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Un piso en Palomeras

Hay un subgénero cinematográfico —a estas alturas, género consagrado— que narra la redención inmobiliaria del urbanita desencantado de la vida. Trama común: él, ejecutivo con barba de tres días, o ella, editora neoyorquina con trauma afectivo y agenda hasta las trancas, hereda, o se tropieza, con una casa en ruinas en algún lugar donde el tiempo quedó detenido porque así es la vida. La Toscana, por supuesto. O como alternativa, un viñedo francés o una casa portuguesa. El patrón es fijo: protagonista roto, cansado, divorciado o traicionado, descubre que su vida anterior era una estafa piramidal emocional. Y entonces aparece la casa.

No es una casa cualquiera, claro. Está hecha polvo, pero tiene su puntito de glamour. Ruinas con encanto. Y ahí viene el detalle: nadie en estas pelis es mensaka de Amazon o reponedora de Carrefour. Siempre hay viruta, arquitecto bohemio, indígena simpático, cuadrilla de obreros salidos de un casting de perfume italiano. Y, por supuesto, mucho tiempo para contemplar la puesta de sol con una copa de vino en la mano mientras se seca el yeso. Y así, entre azulejos y buganvillas, el o la protagonista entienden que su vida anterior, la ciudad, el estrés, el tráfico, las cenas de compromiso, era un error. Lo suyo es elegir baldosas, discutir con un albañil búlgaro que cita a Platón y, sobre todo, enamorarse. Porque siempre hay amor, eso no falla. Aparece en forma de vecino taciturno, viticultor melancólico, profesora local o cultivadora de tomates. Al principio una y otro se caen mal, pero luego no. Y entre andamios, espaguetis, fuagrás o bacalao, nace una pasión madura, serena, feliz hasta que llega la primera inspección de Hacienda.

Me extraña que el cine español no trabaje ese registro. Imaginen lo que daría de sí una casa en Orejilla del Huevo: abogado madrileño que, tras heredar una casa en el pueblo de su abuela —once habitantes y un bar—, descubre el sentido de la vida mientras rehabilita la choza y se enamora de una pastora de cabras extremeña. O mejor aún, que la vivienda la herede en la Euskadi profunda: caserío, lluvia, con el protagonista que buscando paz interior encuentra amigos entrañables, acogedores con los forasteros, junto a los que aprende que la verdadera felicidad consiste en cortar leña, recoger setas, rolex o lo que se tercie, decir todo el rato «aivá la hostia» y aplaudir a los heroicos gudaris y gudaras cuando el estado represor les permite volver a casa.

Tampoco estaría mal la versión andaluza: una casa en primera línea de playa de la desembocadura del Guadalquivir, donde mientras la protagonista —catedrática de Filosofía, solterona y con pocas ilusiones en la vida— rehabilita la vivienda con currantes rumanos a los que paga en negro, traba amistad con Mohamed, apuesto piloto de narcolanchas que la lleva a dar románticos paseos marítimos y a masacrar impunemente a guardias civiles mientras florece el amor. Aunque otra bonita posibilidad es que la cosa transcurra en Cataluña: por ejemplo, que un funcionario del ayuntamiento de Murcia herede una masía en Lérida y acuda allí para venderla, pero acabe descubriendo que su verdadera vocación es hacer butifarra, bailar sardanas, votar a Junts y colocar cada Navidad un caganer en el belén de la iglesia del pueblo.

No todo deben ser variantes rurales, claro. También una casa en lugares amontonados puede dar juego. Imaginen que un empleado de banca de Orense hereda de un tío suyo un piso en Magaluf, corre como una flecha para librarse de él lo antes posible, pero una vez allí descubre que la felicidad consiste en respirar cada amanecer el aroma a vómitos y meados que asciende de la calle, y en observar regocijado cómo los anglosajones borrachos se estrellan cada noche al querer saltar, los hijoputas, de los balcones a la piscina, contabilizándolos con rayitas de tiza en la pared.

Objetarán ustedes que eso no es igual que la Toscana, Provenza o el Algarve. Que no hay glamour en una gotera española, en el fontanero que no se encuentra, en discutir con funcionarios, en aprender utilísimas lenguas vernáculas para que te atiendan en el ayuntamiento. Aun así, reconozco que me gustan esas películas: tienen mucho de mentira piadosa, de consuelo elegante. Uno las ve y cree que todavía está a tiempo de comprar una casa en ruinas y descubrir, entre escombros y plantas trepadoras, una versión mejor de sí mismo. Me recuerdan aquel anuncio que oía mucho en la radio cuando era jovencito: Qué bonito es el amor cuando se quiere de veras / Qué bonito es el amor con un piso en Palomeras.

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Publicado el 8 de mayo de 2026 en XL Semanal.

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John P. Herra
John P. Herra
26 ddís hace

No creo que aquí arraigue ese tipo de pelis. Por la misma razón que no arraigó el Romanticismo.

John P. Herra
John P. Herra
25 ddís hace
Responder a  John P. Herra

9Me desdigo. No había percibido el fondo trágico del artículo. Ese subgénero es la realidad que nos venden, y mucha gente la compra y se la cree.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
26 ddís hace

Gracias, don Arturo, por este texto tan bien pensado, divertido y con esa ironía tan mordaz que lo caracteriza. Otro de sus artículos que me arrancan una sonrisa por la mañana, pero al mismo tiempo me dejan un cierto poso amargo. Dicho esto, mientras lo leía, me iban viniendo a la cabeza algunas preguntas que ahora comparto por aquí, por si alguien quiere recoger el guante.

¿No creen que el auténtico subgénero español sería otro bien distinto? En este país, al heredar, es más que habitual toparse con una hipoteca que ahoga, unos okupas o, como mucho, un piso en la costa con goteras y vistas al bar de la esquina. Y el interés romántico de la trama, en lugar de un taciturno viticultor, sería un fontanero que nunca llega o un funcionario que te pide hasta el grupo sanguíneo.

Ya puestos, ¿no les parece que la verdadera heroicidad hoy no está en rehabilitar la ruina, sino en el simple hecho de independizarse? Porque el problema de la vivienda, sobre todo para los jóvenes pero no solo para ellos, es ya tan grave que se ha convertido en noticia diaria de telediarios, en una losa que aplasta cualquier proyecto de vida. Para la juventud actual, el sueño no es encontrar una masía en Lérida para hacer butifarra; el sueño, casi inalcanzable, es poder pagar un alquiler sin que les devore más de media nómina, o que el banco les mire a los ojos para una hipoteca.

Menudo homenaje, por cierto, le ha salido a Palomeras y a sus años de barro, de los que tanto tendríamos que aprender. Por cierto, sería sano recordar que no es solo una metáfora, aquellas calles de Palomeras Bajas fueron un barrizal durante años, y fue la unión de los vecinos la que consiguió sacarlas adelante.

¿No les parece que la auténtica comedia inmobiliaria española la protagonizamos cada día al sobrevivir, porque la puesta de sol, afortunadamente, sigue siendo gratis, a la burocracia, al precio del metro cuadrado y a uno mismo? Quizá lo que nos falta no es una casa en la Toscana, sino un buen coro griego que nos acompañe en la tragedia. Algo así como el de Medea, pero en lugar de cantar las desgracias de Jasón, que cante las de quienes solo aspiran a tener algo tan básico como su propio hogar.

basurillas
basurillas
26 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Buenos días Vera. Tienes toda la razón, el verdadero subgénero español sería algo similar a la película “El inconveniente” donde alguien encuentra el chollo de una casa muy barata en la que tiene que aguantar a una persona mayor (Kiti Mánver en la película, que hace un papelón) hasta que se muera…y lo que ocurre mientras tanto. Pero también podría tener de argumento las cosas que le pasan a un hijo o hija hasta que hereda la casa de sus padres, a los cuarenta años, como poco, y la vida arrastrada que lleva hasta entonces, única forma de poder hacerse con una vivienda por un precio razonable: los malditos impuestos abusivos y plusvalías y trámites de notarios y registradores. Y eso sin hablar del juego cinematográfico que darían las viviendas con hipotecas inversas de pensionistas, y que los bancos hacen suyas cuando muere el anciano o, las más de las veces, la anciana viuda, que ha consentido la entrada de unos jóvenes ocupas necesitados de un hogar, a cambio de un poco de cariño y compañia. O, para finalizar, las luchas juveniles contra un fondo buitre empeñado en convertir todo un edificio en apartamentos turísticos, que rozaría casi la novela negra adaptada al cine.
Pero puestos a soñar en modo romanticón, en plan la película A good year (un buen año) del director de Alien (que seguro pondrás en versión original a tu alumnado) yo me imagino una historia similar en algún bello escenario: en una cabaña en el Valle del Jerte cuando florecen allí sus árboles; o en un chamizo ruinoso con vistas a alguna de las playas de la Costa de la Luz o a la sierra de Aracena en Huelva; o una casita a reformar en la Soria profunda (donde existe un pueblito maravilloso, onírico y con nombre borgiano llamado “Recuerda”); o, más cerca de Madrid, en una rústica casita rural de huespedes en los inmensos campos morados en floración en Brihuega. Si añades las ambrosías culinarias y enológicas de esos parajes a la película tienes, como poco, la mitad del éxito en taquilla asegurado. Un saludo con aromas a gotelé fresco en paramentos reformados y con luz cenital.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
26 ddís hace
Responder a  basurillas

Ángel, gracias por dejarme el comentario más sabroso de la semana. Casi puedo oler el gotelé fresco y oigo la luz cenital. Y sí, «El inconveniente» sería el verdadero manual de instrucciones del subgénero patrio, mucho más creíble que cualquier Toscana con albañil filósofo. Lo de la herencia a los cuarenta, los impuestos abusivos y las ancianas con okupas a cambio de cariño… eso ya es guion de los Goya, sin duda. Y lo de los fondos buitre convertidos en trama de novela negra, ni te cuento.

Por cierto, me encanta que lo menciones, of course, las pelis las ponemos en versión original, faltaría más.

Lo de los paisajes… oye, que me has puesto los dientes largos, en el mejor de los sentidos. Cabañas en flor en el Jerte, casitas en Recuerda (¡qué nombre tan borgiano, sí!) y los campos morados de Brihuega… dan ganas de coger la maleta ya y hacer una ruta cinematográfica.

Y puestos a soñar, como bien dices, ¿por qué no añadir algún escenario con un nombre de película? Que en Aragón, sin ir más lejos, tenemos pueblos como Triste, Sin, Esposa, Martes o Hecho. ¡Menudos títulos! Ahí sí que el guion se escribiría solo. Aunque, bien pensado, tal vez el verdadero subgénero no sea la comedia romántica rural, sino un drama social en Cinemascope sobre el Aragón vaciado. Porque esos nombres tan bonitos en el mapa, en la realidad esconden calles donde el silencio pesa mucho más que el gotelé y donde encontrar fontanero sí que es toda una aventura épica.

Un saludo con aroma a albahaca fresca y luz de atardecer.

Última edición 26 ddís hace por Amanda Itzas
Aguijón
Aguijón
26 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

El pisito, con guion de mi paisano don Rafael Azcona.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
25 ddís hace
Responder a  Aguijón

Sr. Aguijón, lo de «El pisito» estaba tan claro que coincidir era casi de cajón. Azcona y Ferreri ya contaron todo esto hace décadas, y, ya ve, aquí seguimos, dándole vueltas. Celebro las coincidencias, que como bien dice es lo más normal, incluso entre quienes piensan distinto en otras cosas.

Y en cuanto a los «coloraditos», no se apure, que ya sabemos que la envidia es el deporte nacional de este país, y me inclino a pensar que siempre hay quien le da al gatillo no, precisamente, por inercia, sino de manera deliberada.

Un saludo, y gracias por seguir deleitándonos con sus rimas, me arrancan una sonrisa siempre y muchas otras veces me troncho. 🙂

Aguijón
Aguijón
24 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Efectivamente, que el humor sano no nos falte nunca.
Saludos

Javier
Javier
25 ddís hace
Responder a  Amanda Itzas

Leyéndola me doy cuenta que en España pocas cosas han cambiado en estos 90 años, que van desde el comienzo de la guerra civil hasta nuestros días.
Acuérdese de aquellas dos obras maestras de nuestro cine, El Pisito, de Marco Ferreri, protagonizada por López Vázquez y Mari Carrillo; y aquella otra, El Inquilino, dirigida por Nieves Conde, y protagonizada por Fernán Gómez y María Rosa Salgado, que reflejaba aquella España, esa misma que usted refleja hoy en su comentario.
La paradoja no es que en pleno siglo XXI se produzcan casos así. La paradoja es que estas circunstancias no sean adecuadamente contestadas por la masa, y por la intelectualidad.
En ocasiones decimos que la masa está aborregada…
¡Pues anda que los intelectuales!
Saludos.

Aguijón
Aguijón
25 ddís hace
Responder a  Javier

Los intelectuales son los que critican que Franco quería un país de propietarios y no de proletarios.
Se promocionó la vivienda desde un auténtico Ministerio de la Vivienda cuando era necesario,ahora sólo tenemos el “ninisterio” para el okupa de turno y 17 paniaguados que dirigen 17 chiringuitos autonómicos sobre el tema.
Luego se extrañan de la desafectación juvenil y de que no sean antifranquistas acérrimos como sus padres y abuelos que en muchos casos vivieron de puta madre durante la “oprobiosa dictadura”.
Saludos.
PD: Yo también caí en la cuenta de El pisito para responder a la cuestión que planteaba doña Amanda…y es que coincidir en la evidencia es lo más normal aunque se discrepe en otras cosas.
Deberían entenderlo los del gatillo rápido para marcar coloraditos a los comentarios sin leerlos.

John P. Herra
John P. Herra
23 ddís hace
Responder a  Aguijón

Estamos muy lejos aún de contemplar los años de Franco con ecuanimidad, reconociendo lo malo y lo bueno, que también lo hubo. Lo que sé es que, si alguna vez llega, será porque un historiador extranjero ha logrado que sea un tema de interés también en el extranjero. Aquí aún hay gente viviendo, luchando y cobrando de la última guerra civil, y lo que nos queda. Tenemos un problema en eso, y es una hipoteca de la que deberíamos liberarnos.

Lo que no se puede negar es que, si había un problema de vivienda y la iniciativa privada no era suficiente, el Estado encargaba viviendas asequibles. Pisos que estaban lejos de los parámetros de calidad de hoy, pero mucho mejores que las casuchas destartaladas y chabolas en las que vivía mucha gente en las ciudades. Por el contrario, los gobiernos hoy han hecho emigrar a las grandes constructoras, que son las únicas con músculo para resolverte este problema social a corto plazo. Se fueron por la inseguridad jurídica y los escasos beneficios, y son escasos porque la recalificación del suelo es un monopolio de los ayuntamientos que constriñe el mercado y encarece el suelo hasta representar casi la mitad del precio final de la vivienda, que debería tener una gama asequible al salario medio, y eso es hoy un imposible en España. Si a eso le añades que las especificaciones ‘verdes’ actuales elevan los costes y reducen el beneficio de los promotores a menos del 20%, y a recuperar en un plazo de más de diez años desde que empieza la promoción, pues te queda que no hay vivienda nueva de más de 60 metros que baje de los 200.000 euros, porque nadie invierte a diez años por menos de un 20% de retorno y con todos los riesgos de una clase política con menos seso que una aceituna.

Los gobiernos pueden abrir el mercado o joderlo. No pueden sustituirlo, eso ya quedó claro en 1989. El franquismo, a partir de 1959, abrió España al mercado, y convirtió a muchos trabajadores en clase media, o en padres de hijos de clase media. Poca burocracia pero eficiente, pocos impuestos pero bien invertidos, mucha miseria pero también mucha movilidad social y un crecimiento del PIB que lo hacía posible (porque sin creación de riqueza no hay posible distribución). Nunca volvería atrás, pero ya quisiera gente en el gobierno que cumpla objetivos y no disfrace la realidad con sus idioteces ideológicas.

Saludos.

Aguijón
Aguijón
22 ddís hace
Responder a  John P. Herra

La política está para solucionar problemas a los ciudadanos no para creérselos. En eso consiste el servicio público, algunos no es que lo hayan olvidado, es que jamás lo conocieron.
Saludos

Aguijón
Aguijón
22 ddís hace
Responder a  John P. Herra

Creárselos puse el corrector puso creérselos, en fin, será porque hay que creerse todo.

Amanda Itzas
Amanda Itzas
25 ddís hace
Responder a  Javier

Don Javier, muchas gracias por traer a colación esas dos joyas. He visto mucho cine, sí, y «El pisito» y «El inquilino» son de esas películas que se quedan en la memoria incrustadas para siempre.

Asusta bastante ver cómo, tantos años después, seguimos reflejándonos en ellas. Tiene razón, la paradoja no es que el problema inmobiliario persista, sino la escasa reacción que provoca en la masa y en la intelectualidad. A lo mejor, como bien apunta usted, cada uno anda a lo suyo, y mientras tanto la realidad sigue escribiendo guiones que ya quisiera el mismísimo Azcona.
Un placer leerle

Javier
Javier
26 ddís hace

Lo que se encuentra detrás de todo esto es el clasismo, que no racismo, que no xenofobia: clasismo, puro y duro; del urbanita, blanco, anglosajón y protestante, que harto de ganar dinero sirviendo a los malos, busca redimirse en el submundo rural de la decrépita Europa.
En nuestra España, también vamos apuntando maneras: cada vez son más los émulos de esa filosofía protestante, capitalista, anticristiana y antihumana, urbanita y clasista, que antes o después nos llevará al caos de manera violenta; que se buscan a si mismos en uno de esos parajes que ellos han contribuido a vaciar: En la machadiana Soria, en la mágica Galicia, en la brava Asturias, en el incomprensible País Vasco, en la ciega Cataluña, siempre habrá una alquería, un pueblo abandonado, una aldea en ruinas, que conocieron mejores tiempos, y hoy servirán para rehabilitar el alma de ese triunfador o triunfadora, que harto de especular, y joder la vida de medio mundo en la Plaza de la Lealtad de la city, se muda a agro a exprimir las abejas, y poner un negocio de miel gourmet, acojiendose a los fondos de ayuda al desarrollo rural de la UE.
Hay una pelicula:As Bestas, que nos relata algo así. Hay que tener cuidado, porque el agro español no es el americano, no es la Toscana, ni la Champaña, o sí., no sé. Aquí las cosas a veces acaban en un Puertourraco cualquiera.
Saludos.

Juan
Juan
26 ddís hace

Buenos días:
Me he reído un rato. Mientras me acordaba de la versión local auspiciada por algún Observatorio / Centro de estudios (o lo que cuadre mejor) de la despoblación y el vacío en general. Aquí no podría faltar la súbita iluminación, de quien sea prota, y escribir una novela (histórica, por supuesto).
Saludos.

Aguijón
Aguijón
26 ddís hace

Una casa en la Toscana “pa” la paisana

Una casa en la Toscana,
Con Olivos y viñedo,
Se ha “comprado” esta semana
La locuaz “Chiqui” Montero.

Irá cual perrita Laika
Camino de aquellos cerros
Y lo que no echará en falta
Es a ningún peluquero.

Tampoco a guardias civiles
De luctuosos entierros,
Por patrullar con “patines”
Ya que carecen de medios.

“Accidente laboral ”
Según su falaz criterio…
Allá no tendrá ese mal
Cuando disfrute el “destierro”.

El disgusto electoral
Se cura sin mucho esfuerzo
Cuando has leído el manual
De resistencia de Pedro.

Ya dijo Pepe da Rosa:
“Del cabo de Gata al de Finisterre…”
No es un piso en Palomeras… pero bueno.

José Prats Sariol
José Prats Sariol
26 ddís hace

¿Plomeros, albañiles, pintores, carpinteros y electricistas forman un club galáctico de informales? Son del próximo lunes, sin falta a las 6 a. m. Si sobrevive a ellos, la casita en La Rioja le va a quedar de lo más bonita.

Lettuice
Lettuice
26 ddís hace

Pues a mí tengo que reconocer que me hacen gracia, nada más heroico que el guapo albañil rumano encaramado al tejado para arreglarlo mientras la rubia oxigenada le mira con el mismo arrobo que Andrómaca a su Hector. Don Arturo es que hay que interconstentualizar o cómo era?
La verdad es que yo cada vez que tengo un chasco vital intento una de esas aunque sea arreglar el coche que ya va teniendo años, siempre hay buen mecánico para tanta chapa. Pero últimamente tengo un aficionado a la jardinería en el punto de mira que como encuentre yo una maceta para plantar creo que el chasco lo voy a dar yo.

Maria Ángeles López de Celis
Maria Ángeles López de Celis
26 ddís hace

Una genialidad. Gracias, maestro.
Me vendrá a la mente alguna de estas imágenes cuando regrese del curro en la línea 1 de metro hasta mi piso de protección oficial en Vallecas.

Pepe Cuervo
Pepe Cuervo
26 ddís hace

¡Qué bonito es el amor cuando se hace bien!, Jefe, me he reído un montón.

Juan A.
Juan A.
26 ddís hace

Con retraso, pero alguien habría de proponer la aventura de un afamado escritor urbanita buscando autenticidad y sentido en recónditos paisajes y paisanajes.

Koldo Burdin
Koldo Burdin
25 ddís hace

Ante todo, gracias por proporcionarnos ocasión una vez más para esbozar unas sonrisas e incluso alguna carcajada ocasional. Y al hilo del tema aprovecho para un pequeño ramillete de reflexiones.
Pero antes de ello, señalar que, aunque no es habitual el tema, sí que hay alguna incursión del cine español en ello. De no hace mucho es “Una quinta portuguesa”, aunque es verdad (¡cómo no en el cine patrio!) que tiene un tinte más melancólico y triste que las películas a las que usted se refiere, pero ahí está.
La reflexión más importante es que la gracia de esas películas estriba precisamente en ser como son. Como le oí a usted decir una vez (en versión libre), “el cine sólo era cine de verdad cuando sabíamos que lo que contaba era mentira”. Pues eso.
Y luego (lo sabemos por experiencia los que lo hemos experimentado) aquí solemos tener pocas experiencias con los rumanos o polacos (delicioso personaje citando a Platón) por la sencilla razón de que la mayoría de las chapuzas las hacemos nosotros mismos. Normalmente hay que recurrir a los profesionales locales (normalmente “multiusos”) para las cosas de mayor envergadura, pero la mayoría de menor enjundia son “de autoconsumo”. Esa es al menos mi experiencia y la de mis casos cercanos.
Y respecto a las “bonitas historias” alrededor de la experiencia rural… ¡Venga don Arturo! Como dice el dicho yankee, “no deje que la realidad le estropee una buena historia”.

Última edición 25 ddís hace por Koldo Burdin
Sonia
Sonia
25 ddís hace

Me ha hecho reír muchísimo y comienzo el día con una sonrisa. Gracias, siempre es un placer leerle.

Héctor
Héctor
23 ddís hace

¡La monda!
Me pido “vecino taciturno”.
El lugar, una dehesa extremeña de ibéricos y ganado bravo.
La protagonista, una belleza a sueldo del “Vati”.
Todo ello con el debido respeto y sin ánimo de ofender a nadie.

Emma
Emma
22 ddís hace

Las veo como historias del tipo La Cenicienta. Todo está mal, cosas no irás y final feliz. Netflix y Hollywood están llenos de ellas. España y Latinoamérica están muy densos para esa ficción liviana, sin complejidades, con gente linda y sexi y final feliz.

Francisco Menéndez
Francisco Menéndez
16 ddís hace

Aunque quizás son un poco infantiles, tengo que reconocer que películas como French Kiss, Un buen año o Bajo el sol de la Toscana son películas amables que con un punto de humor y de utopía me gustaron.

LuisG
LuisG
2 ddís hace

Por asociación me atrevo a hablarle, maestro, de una trilogía de libros que cuentan las andanzas reales y autobiográficas de un británico llamado Chris Stewart que le ocurrieron cuando decidió comprar un cortijo ruinoso en las Alpujarras occidentales en Granada con la intención de vivir lejos de la civilización.
El primer libro se titula “Entre limones” y lo publico en 1999. Tuvo un relativo éxito y publicó después dos volumenes más: “El loro en el limonero “y Los almendros en flor”.
Entretenidos y muy divertidos! Demuestran, una vez más, que la realidad supera la ficción y que España sigue siendo diferent!

Última edición 2 ddís hace por LuisG