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La hija del samurái, de Etsu Inagaki Sugimoto

La hija del samurái, de Etsu Inagaki Sugimoto

Este clásico de la literatura feminista es una autobiografía que nos recuerda que hubo un tiempo en que las hijas de los samuráis aprendían a caminar sobre el tatami sin hacer el menor ruido y aceptaban con serenidad el destino que otros elegían para ellas.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de La hija del samurái (Satori), de Etsu Inagaki Sugimoto.

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I. Los inviernos en Echigo

Los extranjeros suelen denominar a Japón la tierra del sol y de las flores del cerezo. Eso se debe a que, en general, los turistas solo visitan las áreas orientales y meridionales del país, donde el clima es suave durante todo el año. En la costa noroeste los inviernos son largos y, a menudo, la nieve cubre el suelo desde diciembre hasta marzo o abril.

En la provincia de Echigo, donde se encontraba mi hogar, el invierno habitualmente empezaba con una nevada masiva que caía con ferocidad y continuamente hasta que solo los gruesos postes redondos de la cumbrera de los tejados de paja eran visibles. Entonces, grupos de culís con esteras sobre los hombros y grandes sombreros de paja entretejida semejantes a paraguas acudían y abrían túneles que iban de un lado de la calle al otro sirviéndose de anchas palas de madera. La nieve no se retiraba del medio de la calle en todo el invierno. Se la depositaba en una larga pila que se elevaba ostentosamente por encima de los tejados de las casas. Los culís tallaban peldaños en esta, puesto que iban acarreando nieve hasta allí en intervalos durante todo el invierno, y los críos solíamos escalar y corretear a lo largo de la parte superior. Allí jugábamos a muchos juegos; a veces haciéndonos pasar por caballeros al rescate de una aldea atrapada por la nieve o por fieros forajidos saqueándola en un ataque.

Pero, para nosotros, un instante aún más emocionante era el momento previo a la llegada de la nieve, cuando la ciudad realizaba los preparativos para el invierno. Esto siempre llevaba varias semanas y cada día, mientras íbamos y volvíamos de la escuela, nos deteníamos a observar a los culís, que, ataviados con su vestimenta invernal de paja, envolvían afanosamente las estatuas y los pequeños santuarios situados a lo largo de las calles. Las linternas de piedra, así como todos los árboles y arbustos de nuestros jardines, estaban envueltos en paja. Incluso se protegían los muros exteriores de los templos mediante capas de esteras sujetas con tiras de bambú o mediante inmensas mallas hechas de cuerdas de paja. Las calles presentaban una nueva apariencia a diario y, para cuando habían cubierto a los grandes leones esculpidos de las escaleras del templo, éramos una ciudad de grotescas tiendas de paja de todas las formas y tamaños, esperando a la nieve que iba a dejarnos soterrados durante tres o cuatro meses.

La mayoría de las casas grandes contaban con tejados de paja con amplios aleros, mientras que las tiendas de las calles tenían los tejados cubiertos con tejas de chilla compensadas con piedras a fin de prevenir avalanchas cuando la nieve empezara a fundirse en primavera. Sobre todas las veredas se prolongaba un tejado permanente y, durante el invierno, estas quedaban delimitadas por muros de tablones colocados en posición vertical, con algún panel de papel aceitado que las transformaba en largas salas; a través de las cuales podíamos recorrer toda la ciudad bajo la meteorología más tempestuosa, completamente protegidos del viento y de la nieve. La iluminación de esas salas era pobre, aunque no eran oscuras, ya que la luz se filtraba bastante bien a través de la nieve. Hasta en las esquinas de la calle, que cruzábamos por los túneles de nieve, teníamos luz suficiente para leer caracteres de un tamaño razonable. En múltiples ocasiones, cuando iba a mi casa desde la escuela, leía mis lecciones en el túnel, haciendo ver que yo era uno de los sabios ancestrales que estudiaban bajo la luz de la nieve.

Echigo, que significa «detrás de las montañas», quedaba tan aislado del resto de Japón a causa de la larga cordillera de Kesa que, durante esos tiempos feudales primitivos, el Gobierno únicamente lo consideraba un gélido puesto fronterizo, idóneo para exiliar a infractores con una posición o influencia demasiado poderosa como para tratarlos como a simples criminales. Los reformistas entraban en esa categoría. En aquellos días, Japón no toleraba bien las reformas, ya fuera en la política o la religión, y un intelectual especialmente progresista en la corte o un monje de mentalidad abierta eran etiquetados como detestables por igual y enviados a algún paraje desolado donde sus ambiciones quedaran aplastadas permanentemente. La mayoría de los infractores políticos enviados a Echigo o bien abarrotaban las tumbas del pequeño cementerio situado allende el área de las ejecuciones, o bien se perdían en alguna casa sencilla entre los campesinos. Nuestra literatura presenta multitud de historias patéticas donde algún joven rico con un título nobiliario disfrazado de peregrino vaga por las aldeas de Echigo, en busca de su padre perdido.

A los reformistas religiosos les fue mejor porque generalmente se pasaban la vida trabajando tranquila e inofensivamente entre la gente. Algunos fundadores de nuevas sectas budistas exiliadas de por vida eran hombres dotados de una gran destreza y sus creencias se expandieron gradualmente de forma tan amplia que Echigo pasó a ser conocido en todo Japón como el bastión del budismo reformado. Desde mi más tierna infancia estuve familiarizada con relatos de bonzos y estaba acostumbrada a ver imágenes budistas de piedra o talladas en las cuevas de las laderas de las montañas en representaciones erguidas —obra de las infatigables manos de esos monjes de la antigüedad—.

Mi hogar se hallaba en la antigua ciudad castillo de Nagaoka. Nuestro núcleo familiar lo formaban mi padre y mi madre, mi honorable abuela, mi hermano, mi hermana y yo misma. Luego estaba Jiya, el siervo principal de mi padre, y mi niñera Ishi, aparte de Kin y Toshi. A veces, otros antiguos criados iban y venían. Tenía hermanas casadas, todas ellas en hogares lejanos, excepto la más mayor, que vivía a medio día de camino en jinrikisha desde Nagaoka; venía de visita ocasionalmente y, de vez en cuando, iba a su casa con ella para pasar varios días en su gran granja con un techo de paja, la cual, antiguamente, había sido la fortaleza de las tres montañas. Las familias samuráis a menudo se desposaban con gente de la clase campesina, la siguiente en rango después de la militar y ampliamente respetada, ya que «quien posee aldeas arroceras sostiene la vida de la nación en sus manos».

[…]

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Autora: Etsu Inagaki Sugimoto. Título: La hija del samurái. Traducción: Bárbara Pesquer. Editorial: Satori. Venta: Todos tus libros.

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