El gran relato de la Historia del Japón contemporáneo refleja una realidad vertiginosa y cambiante. Con demasiada facilidad tendemos a pasar por alto a las pequeñas personas del margen. Las grandes ciudades cargadas de años brillan con las luces artificiales de la modernidad, sus habitantes experimentan el conflicto de la transición hacia los años decisivos de la transformación, como en la obra de Yukio Mishima El mar de la fertilidad. Pero sólo por debajo de la superficie hallará el buscador de perlas un tesoro de eternidad, como el que emana de los hermosos poemas de Kaneko Misuzu.
Tokio y Senzaki: de grandes y pequeños
La tetralogía El mar de la fertilidad, obra magna de Yukio Mishima, comienza con la novela Nieve de primavera, escrita entre 1965 y 1967, editada como libro en 1969, y ambientada más de medio siglo atrás, entre 1912 y 1914. Refleja el ambiente avanzado de Tokio y la progresiva occidentalización de las costumbres y el aburguesamiento de las estirpes de samuráis. Estamos en vísperas de un cambio histórico que ya se vislumbra. Sus desventurados protagonistas tienen entre dieciocho y veinte años. Kiyoaki Matsugae, joven de un linaje samurái, aburguesado y occidentalizado, se enamora de Satoko Ayakura, aristocrática joven prometida en 1913 con el príncipe Toin. Shigekuni Honda, amigo de Kiyoaki, es mucho más práctico y racional, él representa el futuro inminente del Japón. El amor clandestino de Satoko y Kiyoaki, que había quedado embarazada, acaba a principios de 1914 con el amante muerto trágicamente y la joven abrazando los votos en un monasterio budista. Kiyoaki, en su lecho de muerte, promete a Shigekuni volver reencarnado en el futuro.
Por entonces —si ahora nos situamos en el mundo real y abandonamos por un momento el gran fresco histórico creado por Mishima—, Kaneko Teru vivía lejos de Tokio, había nacido en 1903 en Senzaki, una aldea de pescadores al noroeste de Honshu. La niña, que había de ser una gran poeta, gozó de una buena educación gracias a su abuela y a su madre. Teru, que vivía en un mundo donde la progresiva supremacía del sintoísmo arrinconaba el budismo. Rondaría los once años cuando finalizan los tristes acontecimientos narrados en Nieve de primavera.
Honda, protagonista e hilo conductor de la trama, no vuelve a aparecer hasta 1932, en la siguiente novela, Caballos desbocados, editada en 1969. En la cronología del mundo real, Kaneko había muerto dos años antes de la reanudación de la trama. Ese breve período de silencio entre Nieve de primavera y Caballos desbocados coincide cronológicamente con la brevísima vida adulta de Kaneko, que desde entonces asumió «Misuzu» como nombre de escritora. Hay una cierta celeridad fatalista en su vida: el traslado a Shimonoseki, donde su familia regentaba una librería; el comienzo de su carrera como escritora a los veinte años en 1923; un matrimonio desafortunado en 1926, con la prohibición de escribir impuesta por el marido en 1929; y el suicidio de la poetisa en marzo de 1930, con veintiséis años.
Mientras Misuzu quedaba relegada al olvido y hasta tiempos recientes, cuando su obra fue redescubierta en 1982, la Historia del Japón proseguía. Precisamente en ella se movía Honda, quien hasta en su lecho de muerte en 1975 llegó a creer que había encontrado a lo largo de su octogenaria vida diversas reencarnaciones del amigo perdido. Satoko, convertida en una anciana y sabia budista, reaparece en los últimos instantes del antiguo amigo para hacerle ver que simplemente había sido engañado por sus propios deseos de volver a ver a Kiyoaki.
El instante que se pierde
En el arco histórico del Japón contemporáneo, bajo el cual se sitúa El mar de la fertilidad, Kaneko Misuzu representaría (en el caso obviamente imposible de haber sido tenida en cuenta) sólo un breve destello envuelto en silencio al margen de los grandes acontecimientos históricos, como si los años decisivos en los que su país se transformaba a ella no la hubieran tocado. Su vida fue un leve instante en el que brilló fugazmente una poesía personalísima, inspirada, definida por el amor hacia todas las criaturas animadas e inanimadas del mundo, y que resulta inseparable de la visión budista de la conmiseración, la piedad por todo lo existente. Misuzu se siente una fibra más de la urdimbre que conforma el tapiz de la existencia; capaz de sentir o no, animada o inanimada, toda criatura comparte el aliento especial de la budeidad.
El vacío y el amor
La abadesa Satoko, el personaje de Mishima, comprende, y abraza el vacío budista como forma suprema para doblegar su propio dolor, para vencer la impermanencia de las cosas, su transitoriedad engañosa; busca que Honda acepte, aunque sea en sus momentos finales, los errores y sombras errantes de la vida como proyecciones de nuestros deseos insatisfechos, carentes de realidad. Satoko transmite calma, sí, pero una calma que se antoja triste, resignada, como el tañido lento y pausado de una campana al atardecer, cuando su vibración se apaga lentamente, como el aliento de un moribundo.
En cambio, la poeta Misuzu, pese a su trágico destino, real sin paliativos, de silencio, opresión doméstica, enfermedad, infelicidad y muerte, transmite una imagen de calma bien distinta, de pura reconciliación con todo lo existente y de amor incondicional a toda la Tierra, a los seres humanos, a los animales y las plantas, a las nubes, al agua, al suelo que pisamos, o a la nieve:
«La nieve que está en medio / debe de sentirse sola, / sin cielo, sin tierra / que mirar» (Capas de nieve, Hoshino y Ferrada, p. 51).
Ella percibe la marca de un sello sagrado en todo cuanto existe, convierte en categoría poética la piedad universal, el amor por todos los seres y otorga la condición búdica a todo cuanto percibe con sus sentidos, y con su mente, aunque no lo vea:
«Aunque no puedas verlas, están ahí. / Incluso las cosas que no se ven, están ahí» (Estrellas y dientes de león, Hoshino y Ferrada, p, 21).
Es depositaria de una sabiduría que nace al contacto con el amor universal que caracteriza su obra entera:
«No conozco el nombre de las plantas / que otras personas saben. / Pero sé muchos nombres de plantas / que no conoce nadie más» (El nombre de las plantas, Hoshino y Ferrada, p. 37).
En su corazón todo encuentra su sitio:
«La campana, el pájaro y yo, / todos diferentes, todos buenos» (Yo, el pájaro y la campana, Hoshino y Ferrada, p. 23).
Su concepción del ser llega a ser eminente sonora, armónica, como en su célebre poema Eres un eco:
«Digo: ‘Lo siento’, dices: ‘Lo siento’. / ¿Eres un eco? / No, eres todo el mundo» (Hoshino y Ferrada, p. 133).
La obra de Kaneko Misuzu parecía destinada a desaparecer, y a punto estuvo de habitar por siempre en el gran vacío que se oculta detrás de la apariencia de las cosas. Por fortuna para todos no fue así y su obra salió a la luz. Su recuperación parece por momentos una compensación por su muerte prematura, en la que intervinieron dos acontecimientos tan afortunados como que a partir de 1966 el poeta Setsuo Yazaki tratara de recopilar su obra dispersa en revistas, y que dicha búsqueda le llevara finalmente a dar con los poemas manuscritos de puño y letra, inéditos, y que todavía estaban en posesión de la familia. Es autora de más de quinientos poemas acreditados. La bella traducción castellana a cargo de Yumi Hoshino y María José Ferrada titulada El alma de las flores (Satori Ediciones, Gijón, 2019 1ª edición, 2025 3ª edición) constituye, en comparación, una breve antología. Hoy podemos escucharla a través de sus versos, se ha salvado la voz de aquella extraordinaria mujer, una voz cuya sencillez esconde el gran secreto de la existencia humana, una voz que canta, que ríe y llora, que sabe unirse, sin esfuerzo consciente, sin artificio alguno, a la totalidad de las cosas.


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