En 1926, por el séptimo centenario de la muerte de san Francisco, el editor fascista Franco Paladino le encargó al sacerdote Paolo Ardali un opúsculo que llevaba por título San Francesco e Mussolini. “¡Oh —escribió el cura, extasiado—! ¡Cuánto espíritu franciscano hay en la vida de Mussolini!”. Según el autor, el Duce se parecía al santo porque arrastraba a las masas y las reducía a la obediencia.
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—Profesor Barbero, por curiosidad, ¿cuánto espíritu franciscano hubo en la vida de Mussolini?
—¡Muchísimo! (Risas) San Francisco es un personaje tan contradictorio que todos se pueden reflejar en él. Mussolini combatió, san Francisco también. Mussolini fue albañil durante un periodo de su vida, y san Francisco también. Mussolini amaba a los pájaros… (Risas)
—¿Y cuánto espíritu quijotesco hubo en la vida de Francisco?
—Él quiere hacer cosas que se revelan imposibles, y las quiere hacer hasta el final. Él cree que puede tener una organización sin que nadie mande, ejerza o se enamore del poder…, hasta el último momento, y lo escribe en su Testamento. Cree poder ordenar a los frailes que trabajen con las manos, ¡y todos tienen que trabajar! ¡Lo sigue repitiendo hasta antes de su muerte! Esto me parece muy quijotesco.
—¿En qué se diferencia un santo de un loco?
—¡En nada! San Francisco, cuando estaba en el campamento de los cruzados, tuvo una premonición. Dios le hace saber que si los cruzados salen al combate, serán derrotados. Francisco habla con su compañero, porque iban siempre en pareja, y le dice: “Quiero contárselo a los cruzados. Me vas a tomar por loco”. Y él le dice: “Ya te considero un loco, no te preocupes”.
—Si Francisco se abriera un perfil en una red social, ¿cómo cree que se describiría?
—Es muy difícil. Creo que él sabía que era santo. Desde temprana edad, él estaba convencido de que estaba destinado a ser famoso en todo el mundo, a ser admirado en todo el mundo. Se equivocaba en el modo: creía que iba a ser famoso como un gran guerrero, como un caballero; luego descubre que su vida será otra, pero sabe que está destinado a la fama. En eso se parece a Mussolini también. Pero no podía decirlo: si dices “soy un santo”, dejas de serlo. Él lo sabe muy bien. Él se define como “pequeñito”, como “el último”, y se esfuerza para creérselo.
—Sería exagerado, por no decir absurdo, compararlo con un activista medioambiental contemporáneo, ¿verdad?
—Nosotros vemos en san Francisco aspectos que nos gustan. Es verdad que ama la naturaleza, los animales…, pero no es ecologista tal y como nosotros lo entendemos. En esa época, la naturaleza no está bajo la amenaza humana: es el hombre quien se ve amenazado por la naturaleza. Ama a los animales porque ve a Dios en ellos. Los biógrafos que quieren exagerar dicen que amaba a todos los animales, pero, de forma particular, a los corderos.
—El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
—Hay que decir una cosa: en esa época había quien decía que los cuerpos, en el mundo material, enferman, se marchitan, mueren; por tanto, esto no podía haber sido creado por Dios. Los cátaros decían que Dios creó el alma y no el cuerpo. Entonces, ¿quién creó el cuerpo? ¿Otro creador malvado? ¿Quién creó los cuerpos, la muerte, la descomposición? Los cátaros, sin darse cuenta, ya no son cristianos, sino maniqueos: hay dos posturas, dos divinidades para ellos. Francisco nunca habla de esto. Cuando él dicta, no escribe, dicta, porque está enfermo, medio ciego, el Laudato si’, dice que todo lo que existe es bueno, creado por Dios. Incluso la muerte. La muerte física. Él no sabe que está librando una batalla contra aquellos que sí denuncian que la muerte no la ha creado Dios.
—Francisco transitó, en no pocas ocasiones, por un sendero cercano a las fronteras de la herejía. ¿Manifestó tantas veces, y tan intensamente, su adhesión a la Iglesia… para no acabar como los cátaros?
—Sí, pero no en el sentido de: “Voy a decir estas cosas para protegerme”. Era sincero. Sabía que otros como él se habían enamorado de la pobreza, querían vivir en la pobreza, no habían pedido permiso al Papa y vivían clandestinos, al margen de la Iglesia. Él no quería eso. La herejía es otra cosa. En realidad, a menudo tenemos la idea de que era muy claro establecer quién era hereje y quién no, pero la Iglesia estaba abierta. No era tan evidente la herejía: se hablaba largo y tendido antes de establecer una herejía. La herejía es una afirmación, una tesis, una doctrina. Francisco no apoya ninguna doctrina. No es teólogo, no tiene opiniones teológicas. La otra manera de ser hereje era la desobediencia a la Iglesia. Si desobedeces a la Iglesia, la Iglesia puede decir: “El que desobedece niega, rechaza esta verdad. Entonces, es hereje”.
—La orden franciscana fue un bufé de conflictos. No sólo tras la muerte del santo: cuando Francisco vuelve de Egipto, se encuentra con un sindiós.
—Es una de las grandes contradicciones de Francisco. Hay otra gran contradicción, que es la relación con las mujeres.
—Después le preguntaré sobre ella.
—Francisco está lleno de pequeñas contradicciones, pero la contradicción más grande es la de haber construido una orden…, y él no quiere llamarla orden: habla de fraternidad. Al principio, está muy contento porque mucha gente acude. Un día, le dice a los frailes: “Dios me ha enseñado nuestro futuro. Las calles estarán llenas de nuestros frailes: españoles, alemanes, franceses…, es muy bonito”. Una vez que hay frailes en España, Alemania o Francia, Francisco no puede estar ahí y hay que nombrar ministros. Claro, Francisco dice que la pobreza no es sólo no poseer nada, sino también no querer mandar a nadie. “Nosotros somos los frailes menores, los más pequeños. Sólo obedecemos”.
—La realidad es una pared dura.
—¡Es que se contradice a sí mismo, porque él manda y se le da bien! ¡Él dice “quiero”, “exhorto”! Al abandonar la guía de la orden, nombra a un fraile guardián y le dice: “A partir de ahora, yo te obedeceré a ti”. Se da cuenta de que tiene que forzarse a obedecer. Obedece al guardián con entrega, con compromiso, pero le dice: “¡Yo quiero hacer algo y tú me tienes que dar permiso para hacerlo!”. A Francisco se le da bien mandar, pero descubre que también a los demás les gusta mandar. Francisco descubre que los frailes que tienen un cargo dentro de la orden, los ministros, están muy pegados al poder. Esta es una contradicción enorme: no puede existir una organización sin jerarquía.
—En 1266, el capítulo general, presidido por Buenaventura de Bagnoregio, decreta “que todas las Leyendas de san Francisco escritas con anterioridad (a la Legenda maior) sean destruidas y que, cuando puedan encontrarlas fuera de la orden, los hermanos se esfuercen en eliminarlas”.
—La orden manda este aviso: “Mandamos el texto redactado por san Buenaventura. Aquí está todo lo que sabemos sobre san Francisco”. Es falso. Buenaventura seleccionó qué decir y qué descartar. Ellos, en cambio, fingen que en el texto de Buenaventura está todo. Quieren que desaparezcan las otras vidas para que nadie pueda hacer la comparación. Saben que están falsificando la historia, pero actúan de buena fe: creen que es lo correcto. La orden franciscana ya no vive como vivía Francisco. Como el Papa no vive como vivía san Pedro. Buenaventura lo dice: “La vida del beato Francisco siempre me ha gustado, porque es como la historia de la Iglesia: empieza con los pobres pescadores, pero luego se convierte en esa cosa majestuosa que es hoy”. En la orden franciscana ocurre lo mismo. Saben que muchos lo ven de esta forma, que dicen: “Vosotros no vivís como Francisco quería”. Entonces, hay que ocultar ciertas cosas de Francisco que son verdaderas, pero inoportunas. Los censores saben que están suprimiendo la verdad, pero están seguros de que es lo bueno.
—Por cierto, si yo le digo santa Clara, ¿usted qué me dice?
—¿Debo responder con una sola palabra?
—A su gusto.
—¡Otra loca! (Risas) San Francisco tenía una relación importante con santa Clara, y en las biografías de san Francisco no se cuenta nada de esto. Nosotros la conocemos porque treinta años después murió santa Clara, escribieron su vida y tenemos en el procedimiento de canonización el testimonio de las hermanas, que es el mismo que se cuenta en la Leyenda de santa Clara. Todos los biógrafos varones de Francisco consideraron que no era adecuado contar la historia de santa Clara. En realidad, Francisco, cuando escribe la Regla, les dice a los frailes que no hagan lo que él había hecho con Clara y con Inés: “No cojáis a las mujeres en la vida religiosa, son peligrosas, no las busquéis…”.
—¿Para evitar la tentación, conocerlas bíblicamente…?
—Si vives en castidad, tener mujeres a tu alrededor no te ayuda para nada. Además, Francisco se daría cuenta de que gestionar una parte femenina hacía aún más complicada la aceptación por parte de la Iglesia. En este sentido, al final de su vida, Francisco es anodino, no es para nada revolucionario.
—Vamos acabando, profesor. El anterior papa se llamaba Francisco…
—Y no era franciscano, sino jesuita.
—Y argentino…
—Lo único seguro que podemos afirmar es que eligió su nombre, Francisco, sabiendo que el mensaje de detrás era poderoso. Cuando uno piensa en Francisco, ve el rechazo al poder, a la riqueza, la modestia. Cuando el mundo supo que el Papa había elegido Francisco como nombre, lo vio como un reto, como un desafío a la Iglesia poderosa. Luego, podemos imaginar lo que el papa Francisco quiso y pudo hacer. Francamente, no logró hacer mucho. La Iglesia no ha cambiado demasiado.
—¿Y cómo va el mundo de espíritu franciscano?
—Hay muy poco. La de Francisco fue una época de superricos y de gente muy pobre. La mayoría de las personas quería éxito y dinero, como hoy. Al principio, lo tacharon de loco, pero fascinó porque tenía carisma y muchos se vieron preparados para decir: “Yo también quiero”. Gente que tenía una carrera profesional, que había ganado mucho dinero. Hoy, los franciscanos están ahí, existen, pero no tienen ningún peso real en Occidente. Si llegara alguien nuevo como Francisco, no me imagino a un gran empresario o a algún ministro que regale todas sus pertenencias a los pobres. A la gente le gusta san Francisco, pero no sabe exactamente por qué. Es una figura, una estampita, ¿pero por qué les gusta?





Solemos llamar locos a los que no entran en nuestras categorías lógicas. Es una forma de simplificación muy usada. También solemos llamar locos a los que llevan su coherencia más allá de ciertos límites, sin ver qué en ellos hay una lógica interna. Pero también podemos invertir el término y llamar ‘ciegos’ a los que llaman ‘locos’ a otros. Son dos formas extremas de verlo.