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2 de abril de 1936: Votos amañados en Orense

2 de abril de 1936: Votos amañados en Orense

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Jueves, 2 de abril de 1936: Votos amañados en Orense

La tarde estaba siendo movidita.

Desde el arranque de la semana, las impugnaciones de las actas electorales tenían escaldados a los diputados de la CEDA, los mismos que ya habían abandonado el hemiciclo del Congreso dos días atrás. A las cinco, con la sala medio vacía, se volvían a discutir las actas de Albacete y Salamanca y se propuso la anulación de las elecciones salmantinas. El pretexto era que Gil-Robles tenía demasiada influencia en la región. Para eso le había servido comprar trigos con dinero del Estado.

"¡Pido que se le retire el acta para que se proceda al inmediato encarcelamiento de Gil-Robles y de todos los que formaron aquel Gobierno!"

En esa tesitura, se estrenó en la Cámara la diputada Dolores Ibárruri.

—No solo recojo las palabras de sus señorías, sino que, si no hubiera pruebas suficientes, bastaría recordar que al frente de la candidatura va el hombre que encabezó la mayor campaña de tortura y persecución padecida por el proletariado. Quisiera decirle cara a cara al señor Gil-Robles que es un histrión ridículo y recordar su frase, «Esto son mis poderes», que afincó en plena Puerta del Sol. Hoy solo pido, en nombre de las madres de todos los hombres sacrificados y torturados en Asturias, que sean repudiadas sus actas. ¡Pido que se le retire el acta para que se proceda al inmediato encarcelamiento de Gil-Robles y de todos los que formaron aquel Gobierno! —exclamó, jaleada por la bancada del Frente Popular.

De poco valió la observación del delegado de la Comisión de Actas de que no había elementos para la anulación. Ni que la sangre vertida no se lava anulando actas. Al final, la petición de nulidad de las elecciones salmantinas se rechazó por ciento treinta y cuatro votos contra ochenta y uno, y el griterío fue tremendo.

Unas horas más tarde, ya en sesión nocturna y ante un Pleno más calmado, quien intervino fue Calvo Sotelo.

—Vengo a hablar de Orense. Y no pido ni justicia ni favor —aclaró, con su habitual arrogancia—. De pedirles algo, señorías, pediría igualdad ante la ley, ese viejo principio de 1789 incluido en el artículo segundo de la Constitución. En interés propio, pero también en el de todos ustedes. Nadie duda de la importancia del prestigio político de un órgano representativo. Y el país percibe que le falta coherencia a esta Comisión de Actas. En unos casos nulidades parciales deciden nulidades totales, y en otros no hay nulidades totales, a pesar de nulidades parciales que afectan a cómputos de votos incluso superiores. A veces se estiman como indicios de nulidad los altos porcentajes de votación y otras se consideran compatibles con la legalidad, según la lista. En definitiva, que los criterios varían según la fisonomía política.

—¡Orden en la sala, por favor! —exclamó Martínez Barrio.

"Las actas de Orense se consideran amañadas, bajo la presunción de que es amaño toda votación que alcanza el ochenta por cien de los electores"

—Gracias, señor presidente de la Cámara. El expediente de Orense no puedo separarlo de otros expedientes gallegos. Y no puedo hacerlo, porque ¿cómo ha de entenderse que, al tiempo que se propone la anulación del acta de Orense, sean aprobadas las de La Coruña, Pontevedra y Lugo, de idénticas características? Sí, señorías, no protesten. Las actas de Orense se consideran amañadas, bajo la presunción de que es amaño toda votación que alcanza el ochenta por cien de los electores. Sin embargo, la Comisión aprueba sin mayor reparo las actas de Lugo, donde el señor Portela, con candidatos ora de centro, ora de izquierda, ha obtenido el noventa y tantos por ciento de los votos. Como se ve, tenemos dos varas de medir bien distintas.

—¡Orden, por favor!

Martínez Barrio ya hinchaba el pecho y martilleaba en la mesa.

—Pero, volviendo a Orense, iré más allá —continuó Calvo Sotelo—. Incluso aceptando a efectos dialécticos que efectivamente exista la votación simulada que sugiere el dictamen, resulta que miro las cifras y veo que se asumen como verdaderos setenta mil votos y que los supuestos votos defectuosos no pasan de veinte mil, cuando la diferencia en votos de mi candidatura con el primero de los candidatos derrotados es de… ¡treinta y siete mil! Echen cuentas, señorías, y extraigan ustedes mismos sus conclusiones.

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