Llevaba Estefanía Molina, casi desde sus primeros artículos en El País, allá por 2021, advirtiendo del paulatino deterioro de las condiciones materiales en España y del sombrío horizonte al que el país se encamina, de no lograr revertir esta tendencia, en un cada vez menos largo plazo. La implosión del ascensor social y el consiguiente empobrecimiento de una clase media que ya solo conserva el nombre, treintañeros despojados de autonomía, devueltos a las habitaciones de su adolescencia y a la espera de las migajas de un Estado cada vez más asistencialista y el creciente peso del patrimonio familiar dibujaban ya algo más que una mala coyuntura económica: revelaban la quiebra de aquella promesa de progreso de la que el propio sistema había extraído su legitimidad para la generación anterior. Los hijos de los boomers es, en buena medida, el libro hacia el que Molina venía encaminando aquellas reflexiones.
Lo más llamativo del análisis de Molina está menos en los síntomas del problema —a estas alturas difíciles de desconocer— que en la clave generacional desde la que propone leerlos. Para ella, el deterioro de la clase media, la crisis de la vivienda o la precariedad laboral serían manifestaciones de un mismo desequilibrio: un sistema económico y político preocupado solo por proteger las conquistas de quienes llegaron antes, aun cuando hacerlo comprometa las posibilidades de quienes vienen detrás. Es lo que Molina denomina “boomercentrismo”, un sesgo que reconoce, por ejemplo, en la revalorización de las pensiones o en la tolerancia hacia unos alquileres desbocados que siguen procurando rentas a buena parte de la generación propietaria, mientras reserva para sus hijos medidas de alcance más bien cosmético —del bono cultural a los descuentos de Interrail—, incapaces de acercarlos a la vivienda o el ahorro. Frente a las críticas que ven en esta fractura una cuestión de clase antes que generacional, Molina sostiene que una no excluye a la otra y que, de hecho, la segunda amenaza con agravar la primera. En cuanto el salario pierde capacidad para procurar vivienda y autonomía, el patrimonio acumulado por los padres adquiere un peso mayor en el destino de los hijos.
Esa dependencia del patrimonio devuelve a la familia una función que el Estado del bienestar había contribuido a hacer menos decisiva. Cuando el salario ya no basta para sostener una vida independiente, son los padres quienes cubren la distancia prolongando la convivencia, cediendo una vivienda o completando unos ingresos insuficientes. Molina carga aquí contra una izquierda que habría terminado por confundir protección y progreso, hasta presentar como logro progresista—como llegó a hacer una exministra— que la pensión de una abuela contribuya a mantener al resto de la familia. Lo que esa celebración pasa por alto es que la esa solidaridad familiar es lo único que impide que la precariedad desemboque en indigencia, y que, precisamente por ello, contribuye a disimular el fracaso que la hace necesaria. El colchón familiar salva al individuo y, de paso, al sistema que lo ha dejado sin autonomía.
También en la moda del decrecentismo entre ciertos sectores de la izquierda encuentra Molina una pérdida de realismo. En materia de vivienda, su argumento apela casi al sentido común: si aumenta el número de familias y la oferta resulta insuficiente, habrá que construir más. Que incluso una evidencia semejante haya quedado bajo sospecha da la medida, para la autora, de cuánto puede alejar la ideología de una lectura elemental de la realidad. No extraña, por eso, la severidad con que vuelve sobre el 15-M, acaso el gran episodio de gatopardismo de esta historia. Transformó el sistema de partidos mucho más de lo que consiguió transformar las condiciones que habían llevado a las plazas a casi toda una generación. Quince años después, algunos de aquellos indignados han recorrido el camino hasta los ministerios, y bastante menos ha avanzado la suerte material de quienes aspiraban a representar. Según los datos del INE que recoge Molina, su poder adquisitivo es hoy tres puntos inferior al de entonces.
Conviene aclarar, aun así, que Molina no escribe contra la socialdemocracia, sino desde su decepción. Lo que reprocha al Estado del bienestar no es haber ido demasiado lejos — las secuelas de la austeridad permanecen, insiste, en el imaginario colectivo—, sino haberse conformado con paliar los efectos de un deterioro que antes aspiraba a corregir. Así, el “Pacto del Legado” con que concluye el libro tiene menos de ruptura que de restauración. Su homenaje a ciertos valores de la generación de sus padres reclama, en el fondo, algo más difícil que recuperarlos: reconstruir las condiciones materiales que alguna vez hicieron posible creer en ellos. Molina rehúye, además, la tentación de moralizar un debate que ya llega suficientemente cargado de trincheras. Prefiere devolver al terreno de los argumentos cuestiones que la conversación pública suele resolver mediante adhesiones y anatemas. Hete ahí otra pequeña herencia boomer.
—————————————
Autora: Estefanía Molina. Título: Los hijos de los boomers. Editorial: Destino. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: