El libro ganador del séptimo Premio Anagrama de Crónica / Fundación Giangiacomo Feltrinelli, Años luz (Anagrama, 2026), del periodista Jacobo García, es una declaración de principios. La obra sugiere que los traumas de América Latina se encuentran a una distancia sideral de la acomodada sociedad de bienestar europea. El autor escribe desde una España donde los problemas menores —que le causan tedio y bostezo— a menudo se transforman en ruidosas indignaciones mediáticas. García vuelve la vista atrás para condensar dos décadas de corresponsalía. Su mirada es humana, honda, honesta y sorprendentemente objetiva, transita entre la crónica y el ensayo personal con títulos agrupados en seis secciones.
En la primera sección, titulada “Todo empezó en una pista de baile”, el autor nos traslada a 2006, concretamente a Uruapan, México, cuando la aparición de cinco cabezas humanas en la pista del club Sol y Sombra inauguró la era de terror de la Familia Michoacana. Al presentar un logrado perfil de Ciudad Juárez mediante paralelismos con la atmósfera de Apocalypse Now, García plantea una de las premisas más contundentes del libro: la comparación del miedo. El autor confiesa que, tras pasar por Ucrania o Afganistán, descubrió que prefiere cubrir diez guerras abiertas antes que ser periodista en Tamaulipas. En Ucrania, como corresponsal en Kyiv a las semanas de iniciada la guerra de Putin, dice que las reglas del conflicto le permiten dormir; hay certidumbre dentro de la incertidumbre, mientras que en el México de la pobreza y la impunidad el peligro es un espectro invisible. Al dejar la corresponsalía de Ucrania sintió tristeza; al salir de México, un alivio casi culpable. La primera frase del libro es un acierto: “Este es un libro sobre América Latina que comienza en Ucrania”.
García posee la virtud de esquivar el exotismo o la condescendencia, tentaciones del surrealismo latinoamericano. Su prosa es limpia, cercana y desprovista de la ponzoña ideológica que suele distorsionar el periodismo de trinchera y, para hacer comprender al lector el asunto que relata, cita fragmentos de crónicas publicadas en medios como El Mundo, El País o Associated Press. Para él, la humildad y la comprensión de los códigos locales valen más que la entrevista más cotizada: “En Haití lo que parece una emboscada es una afable reunión de vecinos con los que uno termina emborrachándose”. La necesaria habilidad de observación la demuestra con la lista de las armas que lleva la “caravana Frankenstein” del jefe de las autodefensas de Michoacán, Teto.
Más que las situaciones peligrosas, el cronista afirma que “la mitad de mis arrugas actuales” vienen de cubrir durante años la FIL de Guadalajara “en cuerpo e hígado”. La honestidad lo lleva a desmitificar la figura del reportero infalible, recordando con humor cuando se convirtió en el epicentro de las iras del poder en la FIL de Guadalajara de 2011. Aquella incómoda pregunta a Enrique Peña Nieto sobre los tres libros que marcaron su vida desnudó al candidato —quien titubeó, confundió a Carlos Fuentes con Enrique Krauze y solo recordó la Biblia— y le costó al periodista el pinchazo de su teléfono y el asedio del poder absoluto bajo la forma de un liderazgo vacío.
El libro suma densidad política en la sección “Un gol para un golpe de Estado”, donde García analiza el fenómeno del caudillismo: “La política latinoamericana es una potente trituradora a la que solo sobreviven los más refinados carniceros”. Su crítica no entiende de banderas ideológicas. Aunque reconoce la capacidad de fascinación magnética de figuras como Hugo Chávez, Álvaro Uribe o Nayib Bukele, los sitúa como caras de una misma moneda. Al retratar el deterioro de Venezuela —un país cuyo desgarro le duele en lo personal—, García no se muerde la lengua: denuncia la xenofobia del chavismo que expropió a inmigrantes europeos y ajusta cuentas con la diplomacia española al celebrar la condena del exembajador en Caracas, Raúl Morodo, por fraude fiscal vinculado a PDVSA. Esa mirada clínica se extiende al presente de El Salvador. El perfil de Bukele y su eterno selfi autoritario le sirve al autor como molde para entender a los nuevos líderes emergentes de la región: empresarios radicales que convierten el Estado en una empresa de marca personal.
Años luz también late junto a grandes tragedias. En la crónica “Haití, la república de las ONG” muestra cómo la corrupción ocasionó que apenas el uno por ciento de los fondos internacionales tras el terremoto de 2010 llegara a manos locales. Uno de los pasajes más duros relata la imagen de cuerpos abombados e incinerados en las calles. El territorio insular se lo traga y, al borde de la alucinación, meses más tarde, llega su mujer para salvarlo. Al adentrarse en la Mosquitia hondureña en la crónica “Los inválidos de la langosta”, con realismo cruel y poético, cuenta cómo miles de indígenas yacen en sillas de ruedas con el sistema nervioso destrozado por el nitrógeno, víctimas de la pesca submarina controlada por las multinacionales. En un atardecer lluvioso en la playa concluye: “En una tierra de pobres, lavar a los lisiados es un trabajo que solo un aguacero quiere hacer”.
A pesar del brutal cuadro de las realidades, el texto respira gracias al recurso del humor (“mi regreso a la redacción de Madrid fue como pasar de un carnaval a una misa de doce”) y el contraste. Frente a las desgracias, García contrapone las redes de solidaridad civil, un tejido comunitario del que, afirma, Europa carece. Lo ejemplifica al recordar la dana de Valencia: mientras en España se decía con alarmismo que el país parecía Latinoamérica, García aclara que, de haber sido así, la respuesta comunitaria habría sido inmediata, pues el continente americano “tiene un doctorado en desgracias naturales”. La solidaridad de la gente se puede atestiguar en su calle en México, entre personajes populares que hacen una colecta para enterrar a un indigente. O a través de Raúl, un vendedor de jugo de naranja que lo ayuda a construir un texto sobre Björk desde su puesto frente al hotel donde se hospedaba la artista. O a través de la solidaridad de Las Patronas en Veracruz: mujeres que alimentan a los migrantes colgados de los techos del tren conocido como La Bestia.
En la última y más breve de las partes —que apunta en varias direcciones—, se siente el fin del libro. Así, presenta perfiles de figuras míticas como la cantante Chavela Vargas o la chamana indígena María Sabina como vehículo para reflexionar sobre la cultura mexicana, reincide en historias reporteadas que nunca llegó a publicar, menciona autoras y autores latinoamericanos que descubrió con los años y habla de las bambalinas del oficio periodístico (incluyendo una divertida anécdota sobre cómo fue vetado por el entorno de Shakira tras preguntarle por Hugo Chávez).
Años luz es el testimonio de una persona que ha perdido la capacidad de detectar los dolores primermundistas. Jacobo García ha escrito una obra importante para comprender América Latina desde la mirada europea esquivando con finura el cliché y lo pintoresco. El autor logra transmitir que las realidades latinoamericanas navegan entre el horror y la bondad más luminosa. Una lectura que incomoda, conmueve y arranca las vendas del prejuicio, cuestionando con lucidez y padecimientos propios la frivolidad de los dramas en las sociedades de bienestar.
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Autor: Jacobo García. Título: Años luz. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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