La figura de Fray Bartolomé de las Casas, el encomendero español del siglo XVI, nos demuestra que no todos los dominicos fueron inquisidores. Pero también es la prueba irrefutable de lo perversa que puede llegar a ser la piedad. Toda una paradoja que aquí y ahora, cuando este humanismo recibe otro nombre, comprueban nuestros compatriotas más desdichados. Tiempo atrás, en 1935, la primera de las piezas que integran su Historia Universal de la Infamia —El atroz redentor Lazarus Morell— haría de Jorge Luis Borges todo un maestro del oxímoron. Aquel ruego —o sugerencia— que, allá por el 1516, fray Bartolomé elevó al cardenal Cisneros, en una suerte de paráfrasis crítica podría resumirse así: para aliviar a los “indios” (sic) de los atroces trabajos a los que se les sometía, sugirió la importación de esclavos “negros” (sic). Entre las dieciocho consecuencias que tuvo “la curiosa variación de un filántropo” (Borges), cumple dar noticia de la inclusión del verbo “linchar” en el diccionario de la lengua, el mito de Abraham Lincoln, o los blues de W. C. Handy.
Pero, amén del oxímoron de Borges, fray Bartolomé, el fraile que acompañó a Colón en su segundo viaje, también es el origen de mucha literatura como compilador de los documentos y manuscritos del Almirante. Gracias al futuro procurador de los indígenas —empero azote inconsciente de los subsaharianos— sabemos que un día como hoy, el dieciséis de septiembre de 1492, Cristóbal Colón se convirtió en el primer europeo que se adentró en el mar de los Sargazos. Fue durante su primera travesía del Atlántico y, según escribe el navegante en su Diario de a bordo, el cuaderno de bitácora perdido del Almirante, del que no han llegado hasta nosotros más que los fragmentos salvados por el dominico a cuyas instancias se habría de cambiar el paisanaje del antiguo paisaje del mundo: “Aquel día, y siempre de allí adelante, hallaron aires tempranísimos, que era placer grande el gusto de las mañanas, que no faltaba sino oír ruiseñores. (…) Aquí comenzaron a ver muchas manadas de hierba muy verde, que poco había, según le parecía, que se había desapegado de tierra, por lo cual todos juzgaban que estaban cerca de alguna isla; pero no de tierra firme, según el Almirante”.
Dichos fragmentos de la bitácora de la primera navegación de la Corona de Castilla al Nuevo Mundo, compilados por el religioso, estaban en posesión del duque de Osuna antes de ser adquiridos por la Biblioteca Nacional. La primera edición, al cuidado de la institución madrileña, tal y como la dejó dispuesta el humanista que inspiró tanto, data de 1825. Fue incluida en el tomo I de la Colección de viajes y descubrimientos de Martín Fernández de Navarrete. Desde entonces se ha traducido y reeditado con el título de Diario de a bordo o Relación compendiada por Fray Bartolomé de las Casas y ha sido una fuente inagotable de inspiración literaria, tanto o más que la sugerencia del humanista al esclavismo.
Internándose en el Atlántico, entre los 20° y 35° de latitud norte y los 30° y 70° de longitud oeste, aproximadamente, las carabelas arribaron a una inmensa masa de algas flotantes, gracias a las vesículas de las que están provistas los sargazos. El mes y medio largo que llevaban embarcados les empezaba a pesar, les volvía impacientes. Creen que la tierra está próxima, que hay una isla cercana. La vegetación era tan densa que infundió esperanzas de encontrar una costa de inmediato. Pero lo único que hay frente a ellos son seis millones y medio de kilómetros cuadrados de algas flotantes. Algas y más algas que parecían no acabar nunca. El pánico empezó a hacerse notar entre la marinería.
Los días se sucedían iguales unos a otros. Dentro de esa mecánica lenta del miedo, capaz de derrumbar al más plantado, los navegantes con rumbo al Nuevo Mundo empezaron a sentirse acechados por seres invisibles, las siniestras tripulaciones de todos los barcos fantasma. La ausencia de tierra y la visión de un «prado marino», estancado, desataron la inquietud. La marinería temía que las algas ocultaran escollos, que el barco quedara encallado en medio de la nada o que los vientos alisios cesaran por completo, dejándolos atrapados para siempre. El Almirante logró calmar los ánimos infiriendo correctamente que el mar tenía gran profundidad —e incluso lanzando la sonda—. Las carabelas salieron venturosas de la experiencia. Por lo demás, acababa de nacer un misterio, el del cementerio de barcos.
El mar de los Sargazos, apenas llegaron al Viejo y al Nuevo Mundo las primeras noticias que hablaban de él, trascendió la geografía y la oceanografía para convertirse en un potente espacio mítico y simbólico en las letras universales. La narrativa de terror no tardó en imaginar las algas, por las que Colón y su tripulación se adentraron un día como hoy, como una trampa impenetrable, donde galeones, bergantines y más tarde los submarinos quedaban atrapados durante siglos, con sus tripulaciones convertidas en espectros.
William Hope Hodgson, el gran poeta del terror oceánico, en La nave abandonada (1907) nos cuenta de un navío varado en los sargazos del que se va apoderando un moho que acaba con todo y todos. Antes de ser fulminado, borrado, literalmente, de la faz de la Tierra cuando cayó a sus pies una bomba del Káiser durante la batalla de Ypres (1917), Hodgson, transformo este espacio en el que las tres carabelas se adentraron un día como hoy de hace cuatrocientos treinta y cuatro años, en un ecosistema de pesadilla habitado por monstruosidades, plantas carnívoras y cascos de buques abandonados que se pudren lentamente.
Ya en lo que a la novela de aventuras se refiere, Julio Verne, en Veinte mil leguas de viaje submarino (1870), también lleva al capitán Nemo —el más grande de los misántropos— y a su Nautilus a atravesar este mar en un capítulo de título que no deja un resquicio para la duda: El mar de los Sargazos. Verne describe magistralmente la calma muerta y la acumulación de restos flotantes recopilados desde la época de Colón y los fenicios.
En la literatura del siglo XX, el estancamiento físico de las algas derivó en una metáfora psicológica y social de la claustrofobia, el aburrimiento e incluso el colonialismo. Ancho mar de los Sargazos (1966), de Jean Rhys, se ha definido como la reescritura poscolonial y feminista de Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Rhys utiliza el mar de los Sargazos como símbolo del espacio ambiguo, turbulento e inestable entre Inglaterra y la cultura caribeña de su protagonista, Bertha Mason. Por cierto, Charlotte Brontë, bajo el seudónimo de Currer Bell, envió el manuscrito de Jane Eyre a sus editores londinenses otro 16 de septiembre, el de 1847.
El poeta fascista Ezra Pound, de nuevo en el siglo XX, utilizó el mar de los Sargazos en sus Cantos (1922) como metáfora de la deriva cultural y la acumulación de detritos del pasado que el poeta debe desenredar.
La imaginería del mar atrapado entre océanos de poderosas corrientes, y en sus aguas, buques coloniales encallados en la vegetación o perdidos en selvas y mares estancados —como el galeón español en Cien años de soledad (1967)—, se nutre, directamente, de la mitología originada en los diarios de Colón recopilados por monseñor De las Casas. Así se escribe la Historia. Mejor las letras que los esclavos.


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