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La inagotable historia novísima

La inagotable historia novísima

Dice bien Sergio Santiago Romero, compilador de esta obra colectiva acerca de la asendereada antología de José María Castellet Nueve novísimos, que la obra no solo ofreció un canon, sino que sirvió para hacer “historia de la literatura más allá de sus propios límites como libro”. Cierto. Detectó un estado literario de época en la poesía —y no solo en ella, aunque su reflejo suela ceñirse a la lírica— y se convirtió en un jalón historiográfico ya asentado de las letras peninsulares de la pasada centuria. A esas parcelaciones ya establecidas —novecentismo, generación del 27 y de la república, literatura del medio siglo, las más habituales— se añadió desde aquel 1970 en que aparecieron los polémicos “novísimos” una nueva etapa en los manuales académicos. Es el periodo que hace mucho bauticé como generación del 68, etiqueta que ya se ha establecido en nuestra periodización literaria. De ahí el asombroso número de escritos, amplios y cortos, libros enteros y artículos profesorales, crónicas, impresiones, chascarrillos y hasta algún poema burlesco que ha suscitado.

Se diría coloquialmente que todo el pescado está ya vendido y que el asunto no da más de sí. Pero este Los novísimos: Medio siglo de poesía española muestra que quedan parcelas por esclarecer y análisis que contribuyan a su enmarcación histórica. Ello se debe a la perspectiva general que adopta Sergio Santiago en su compilación panorámica. El libro, surgido en un encuentro en Astorga conmemorativo del cincuentenario de la antología, aborda los sucesos de entonces, la historia menuda de la gestación y difusión de la antología, también el movimiento estético en que germinó y los efectos que tuvo en tiempos posteriores.

"El libro se abre con lo que a la postre despertará más curiosidad que las minucias de los estudiosos. Me refiero a la intervención de tres protagonistas, por activa o por pasiva, de aquel en su día escandaloso episodio literario"

El examen, en lo relativo al panorama histórico, lo acometen, entre otros, los solventes y expertos nombres de Juan José Lanz y Araceli Iravedra. Yo habría añadido al sabio y minutísimo conocedor de Castellet y de sus afanes Laureano Bonet, pero ya se sabe que un congreso tiene sus límites. En cuanto a la producción específica de los novísimos y allegados, la abordan un plantel de jóvenes estudiosos que indica cuán vigente sigue la aventura novísima entre las inquietudes de las últimas generaciones de filólogos (no en cambio, me parece, entre los creadores).

El libro se abre con lo que a la postre despertará más curiosidad que las minucias de los estudiosos. Me refiero a la intervención de tres protagonistas, por activa o por pasiva, de aquel en su día escandaloso episodio literario. Al frente va Guillermo Carnero, quien cuenta su “historia personal”. No es la primera vez que se refiere a ella, pero aquí aporta valiosas noticias novedosas. En facsímil se reproduce la carta de Castellet del verano del 69 —la fecha importa— en que le solicitaba poemas. Apelando a la memoria, recuerda Carnero de qué manera se produjo su “reclutamiento como novísimo” por Castellet, a quien, dice con feliz franqueza descarada no extraña en él, “veía como el apóstol sectario de la poesía que no me interesaba, y no podía sospechar la pirueta que tenía en mente”. Aporta el autor de Dibujo de la muerte un testimonio valioso que corrobora, si hiciera falta, todo lo que hubo de improvisación, prisas y capricho en la maniobra cultural, más que solo estética, del mestre catalán.

"Al ser poetas los antologados, la lírica se ha llevado la parte del león del fenómeno novísimo. Se olvida que ese espíritu no se ciñó al verso y afectó también a la prosa"

Protagonista por pasiva fue Jaime Siles, no incluido en el canon castelletano pero bien representativo de las inquietudes poéticas de finales de los sesenta, a las que se refiere con amplitud informativa y con ponderadas explicaciones. Su posición personal dentro de aquella amplia corriente renovadora le llevó a formular la acertada etiqueta “generación del lenguaje” para definirla. Era una vuelta a la exigencia expresiva frente al descuido (presunto) de los realistas machadianos. Suponía sintonizar con quienes —también con el inconstante Castellet, y con el reconvertido Juan Goytisolo— venían diciendo que nuestra lengua literaria era un cadáver. Detalla con justeza Siles aquel reto artístico.

Pena produce la explicación de Antonio Colinas acerca de su caso, a su entender el de un damnificado por no figurar en la nómina novísima. No es la primera vez que se siente perseguido. Recuerdo vagamente su acusación al poeta que le había robado el premio Adonais, siendo él muy superior. El beneficiado era de los malos, de los realistas, y él de una categoría superior, venía a decir. Nada aporta al panorama histórico esta visión de quien se tiene en mucho, siendo solo un personaje no más que complementario de un momento de cambios y crisis.

"Sergio Santiago ha hecho una buena contribución al mejor conocimiento de la antología y del fenómeno novísimo con un volumen que engloba variados y relevantes análisis, dentro la ortodoxia universitaria"

Un par de apuntes merece la pena añadir acerca de esta miscelánea sobre los novísimos. Al ser poetas los antologados, la lírica se ha llevado la parte del león del fenómeno novísimo. Se olvida que ese espíritu no se ciñó al verso y afectó también a la prosa. Prosistas fueron varios de los favorecidos por Castellet: Azúa, Molina Foix, Martínez Sarrión, Ana María Moix… Habría merecido la pena un apartado entero dedicado a la narrativa, pero no todo puede recogerse en un congreso y, desde luego, sí que el compilador le ha hecho un significativo hueco con un estudio sobre la novela de Azúa Historia de un idiota contada por sí mismo.

Novedoso para quienes aún andamos en la era analógica es un estudio de estilometría firmado por Guillermo Marco que compara la métrica de Gimferrer y de Carnero mediante recursos digitales y le permite conjeturar la posible existencia de un patrón métrico de los novísimos. De momento, acredita que Gimferrer tiene una obra más isosilábica que Carnero. Confieso que no entiendo mucho lo que explica, aunque lo doy por bueno, y estoy seguro de que a los lectores de este comentario —si alguno tiene— les parecerá algo exótico y de escaso valor. Me ha parecido, sin embargo, oportuno señalarlo solo para indicar las posibilidades que las nuevas tecnologías abren a los estudios literarios.

Sergio Santiago ha hecho una buena contribución al mejor conocimiento de la antología y del fenómeno novísimo con un volumen que engloba variados y relevantes análisis, dentro la ortodoxia universitaria. Aunque se trate de obra para muy cafeteros, como se ha puesto de moda decir ahora, quizás también pueda despertar el interés de la inmensa minoría culta interesada por esta clase de negocios poco lucrativos.

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Autor: Sergio Santiago Romero, ed. Título: Los novísimos: Medio siglo de poesía española. Editorial: Peter Lang.

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