera en la terrible tragedia de la Guerra Civil Española porque existió una intervención estatal organizada de la Alemania Nazi y la Italia Fascista en favor del General Franco, una neutralidad de las democracias de Occidente que no impidió la participación de voluntarios de muchos partidos y grupos políticos que combatieron en favor del bando republicano (las Brigadas Internacionales los más famosos) y la intervención limitada del Rey Comunista de la hoy extinta Unión Soviética, Stalin (“El gobierno vitalicio de un hombre es Monarquía”, Aristóteles, “Política”, no recuerdo cuál página), quien al final se robó las reservas de oro de España que los ingenuos gobernantes republicanos trasladaron a Moscú “temporalmente” con la intención de evitar que dicha riqueza del Tesoro Público de España cayera en manos del bando Nacional. Tal error no solo enriqueció a la terrible Dictadura Comunista encabezada por Stalin, empobreció aún más a España en tiempos del patrón oro y agravó los males económicos de España en los años inmediatos de la posguerra.
Recuerdo que leí que Stalin pretendió justificar el robo del oro de España con el argumento de cobrarse la ayuda en armas (pocas y de la peor calidad de sus arsenales) y logística a la República Española.
GUERNICA, 1937
Lloré ese día muchas lágrimas de dolor y espanto,
Llovían en Guernica bombas asesinas
De niños, mujeres y ancianos,
De hombres y mujeres de todas las edades,
Civiles indefensos, desarmados,
En un pacífico pueblo vasco.
Era en 1937 solo un ejercicio
Para los aviadores alemanes,
En sus relucientes Stukas,
Macabros aparatos,
Los criminales Nazis de Hitler
Ayudando al General Franco.
Era la terrible tragedia de la Guerra de España,
Un millón de muertos y la Madre Patria hecha pedazos.
La Humanidad preparaba así la hecatombe,
La muerte industrializada, El Holocausto,
La aberración del imperialismo conquistador
Unido al ignorante racismo y a la ausencia de Dios.
Picasso pintó en escala de grises su inmortal pintura,
Ese Infierno Humano a su juicio no merecía
De los colores las riquezas de la vida y la alegría.
Era Costromo en 1974
Y con díez años miraba impresionado
Una miniatura de la gigantesca pintura
Del genio español.
¡Que no se repita nunca!
En mi inocencia pedí a Dios.
Mario Raimundo Caimacán
(Del poemario “Poemas de un Mundo Salvaje”, 2023)