Decía Woody Allen que “el próximo ciclo de la vida debería ser al revés”, empezando por estar “muerto” para quitarse eso de encima” y terminando “con un orgasmo”. Entre medias, todo iría mejorando. Esa creciente complejidad que va llegando a medida que vivimos conlleva cierto sufrimiento o dolor, pero también brinda un conocimiento que hace más soportable la existencia. El sentido del humor no solo denota inteligencia, sino que allana el camino. Como afirma Ramón Eder (Lumbier, 1952), “la ironía es reconciliarse con los restos del naufragio”. Con esa forma de afrontar la vida, limando su complejidad, este escritor navarro se erige actualmente como uno de los más importantes aforistas de nuestro país, destacando por su característico estilo pleno de agudeza crítica e ingenio. Él mismo define este género literario no ya como “una sentencia breve y doctrinal” a imagen de los “lentos diccionarios”, sino desde la perspectiva del “irónico lector” como “una breve frase feliz que puede ser humorística, poética, lúcida, crítica o paradójica”. Precisamente, un ejemplo de su mirada irónica descansa en la siguiente frase: “Hay tantos aforistas en España que es prácticamente imposible que no haya algunos muy buenos y muchos muy malos”. Eder pertenece por derecho propio al primer grupo. Su inagotable fuente de aforismos le caracteriza como genio contemporáneo, haciéndole a su vez deudor de un tono irónico con que aligerar el peso de la existencia: “La vida es una tragedia pero afortunadamente el humor la convierte en una tragicomedia”.
Los aforismos presentes en este libro se encuentran contenidos en siete bloques, siendo cada uno de ellos un libro del autor. Por tanto, nos encontramos ante una antología que se organiza de forma cronológica: Palmeras solitarias (2018), El oráculo irónico (2019), Cafés de techos altos (2020), Aforismos y serendipias (2021), Los regalos del otoño (2023), Las estrellas son los aforismos del cielo (2024) —reseñado por quien esto escribe también en Zenda— y El libro de las frases transparentes (2025). Hay que añadir además que cada uno de estos bloques se encuentra acompañado de una ilustración del propio autor, quien además de un excelente aforista es un artista sorprendente y personalísimo. Cada imagen supone el retrato de un escritor admirado, desfilando ante nosotros nombres como los de Edgar Allan Poe, Luis de Góngora, Baltasar Gracián, Franz Kafka, Friedrich Nietzsche, William Shakespeare u Oscar Wilde. A buena parte de ellos también se les mencionará dentro de algunos aforismos. Al final del volumen nos despide un característico personaje ideado por Eder y que nos recuerda a los realizados por el mentado Kafka —quien también destacaba por su inquietud dibujística—. Espigaremos entre los distintos diamantes para elaborar el mejor collar para los lectores de esta reseña.
Comenzamos por la propia existencia, sin la cual el aforismo sería material y literalmente imposible: “Entre dos eternidades vivimos unos años y lo llamamos vida”. Ese misterio hace que “el sentido de la vida” consista en “buscar el sentido de la vida”. En ella, “para aprender ciertas cosas bien es imprescindible equivocarse primero de forma inolvidable”. Por ello, “las derrotas” habría “que celebrarlas de alguna manera”, pues “una sociedad que solo valora el éxito es una sociedad condenada al fracaso”. Para seguir en el camino, hay siempre que luchar y nunca conformarse: “Uno solo conoce sus límites si ha intentado rebasarlos”.
En el esfuerzo “a veces nos hundimos, y es bueno, al más alto nivel”. En esta línea, “sin alguna especie de esperanza no se puede ni cruzar la calle”. Y es que “sonreír cuando las cosas nos van bien no tiene mérito, pero para sonreír cuando las cosas nos van mal hay que ser un sabio”. Aunque “no se puede ser feliz siempre” sí “se puede ser muchas veces muy feliz”, pues no hay peor crimen que morirse sin haber vivido”. El estado anímico tiene también que ver con la mala o la buena suerte; esta última puede definirse como “la mala suerte que de momento se aleja”. Aunque resulte paradójico, “hay que procurar que una buena noticia no nos estropee el día”. A imagen de esto, “lo que nos gusta mucho nos acaba complicando la vida”. Como faro guía, “los días felices de la infancia nos ayudan toda la vida”, contribuyendo a mantener esa alegría toda la vida. Quienes observen la felicidad en los demás no deben dejarse engañar por las apariencias, ya que “las personas felices pueden parecer un poco simples”. No hay nada como conocerse cada vez más a uno mismo, sin rechazar lo que vemos: “Si rompes el espejo solo consigues hacer muchos espejos”. Por ello, “todo buen autorretrato es una autocrítica”. Los que acaban enfermando, “suelen usar los buenos recuerdos como medicina”. Cuando finalmente dejamos de luchar porque dejamos esta vida, los muertos se encuentran con esta paradoja: “Por muy lujosa que sea una tumba nadie envidia al que está dentro”. Al fin y al cabo, “hay que aceptar con resignación nuestro pequeño destino considerando que somos necesarios como un tornillo de un inmenso portaaviones”.
De la naturaleza humana a evitar tenemos grandes ejemplos. Por ejemplo, el que alterna con los que la representan: “Si sales con tontos el más tonto eres tú”. Igualmente sucede con quien tiene “amigos indiscretos”. Si también “tienes entre tus amigos algún canalla tú no andas muy lejos de serlo”. En ocasiones, la inteligencia puede ser nociva cuando se usa con fines poco éticos: “Muchos ricos eligen vivir en Suiza porque prefieren la injusticia al desorden”. La arrogancia siempre deja en evidencia: “Algunos con tal de presumir presumen hasta de sus fracasos”. Esa necesidad de destacar puede llevar a un excesivo liderazgo: “Los hay a los que no les gusta comer en una mesa redonda porque no pueden presidir la mesa”. De igual manera debemos recelar de quienes se definen de forma positiva: “Hay que desconfiar del que va de veraz porque ese es el disfraz preferido de los mentirosos”. En ocasiones cuesta distinguir pues “los hay que se ponen una máscara idéntica a su cara para ser y no ser lo que parecen”. Por ende, “lo único que tenemos claro respecto a ciertas personas es que no queremos que nos engañen una segunda vez”. Para “que no nos traicionen así como así” es bueno “dar un poco de miedo”. Tener “muchos enemigos es una especie de éxito” —aunque siendo “sinceros” reconozcamos que les “debemos mucho”—.
Un don también puede convertirse en una desventaja: “Los muy inteligentes casi nunca tienen inteligencia práctica y suelen fracasar donde triunfan los listos”. También ser como debemos ser tiene sus ventajas: “Nadie nos puede quitar lo que hemos regalado”. Resultar excesivamente cumplidores con lo que se espera de nosotros es susceptible de convertirse en un problema: “Ser buenos ciudadanos que cumplen la ley nos convierte en respetables neuróticos”. En definitiva, nos define nuestra alma, la cual, “si se pudiera vender […] todos los tontos la venderían”. A aquellos que actúan con maldad les hermana la siguiente contradicción: “Todos los hijos son maravillosos para sus padres, pero el mundo está lleno de malvados”.
No hay que desanimarse si las relaciones con otros semejantes no terminan de cuajar, siendo siempre preferible “luchar contra la misantropía frecuentando personas encantadoras”. Podría decirse que “los solitarios cuando van a un café tienen una tertulia con sus fantasmas”. Una de las formas de relacionarse con el otro es indudablemente el amor: “la amistad es un tipo de amor sin sexo”. En su manifestación más física, dice Eder: “De vez en cuando alguien nos recuerda que el beso es una especie de mordisco”. Por tanto, “si al amor le quitas lo cursi solo queda el alborotado sexo de una raza de primates”. Está también el proceso previo del enamoramiento, que “nos convierte en detectives que quieren saberlo todo sobre la otra persona”. Cuando el amor se “legaliza” a través del matrimonio, éste “se fortalece al tener enemigos comunes”. Existen “amores de verano que parecen el ensayo general de un gran amor”, del mismo modo que los hay “que duran poco tiempo pero que para la víctima duran toda la vida”. A pesar de ello, “también es magnífico enamorarse sin ser correspondido”. Los “amores platónicos a veces se ven correspondidos platónicamente”. El amor tiene fecha de caducidad incluso habiendo firmado su compromiso: “Muchos matrimonios se rompen por falta de tacto”.
En torno al oficio de escribir, se trae a colación el peligro de ser tan sociable que no quede tiempo para cultivar la propia obra: “Conocer a muchos escritores es bueno para un escritor, pero puede ser malo para su literatura”. Igualmente puede ser nocivo escribir sobre la obra de personas queridas por perder la objetividad: “Cuando se escribe un prólogo para el libro de un amigo hay que procurar no caer muy bajo”. También se saca a la palestra a los autores grises que no despiertan interés, ni mucho menos admiración o envidia: “Muchos escritores tienen la desgracia de que nadie les plagie”. Y eso que “algunos escritores ingenuos y copiones copian hasta los defectos del modelo original”. Una de las causas de la actual abundancia de mediocridad creativa la tiene la forma en que ha sido planteado nuestro tiempo, pues crea “esos que no son como hombres del Renacimiento que lo hacían todo bien, sino posmodernos que hacen de todo pero todo mal”. Así, “está bien que los escritores vivan en una casa con chimenea para que puedan ver lo bien que arden sus textos fallidos”. Sin embargo, cuando lo escrito es óptimo y alguien se aprovecha, puede decirse que “el plagio es un sucio homenaje que le hace el mediocre al que tiene talento”. También hay autores cuya vida pesa tanto o más que su trabajo escrito: “La leyenda que un escritor deja de sí mismo es una parte de su obra porque condiciona la lectura de su obra”. En general, “los escritores son gente rara porque una tarde fantástica de verano pueden no salir de casa y dedicarla a escribir sobre lo fantástica que puede ser una tarde de verano”. Lo mejor es enemigo de lo bueno: “Corregir es mejorar un texto corriendo el riesgo de estropearlo”. Sin duda, hay que asumir el peligro: “El escritor que no arriesga se cae”. Anima pensar que incluso un “libro excelente es un plagio de otros textos excelentes que ha leído, mezclado y olvidado el que lo escribió”. Otro de los males del s. XXI para quien escribe es que “no solo tiene que escribir sino que además tiene que ser el charlatán que venda sus libros en la feria de las vanidades”. Incluso la buena literatura se maltrata en las librerías con “un pequeño espacio dedicado” a ella, “como si estuviera castigada por no ser mala”. La personalidad de quien escribe la da también lo que se descarta: “El rechazo al uso de ciertas palabras determina el estilo de todo escritor”. Concretando en nuestro país, “no hay muchos escritores, lo que hay es mucha gente que publica”. En su totalidad, los escritores como “artistas son muy egoístas porque solo piensan en su obra pero a la vez son muy generosos porque van a regalar su obra a la humanidad”.
Como tipo ideal de escritor está el aforista, que “es una mezcla de filósofo sin sistema y de poeta sin ripios”. Hay aforismos que versan sobre el propio aforismo —siendo “aforismos que se muerden la cola”—, pues quien los concibe no puede dejar de pensar en la naturaleza de éste: “El buen aforismo es el que dice más de lo que parece, no el que parece que dice más de lo que dice”. En ocasiones, la complejidad de lo analizado puede condensarse en pequeñas píldoras, a fin de hacer más comprensible su contenido: “Abunda, y no está mal, en el aforismo la metafísica de bolsillo”. Por contra, la reflexión más acertada corre el riesgo de ser carne de frivolidad: “El mejor aforismo puede acabar en la bolsita de azúcar que te dan para el café en un bar de carretera”. Traducir en pocas palabras un pensamiento amenaza con resultar una entelequia, pero es algo contemplado al formar parte de este género literario, suponiendo un auténtico reto: “Siempre fracasa el que quiere definir el aforismo y ese es el éxito del aforismo”. Emulando a Gabriel Celaya con su famoso poema, el aforismo es definible como “un arma cargada de inteligencia”. Por ello, “no todas las frases buenas son aforismos”, pues “el aforismo tiene que tener algo autónomo y desconcertante”. El aforismo obliga al ensayo y al error y, por tanto, al ejercicio constante del mismo: “Un libro de aforismos es una especie de diario, no de lo que uno hace sino de lo que uno piensa”. Además, la inteligencia se nutre de la visión, pues “solo sabe mirar el que ha contemplado mucho”. Por eso, también quien lee puede ser a su manera escritor: “Un aforismo es medio aforismo hasta que el lector le añade la otra mitad”. Con lo cual, “los mejores aforismos son los que comienzan cuando terminan”. Un libro de aforismos ayuda a comprender el mundo, pues “convierte el caos de la vida en un cosmos”. Al poseer tal trascendencia y capacidad visionaria, “un aforismo tiene que decir lo que no se puede decir”.
En el otro lado de los escritores —y en ocasiones dentro— están los críticos, para los que Eder también tiene aforismos. Uno dice: “Los críticos bondadosos no son de fiar”. Otro asegura: “Los críticos literarios, de vez en cuando, le tienen que dar una estocada a alguna vaca sagrada de la literatura para mantener su reputación”. También están los que, sin necesidad de escribir, leen o afirman leer. A ellos van dirigidos diversos pensamientos: “Algunos tienen las obras completas de Platón en su biblioteca, sin abrir, como una escultura griega”. Por su parte, las bibliotecas mejoran “si regalamos los libros que no vamos a leer”. Quienes tienen “grandes bibliotecas” se convierten en “abrumados empleados de bibliotecas”. La lectura inteligente no siempre abunda, al contrario: “No es bueno que en un país haya más escritores que buenos lectores”. La lectura atenta y detenida exige siempre una revisión: “El que al leer no retrocede, no avanza”. Solo quienes leen ven “el mundo en tres dimensiones: con lo que ven con los ojos, con lo que ven en los sueños y con lo que han leído”.
El modo en que el intelectual o el individuo inteligente a secas se enfrenta al mundo actual le puede hacer sentir extraviado: “La complejidad de la vida moderna hace que solo los tontos tengan las cosas claras”. Debido a esto, “ser anacrónico en un mundo idiota puede ser una forma de rebeldía”. Con todo lo que pueda inquietar el mundo moderno, hay que reconocer que los tiempos pasados también se iniciaron con cuestiones inasumibles para su sociedad: “Las tradiciones suelen comenzar como transgresiones”.
Asociado con la cultura, también hay espacio para la política y la religión. De un lado: “Los departamentos de cultura de todos los gobiernos subvencionan a los artistas para domesticarlos”; “Ningún político mirado de cerca es normal”; “Las élites actuales están formadas por gente astuta que no ha leído ni a Shakespeare, ni a Virgilio, ni a Platón, ni a Gracián, y así nos va”; “No hay que dejar que la sempiterna sordidez de la política nos convierta en personas amargadas”; “El capitalismo crea el mejor de los infiernos posibles”; “Si la izquierda puede volverse reaccionaria y la derecha progresista entonces lo que hay que hacer es una revolución lingüística”. De otro: “La vida son una serie de engaños tan perfectos que tienen que haber sido ideados por un ser superior”; “La lista que se podría hacer de creyentes ilustres sería larguísima pero no probaría la existencia de Dios, lo que sí probaría es que la creencia no es cosa de pasmados”; “No creer en Dios es una manera de creer porque el que no cree cree que ha salido de la Nada, que sería una especie de Dios”; “Tanto que exista Dios como que no exista resulta increíble”. En definitiva: “La decadencia de Europa está siendo magnífica”.
Dice Eder que “hay muchas maneras de leer un libro de aforismos”, siendo la más enriquecedora aquella que nos lleve a “encontrar uno que nos guste o seduzca especialmente”. Lo señalaremos entonces con un lápiz y se cerrará el libro para reflexionar sobre ese aforismo. “Es leer para pensar y repensar, es leer para darle vueltas a los posibles dobles sentidos de las palabras y es leer para ver matices que en una primera lectura pasan desapercibidos. Es leer como un filólogo aficionado, que es la mejor forma de leer”. Esperemos haberlo conseguido con esta reseña, donde se destacan los aforismos que un servidor ha “subrayado” creyéndolos afines a uno mismo e interesantes para los demás.


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