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17 de mayo de 1936: Más sobre la conspiración

17 de mayo de 1936: Más sobre la conspiración

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 17 de mayo de 1936: Más sobre la conspiración

El problema, presidente, es que tienen alijos por todo el territorio. Mis últimas informaciones son que hace nada se fletó en Bélgica un barco con seis mil fusiles, ciento cincuenta ametralladoras pesadas, trescientas ligeras, cinco millones de cartuchos y diez mil bombas de mano. También tienen contactos con la casa Mauser, que les ha vendido miles de pistolas. Eso amén de la posible ayuda suplementaria de Italia.

—¿Y dónde demonios guardan todo eso? —preguntó Azaña, sorprendido.

—En pozos secos o sótanos especialmente acondicionados, presidente. Algunos los tenemos localizados, no todos.

Santiago Casares Quiroga, el recién nombrado jefe de Gobierno, se había acercado después de comer a la Quinta del Pardo, que era donde seguía instalado el presidente de la República en espera de que se habilitase el palacio Nacional. Como el pabellón que en el piso de abajo se había asignado en su momento a la familia de nueve personas de Alcalá-Zamora no parecía suficiente para un matrimonio sin hijos, Azaña ordenó que se le acondicionara el ala del piso principal que ocupó en su día Alfonso XIII. Y mientras tanto también se empezaba a restaurar la antigua elegancia francesa del trazado original de los jardines de la Quinta sobre la grosera ruina que, según el nuevo presidente, habían hecho de ellos los Borbones.

A Azaña le gustaba pasear por esa avenida de altos árboles a la entrada de la finca por donde andaban ahora los dos republicanos, con las manos a la espalda. Hoy no se entretuvo en criticar el estado de la finca. Ni el estrago hecho en la glorieta, al pie de los pensiles, donde se había plantado pasto para los cerdos e instalado gallineros.

Azaña consideraba que no se cuidaban lo suficiente los sitios reales. Él entendía que, como en Francia, las antiguas propiedades reales debía gestionarlas el Estado, y no las corporaciones municipales o los comités republicanos. Y se le hacía antipático el espectáculo de la Casa de Campo los lunes, cuando la merienda campestre llenaba de grasientos restos de periódicos los céspedes y tomillares, amenazando con quemar el arbolado. El nuevo presidente pretendía proteger el monte del Pardo y preservar el paisaje velazqueño de quienes querían edificar en él un barrio obrero y un sanatorio de tuberculosos.

—Pero lo más importante no es eso —dijo Casares Quiroga—. Por sí solos, los requetés, pese a que entrenan regularmente en campos de tiro, no dejan de ser un ejército amateur, si me permite la expresión…

—Puedes permitírtelo.

—Por muy armados que estén, presidente, no son enemigo para la Guardia Civil. Y menos para nuestras fuerzas armadas. Lo grave es que están en contacto con el general Mola, que ya alborotó los cuarteles durante sus meses en Marruecos y que ahora aglutina varias facciones de africanistas sospechosos de conspiración contra la República. En manos de Mola sí que podrían resultar un peligro.

Habían llegado hasta media ladera de la subida al palacete. Ante ellos se abría un estanque rodeado de muros de ladrillo cubiertos por la hiedra.

—Dime solo una cosa, Santiago —Azaña aprovechó que estaban solos para tratarle por su nombre de pila—. ¿Crees que estás en condiciones de hacer frente a un hipotético golpe?

—Creo que sí, presidente.

—Entonces, por el momento deja hacer, y aprovechemos para quitarnos de en medio, de una vez por todas, a Mola.

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