“Este es un momento único y un momento especial, ¿vale? Vamos a recrear una cosa que pasó hace muchos años, una cosa injusta, y vamos a hacerlo con un poquito de emoción”. Esas son las palabras que dice un cámara al inicio del documental de RTVE Lorca, las horas perdidas, las que proclama al grupo de actores que interpretan con cierto aire goyesco el asesinato de Dióscoro Galindo González, Joaquín Arcoyas Cabezas, Francisco Galadí Melgar y Federico García Lorca una noche de agosto de 1936. Sí, es “una cosa que pasó hace muchos años”. Sí, es “una cosa injusta”, pero no me parece justo hacerlo así. Todo ello con la imagen de un Lorca vestido con un pijama sucio en el momento de la muerte, destacando entre el grupo como si se tratara de los fusilamientos del 3 de mayo de 1808. La recreación falla porque cae en el revisionismo, en una mirada tendenciosa en la que el peso de la balanza cae en las rencillas familiares, en blanquear la represión que vivió Granada en el verano de 1936.
Recuerdo que en mi intervención hablé, por ejemplo, de que el poeta y su familia mostraron su compromiso político respaldando al Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, o que el hermano de Luis Rosales, de nombre Antonio y tesorero de Falange en Granada, había sido el delator sobre el escondite de Lorca cuando sus enemigos, con Ramón Ruiz Alonso a la cabeza, lo buscaban por la ciudad de la Alhambra. Todo eso se ha cortado en el montaje final. Evidentemente, los autores del documental están en su perfecto derecho de usar lo que crean que necesiten de la hora y media de conversación que mantuvimos. Lo que me preocupa es el uso de mis palabras para que parezca que apoyo otros discursos, aquellos que sostienen que aquello fue una pelea entre familiares. Es como estar dentro del llamado efecto Kuleshov.
No deja de ser curioso el caso Lorca dentro del sangriento verano de 1936 en Granada, cuando fue asesinada tanta gente, como demuestran las cifras del libro de registros del cementerio de la ciudad, volumen hoy “oficialmente” desaparecido. No recuerdo riñas familiares en las muertes de Manuel Fernández-Montesinos Lustau, alcalde de Granada y cuñado del poeta; Constantino Ruiz Carnero, director de El Defensor de Granada; el ingeniero Juan José Santacruz; el rector Salvador Vila; el maestro Dióscoro Galindo González; los anarquistas Joaquín Arcoyas Cabezas y Francisco Galadí Melgar… La lista es larga, tristemente larga, porque hablamos de centenares de personas asesinadas. Se podría alegar, como se dice en el documental, que ellos no escribieron la obra responsable de todo esto: La casa de Bernarda Alba.
Lorca concluyó la redacción del manuscrito de esta tragedia el 19 de junio de 1936. El 24 de ese mes realizaba su primera lectura en casa de los condes de Yebes, con invitados como Gregorio Marañón o su confidente Carlos Morla Lynch. Unas semanas después, el 12 de julio, volvió a leer su drama: realizó una lectura en el domicilio de Eusebio Oliver, el médico del 27, al que acudieron un puñado de amigos, como Jorge Guillén, Dámaso Alonso y Pedro Salinas. Aún tuvo tiempo de darlo a conocer en Granada, antes del golpe de Estado, entre su círculo íntimo en el carmen de Fernando Vílchez. Y nada más, porque La casa de Bernarda Alba se estrenó y se publicó en 1945. Solamente sus amigos supieron del contenido del texto. Lorca no hizo ninguna declaración en la prensa sobre un drama titulado La casa de Bernarda Alba. Así que, llegados a este punto, si la obra tuvo algo que ver con el asesinato, ¿cómo se enteraron los verdugos? Parece difícil imaginar que alguien se fuera de la lengua, pero desgraciadamente ha hecho fortuna la absurda leyenda entre los blanqueadores de los crímenes del franquismo, una tesis que no deja de ser un sinsentido.
Vivimos un tiempo curioso en el que, por ejemplo, se llega a asegurar que Picasso no pintó el Guernica para denunciar el bombardeo alemán en la población vasca. Según el revisionismo más avanzado, Picasso aprovechó una gran tela con una corrida de toros para darle otra lectura. Pese a que todo el proceso está documentado, pese a los testimonios de Max Aub o Dora Maar, nada, que el pintor lo que buscaba era en realidad tomar el dinero de la República y correr. Ya puedes mostrar la realidad, que la absurdidad ya ha calado. En los últimos años, siguiendo estos mismos criterios, incluso se ha puesto en cuestión la salvaje matanza llevada a cabo por el general Yagüe en Badajoz. Lo mismo sucede con Lorca.
Sería bueno que alguna vez el centro que lleva el nombre del poeta en Granada, su Granada, o alguna institución académica de la ciudad, plantara cara a todo esto y organizara un congreso sobre el asesinato con los principales expertos, un diálogo que fuera enriquecedor y que sirviera para dejar las cosas claras. Igualmente, podría ser un buen momento para organizar una exposición monográfica abierta a todos, con documentos originales —como los que guarda el Ministerio del Interior—, aunque mucho me temo que mis palabras caerán en saco roto.
No voy a hacer listado de algunas de las barbaridades del documental, que podría estar mejor asesorado. Sin embargo, es un disparate, por ejemplo, ver a Lorca tocando el piano en casa de los Rosales mientras contempla embelesado una fotografía de José Antonio Primo de Rivera, pese a que nunca fueron amigos, digan lo que digan las fake news del franquismo y sus palmeros. Sonroja que en el escritorio del poeta —se supone que es el verano de 1936 en la recreación televisiva— aparezca un ejemplar de las obras completas que se publicaron en 1956, algo que demuestra la falta de atención histórica en esta producción de la televisión pública.
Pero quería acabar con el pijama. Pedro Cuesta Hernández fue el responsable de vigilar, con otras dos personas, a Lorca y los otros condenados en esa madrugada de agosto de 1936. El periodista Eduardo Molina Fajardo logró hablar con él y preguntarle cómo vestía ese día: “De oscuro. De oscuro, y me parece que llevaba la corbata negra”. Pero en el documental, nada de eso, con pijama claro.
La televisión pública debería ser una herramienta imprescindible para saber de nuestro pasado, diferenciando la realidad de la ficción, distanciando los hechos de las hipótesis interesadas. Porque se empieza con el revisionismo y se acaba en el terreno del negacionismo. La memoria de Lorca no se merece eso, porque fue asesinado, no fusilado, por ser rojo y maricón, en lo que Agustín Penón llamó “la antesala de Auschwitz”. Pero la última palabra dejemos que la tenga Francisco García Lorca, quien, en una entrevista en 1976, aseguraba que “la muerte de Federico tuvo un sentido político”.


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