Yo no compré ninguno de aquellos tebeos. Llegaron hasta mí desde una casa sin techo.
José Carlos, tres años mayor que yo, era uno de mis compañeros de juegos. Juntos levantábamos barracas de cañas y cartones que se venían abajo a los pocos días. Para jugar a vaqueros e indios, cada uno alineaba sus figuras en un extremo de la calle e intentaba derribar a pedradas las del contrario. José Carlos siempre ganaba: donde ponía el ojo, ponía la piedra.
No dijo nada sobre los libros, la amistad o la generosidad. Podía haberme dejado al otro lado de la puerta. En vez de eso, empezó a formar dos montones: uno para ti y otro para mí. Él elegía primero y solía quedarse con los títulos que prometían más aventuras. Mujercitas fue a parar a mi montón, quizá porque su título no le anunciaba ningún peligro digno de ese nombre. Ninguno de los dos hablaba de literatura. Buscábamos historias.
El reparto tampoco fue definitivo. Con los días, José Carlos fue dándome casi todos los títulos que había escogido para sí. Entre ellos estaba Las aventuras del Barón de Münchhausen: lo había apartado para su montón, pero unos días después también me lo regaló. En la práctica, la fórmula «uno para ti y otro para mí» no decidía a quién pertenecía cada tebeo, sino quién lo leería primero.
Los tebeos llenaron mis días. Recuerdo especialmente las mañanas de invierno en que llovía. Micifuza venía a dormir conmigo y se metía bajo las mantas. La ventana de mi habitación, casi a ras del suelo, no tenía cristal, sino una malla de alambre y una hoja de madera: cerrada, el cuarto quedaba a oscuras; abierta, entraban la luz y el viento. Los regueros de lluvia bajaban por la cuesta junto a la ventana. Con Micifuza ronroneando a mi lado, yo abría un tebeo y desaparecía. Mi casa tenía su cuadra, su macho y sus conejos indianos. No la habría cambiado por el chalet de ningún niño rico.
Cada tebeo duraba una mañana y cada mañana contenía una vida entera. Al terminar uno, todavía quedaban muchos otros esperando. Entonces la felicidad era saber que el mundo no se acababa en la última página.
Las lecturas me llevaban a lugares distintos. De algunas conservo una escena o una emoción; de otras, sobre todo el título, la cubierta y la impaciencia con que las abría. Recuerdo Davy Crockett, Historia de dos ciudades y Viaje al centro de la Tierra. Bastaba abrir uno para que la mañana transcurriera en otra parte. En El rayo verde, de Julio Verne, un destello apenas visible justificaba un viaje entero.
Otros tebeos me llevaban a lugares menos cómodos. En Sin familia, de Héctor Malot, Rémi era arrancado del único hogar que conocía y quedaba a merced de un camino trazado siempre por otros. Lo que me removía no era solo el hambre, el frío o las pérdidas, sino que ningún refugio parecía durar. Por primera vez no quería saber qué aventura vendría después. Quería que las aventuras terminaran y que dejaran a Rémi quedarse en algún sitio.
En Grandes esperanzas, Estella llamaba a Pip «pequeño mendigo». Aquella expresión me dolía sin que yo supiera explicar por qué. También me impresionaba la señorita Havisham, que seguía llevando el vestido de novia muchos años después de haber sido abandonada. Pip se enamoraba de Estella. Lo que para él era una vida entera, para ella nunca llegó a ser siquiera una posibilidad.
Por entonces no sabía que detrás de cada tebeo había un libro mucho más largo. Para mí, no había otro Miguel Strogoff, otra isla del tesoro ni otros huérfanos de Dickens que los de las viñetas. No necesitaban más páginas para existir.
Años después, al leer algunas de aquellas obras sin abreviar, descubrí cuánto había quedado fuera. Las adaptaciones no habían empequeñecido las historias: las habían hecho caber en una mañana.
Durante mucho tiempo creí que José Carlos había compartido conmigo unos tebeos. Ahora pienso que repartió conmigo el mundo.


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