Raimundo de Toledo o Raimundo de Sauvetat, aunque proveniente del otro lado de los Pirineos —parece ser que nació en la Gascuña del siglo XI—, fue un monje cluniacense, lingüista y traductor al que la historia recuerda como un hombre de buena voluntad. Arzobispo de Toledo (1126-1152) y gran canciller de Castilla, jugó un papel determinante en el florecimiento cultural de la España de Fernando III y su hijo, Alfonso X el Sabio.
Entre los eruditos de la Escuela de Toledo, que allí se empleaban en verter al latín, y a menudo también a la lengua vulgar, los textos árabes y judíos, en la Biblioteca Capitular de la Catedral de Santa María, o en las numerosas bibliotecas árabes y hebreas que menudeaban en la ciudad, había un judío converso de Sevilla, no en vano conocido como Juan Hispalense. Habiendo cobrado notoriedad por sus versiones del árabe de distintos tratados de astronomía y astrología matemática, hace ahora 840 años provocó un brote de pánico en todo el mundo conocido, un anuncio del fin del mundo que dio lugar a uno de los primeros brotes de histeria colectiva de los que se tienen noticia.
El veintitrés de septiembre 1186, según La carta de Toledo (1184), atribuida al hispalense, debió ser el octavo y último día del fin del mundo. Pero hubo algo que falló en sus predicciones y el mundo habría de seguir dando vueltas y más vueltas hasta nuestros días. Como también lo hará en los tiempos que nos sucederán. Basó su pronóstico en una alineación planetaria excepcional. En el veintitrés de septiembre de 1186, los planetas conocidos —Saturno, Júpiter, Marte, Venus y Mercurio— coincidirían en el signo zodiacal de Libra, junto con la Luna y el Sol. Dado que el de Libra es un signo de aire, el texto predecía desastres devastadores causados por los elementos. Así, a partir del anterior día quince, se producirían tormentas de viento colosales y violentas que derribarían edificios, fortalezas y bosques. Entre tanta hecatombe, no faltarían terremotos, epidemias y el oscurecimiento del cielo. Inundaciones e incendios fabulosos verían arder a los imperios entre guerras y revueltas inimaginables en el último agosto.
Según la física aristotélica y astrológica de la época, la acumulación de la influencia de los planetas pesados —como Saturno y Marte— sobrecalentaría y agitaría la atmósfera terrestre a escala global. “Habrá tal turbación en el aire que las casas se derrumbarán, los árboles serán arrancados de raíz y el polvo oscurecerá la luz del día”, reza uno de los fragmentos traducidos que han llegado hasta nuestro 2026.
Traducida al latín y a varias lenguas vulgares, enviada a príncipes y a reyes, incluso al papa Urbano III, el impacto social y político de la carta de Toledo fue inimaginable, uno de los primeros pánicos apocalípticos, y colectivos, de los que se tiene noticia. Cumple reconocer, en desagravio del Hispalense, que no puede afirmarse categóricamente que fuese él el autor de tan desafortunada epístola. No faltan quienes defienden que pudiera haber sido obra de un inglés, un tal John de Hanville —o de la Croix—, un clérigo e intelectual inglés formado en el entorno de Toledo que utilizaba el pseudónimo para dotar de autoridad a sus escritos.
Pero acaso sea más importante llamar la atención sobre la difusión alcanzada por un manuscrito cuando la gente no sabía leer, ni en lengua vulgar ni, mucho menos, en latín. No cundió el pánico obedeciendo a un rumor. Lo hizo en base una campaña epistolar estructurada como una campaña publicitaria de nuestro siglo XXI. Se conservan decenas de copias en bibliotecas europeas —la Bodleiana de Oxford o la Biblioteca Nacional de Francia—, lo que demuestra que se multiplicó de forma masiva en los escritorios de los monasterios. Hubo copias personalizadas, que diríamos ahora, para el papa Urbano III, para el emperador del Sacro Imperio Federico I Barbarroja, para el rey Felipe Augusto de Francia y para Enrique II de Inglaterra. Como las altas jerarquías políticas y eclesiásticas se creyeron en verdad que se acababa el mundo, se ordenaron días de ayuno, oraciones colectivas y la revisión de murallas y fortificaciones. El miedo no tardó en descender a la plebe. Aquel de hace ahora 840 años inauguró la tradición de pánicos apocalípticos colectivos: momentos estelares de la humanidad en los que una profecía, una lectura astrológica o un hito académico desataron la histeria masiva, impulsando a sociedades enteras a preparar refugios, vender sus bienes o acudir en masa a la penitencia.
Parece ser que cuando la semana indicada quedó atrás, los astrólogos aseguraron que las intensas oraciones de la Cristiandad y la misericordia divina habían “desviado” la magnitud de la catástrofe, o que la conjunción había causado consecuencias imperceptibles pero profundas a nivel político. Y llegados a este punto, hay sabios que sostienen que las tensiones de aquel septiembre de 1186 en toda la cristiandad fueron la causa de que poco después se pusiera en marcha la Tercera Cruzada, tras la caída de Jerusalén en 1187. Así se escribe la historia.


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