Pío Baroja publicó en 1908 la historia de una mujer que sale de Madrid disfrazada de campesina, atraviesa media España a caballo y a pie, duerme en ventas, cruza Gredos, escapa por una ventana, vadea un río de noche, atraviesa clandestinamente una frontera, llega a Lisboa y embarca rumbo a Inglaterra. La llamaron La dama errante. Y vaya si lo fue.
Madrid, Alcorcón, Móstoles, Villaviciosa de Odón. Salen de noche, disfrazados de campesinos y con nombres falsos. Él es ahora Isidro García, guarda de la Casa de Campo. Ella, su hija. Llevan el dinero cosido en el forro de la chaqueta, chocolate, queso, pan, una tetera y dos caballos bastante menos heroicos de lo que exige la aventura: Montesina y Galán. Al amanecer dejan Madrid a la espalda. Empieza La dama errante de verdad.
Brunete, Chapinería, Navas del Rey, San Martín de Valdeiglesias. Ya no son un médico famoso y una señorita madrileña. Son dos fugitivos. Llueve. Duermen en pajares y ventas, comen lo que encuentran, se cruzan con guardas, mendigos, pastores, vagabundos y personajes que parecen haber salido al camino exclusivamente para que Baroja pueda contar España como la contó, siglos antes, Miguel de Cervantes.
La Adrada, Piedralaves, Casavieja, Mijares, Pedro Bernardo. Aquí el viaje empieza a convertirse en novela “quijotesca” de aventuras. Hay ferias, cinematógrafos ambulantes, guitarristas, bailarinas, posaderas furiosas, caminos embarrados y conversaciones con desconocidos a los que conviene no contar demasiado. Mientras, María va cambiando. Cada kilómetro la aleja un poco de la muchacha que salió de Madrid.
Arenas de San Pedro, Guisando, Candeleda. Gredos aparece al fondo y el paisaje se hace enorme. En Arenas atraviesan el pueblo, pasan junto al castillo y continúan hacia Guisando. Después entran en la Vera. Aquí el viaje tiene ya algo de western español (Extremadura siempre lo fue): caballos, caminos solitarios, ventas, guardias civiles, personajes que aparecen y desaparecen y, en el horizonte, dos viajeros fugitivos que miran continuamente hacia atrás.
Nuestra señora de Chilla. Un desvío equivocado los lleva hasta la ermita de Chilla. Y allí ocurre una de esas escenas que explican mejor a María que muchas páginas de descripción: durante la misa, la dama errante se sienta ante el órgano y toca lo que recuerda, que no es ni mucho menos música religiosa, sino fragmentos de ópera, Beethoven y Mozart, mientras su padre acciona el fuelle.
Una mujer perseguida por la policía tocando un órgano en mitad de Gredos. Baroja también sabía hacer cine.
Madrigal de la Vera, Valverde, Losar, Jarandilla, Cuacos. La huida continúa entre gargantas, molinos de pimentón y pueblos de la Vera. Galán, el caballo de María, muere en el camino. Ella sigue. En Cuacos el peligro vuelve a acercarse demasiado. Padre e hija escapan de noche por una ventana, continúan a pie hacia Jaraíz y buscan después el camino de Casatejada. Entonces aparece el rio Tiétar. No encuentran puente. Intentan vadearlo, pero el agua sube. Se agarran a un caballo para atravesarlo y llegan a la otra orilla empapados, exhaustos y muertos de frío. Ya no queda prácticamente nada de los dos madrileños que emprendieron el viaje.
Trujillo, Portugal. Los encuentran unos amigos y la fuga cambia de velocidad: del caballo al automóvil. Bajan hasta Trujillo y, seis horas después, cruzan por fin la frontera portuguesa. María llega con los pies destrozados. Su padre tiene que cortarle los zapatos para poder quitárselos. España queda atrás.
Portugal y el océano: Permanecen tres semanas escondidos en un pueblo portugués. Pero tampoco allí pueden quedarse. Un barco, el Clyde, saldrá de Lisboa hacia Londres sin tocar ningún puerto español. Toman el Sudexprés y a las once de la noche aparecen las luces de Lisboa bajo la lluvia. Llegan al muelle. Suben al barco. El Clyde sale hacia el Atlántico en medio de la oscuridad. Aracil se encierra, mareado, en su camarote. María hace exactamente lo contrario. Sube a cubierta.
Hay viento, lluvia, espuma y un mar negro. Y la muchacha, completamente transformada por el viaje y la aventura, como un Ulises moderno, mira la oscuridad desde un barco que la lleva fuera de una patria que ya apenas reconoce.
—Mañana estaremos en Londres.
Después vendrá La ciudad de la niebla. Pero esa es otra historia.
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Autor: Pío Baroja. Título: La dama errante. Editorial: Zenda-Edhasa. Venta: Amazon.






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