A Octavio Vinces
He pensado siempre que la física es la filosofía expresada a través de fórmulas matemáticas. Tuve por ella una fascinación e incomprensión porque mi mente guardaba espacio para otros intereses. En mi clase del bachillerato del Colegio Alemán de Caracas, el mejor alumno era Joaquín Jugo y nos resolvió con una facilidad admirable un problema que consistía en calcular la masa total de un iceberg teniendo en cuenta la superficie externa y un oso polar encima. Todavía recuerdo ese día con la emoción y frustración para este pensamiento concreto que juega a la abstracción para ceñir la realidad. Esa atracción ha regresado y, curiosamente, con un texto literario que ha vuelto a exhibir los misterios y descubrimientos de la física y de la ciencia en los últimos cien años invocando el trabajo de una serie de científicos europeos reputados, en su mayoría alemanes o judíos alemanes. En la película de Cristopher Nolan Oppenheimer se dice que Adolfo Hitler pensaba que era la física era una ciencia judía y de allí su escaso apoyo. Independientemente de la veracidad de la anécdota porque los nazis desestimaron el apoyo a la física teórica y en particular a la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, esa displicencia pactó afortunadamente la pérdida de la Segunda Guerra Mundial, mientras la física avanzaba en los Estados Unidos hacia la división del átomo y sus sorprendentes consecuencias en las armas nucleares de destrucción masiva que definieron el curso de la guerra y el reparto posterior del mundo.
El cautivante recorrido de Labatut hace paradas por los grandes hitos de la ciencia del siglo XX: el mismo año de 1915, Albert Einstein, recibió una carta del físico judío alemán de Frankfurt-am-Main, Karl Schwarzschild, con la solución exacta a las ecuaciones de su teoría de la relatividad con las que definió lo que conocemos hoy en día como los agujeros negros. Como sostiene nuestro escritor, Karl Schwarzschild “creía que Alemania tenía la capacidad de convertirse en una potencia civilizatoria comparable a la antigua Grecia, pero para ello era necesario llevar su ciencia a la altura que ya habían alcanzado su filosofía y su arte, ya que ‘solo una visión de conjunto, como la ve un santo, un loco o un místico, nos permitirá descifrar la forma en que está organizado el universo’.” (Labatut, 50). Aquí hay dos cosas fundamentales para entender el carácter alemán, la saga civilizatoria que se propuso esa sociedad, y el sentido último de esa visión de conjunto. Desde el siglo XVIII, durante los años del Aufklärung, la Ilustración, hasta el siglo XIX y comienzos del XX, Alemania pese a ser un archipiélago de principados, reinos, ducados, obispados, y ciudad libres comerciales, desarrolló un espíritu de búsqueda y construcción de su propia paideia y areté, basados en el ideal griego. Eso tuvo consecuencias en todos los órdenes creativos, en su literatura, en su arte, en su música, en su filosofía, en su educación, en sus universidades, en sus libros. Alemania se tomó muy en serio su rol civilizatorio en continuar el ejemplo griego. Recordemos la frase de Henry Miller sobre Grecia en El coloso de Marusi: “En Grecia se tiene la convicción de que el genio, no la mediocridad, es la norma. Ningún país ha producido en comparación con su población, tantos genios como Grecia. En un solo siglo esta minúscula nación ha dado al mundo cerca de quinientos hombres geniales”. Naturalmente, este afán de construir cultura que partió de la imitación a Grecia (Thomas Mann afirma en las Consideraciones de un apolítico que la esencia de un alemán está ligada a la cultura) se estrelló con la catástrofe destructora que fue la Primera Guerra Mundial y la emergencia de la patota del nazismo. El militarismo de los Junkers prusianos era una contradicción en esas composiciones del espíritu. No en balde, Voltaire dijo que Prusia era un ejército que tenía una nación. La segunda parte de la frase que cita Labatut sobre Schwarzschild es la que más nos interesa a los efectos de este libro, “descifrar la forma en que está organizado el universo”. Porque en relación a encontrar el principio básico, el propio Schwarzschild apunta: “Existe acaso alguna cosa que esté en descanso, alrededor de la cual el resto del universo está construido, o acaso no hay donde aferrarse en esta cadena sin fin de movimientos, en la cual todo parece estar atrapado? ¡Dense cuenta de hasta qué punto hemos caído en la inseguridad, si la imaginación humana no puede encontrar un solo lugar donde dejar caer el ancla y ninguna piedra del mundo tiene el derecho de considerarse inmóvil!” (Labatut, 56).
La frase anterior es fundamental en la formulación de una hipótesis primigenia que anticipe todo lo posterior. El vuelo alto de este texto de Labatut asciende a la metáfora común que vincula la búsqueda de los grandes científicos del siglo XX, particularmente físicos y matemáticos, en su lucha por acercarse al germen fundamental del universo. Si este libro, aun escrito con la prosa elevada que exhibe, fuese exclusivamente un recuento de lo que el mundo terminó siendo con el esplendor científico, perdería mucho de la alquimia universal que nos propone en recorrer el camino para comprender en que se fundamenta el origen de todo lo que somos. A la manera del Génesis en que al principio era el verbo, Labatut va describiendo cada uno de estos grandes hacedores de ciencia y traza desde ellos la preocupación para llegar a la pregunta de si hay un instante en que todo se desencadenó y por qué causas. Alexander Grothendieck, matemático alemán, judío y francés quiso develar las “estructuras que subyacen a todos los objetos matemáticos”. El matemático japonés Shinichi Mochizuki, a quien acusan de ser Satoshi Nakamoto, el supuesto creador de la criptomoneda Bitcoin, leyó la obra “colosal y amedrentadora” de Grothendieck en Princeton y fue encontrado a medianoche delirando con sus textos tras días sin comer ni dormir, hablando de la existencia de un “corazón del corazón” que era la justificación de la naturaleza misma de las matemáticas. La frenética búsqueda de Grothendieck por su misticismo matemático lo llevó a desdeñar la compañía de su familia y cortó todo lazo con la sociedad; se volvió un eremita, un faquir que rechazaba toda comodidad y sólo se sentía a gusto entre los pobres, los jóvenes y los marginados. Al final de su vida llegó a decir: “Tengo el sentimiento irrecusable y blasfemo de conocer a Dios más íntimamente que a cualquier otro ser de este mundo, aunque Él sea un misterio incognoscible, infinitamente más vasto que todo ser de carne jamás creado.” (Labatut, 97).
Uno de los capítulos más entrañables del libro es “Cuando dejamos de entender el mundo”, que retrata las luchas internas y la disputa casi a muerte de las ideas entre el austriaco Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg en las profundidades de la comarca subatómica y la física cuántica inaugurada por Max Planck. Apunta Labatut sobre la solicitud de la ruta original: “Heisenberg vivía torturado … porque las leyes que habían funcionado tan bien para el mundo macroscópico desde Isaac Newton en adelante perdían validez en el interior de los átomos. Heisenberg quería entender qué eran las partículas elementales y desenterrar la raíz que unía todos los fenómenos naturales.” (Labatut, 108) Su conexión con el físico danés Niels Bohr es fascinante porque abre una nueva puerta para la comprensión de la totalidad. Antes de esto, recordemos a Johann Gottfried Herder, que decía que la poesía era la lengua materna de la humanidad. Por otra parte, el maestro Borges se refería libremente a Roger Bacon recordando una frase suya de que Dios había escrito dos libros: el de la naturaleza y el de las metáforas. Bohr le sugirió a Heisenberg que para hablar de los átomos la lengua debía ser la de la poesía, lo que nos lleva a las metáforas de Bacon y la lengua materna de Herder. La división del átomo se enlaza con el origen del universo y de la poesía misma. Dice Labatut sobre las matrices creadas por Heisenberg que describió en un artículo cuasi místico que atestigua la explicación del nacimiento del mundo: “Heisenberg había modelado un sistema cuántico solo en razón de lo que se podía observar directamente. Había reemplazado las metáforas con números y descubierto las reglas que gobernaban lo que ocurría en el interior de los átomos.” (Labatut, 121)
No es fácil entender este corpus de ideas. El sistema ideado por Heisenberg del mundo subatómico está basado en ondas lineales, mientras que el de Erwin Schrödinger crea ondas sinusoidales y tridimensionales alrededor del átomo. Estos gigantes estaban viendo el alma de la creación con unas ondas diferentes y de allí sus encarnizadas hostilidades. Se asomaron a espiar cómo los dioses hacían su trabajo y de qué palabras disponían para nombrar el mundo. Más adelante, Niels Bohr hablaría de complementar ambas tesis. Labatut lo explica para integrar las dos posiciones: “… la ecuación de Schrödinger … era capaz de hilvanar los infinitos de una partícula, todos sus estados, todas sus trayectorias, en una sola trama, la función de onda, que los mostraba superpuestos. Una partícula tenía muchas maneras de atravesar el espacio, pero elegía una sola. ¿Cómo? Por puro azar. Para Heisenberg, ya no se podía hablar de ningún fenómeno subatómico con certeza absoluta. Donde antes había una causa para cada efecto, ahora existía un abanico de posibilidades.” (Labatut, 185) Nuestro autor también se refiere a la Conferencia de Solvay en 1925, en la que Heisenberg y Bohr explicaron la Interpretación de Copenhague por la que los sistemas físicos existen en estados de probabilidad hasta que una medición los obliga hacia un resultado definido. Dice Labatut al respecto: “Como la luna en el budismo, una partícula no existe; el acto de medición la vuelve un objeto real”. También esto nos lleva al famoso gato de Schrödinger que está y no está simultáneamente.
El libro de Labatut es un trabajo literario, no lo olvidemos, pero un texto que ha sido capaz de amancebarse plácidamente con la ciencia y explicarla con las virtudes que ufana la estética creativa. En La odisea Homero cuenta que cada vez que un Dios se encerraba con una mortal o con una diosa, no había esterilidad posible. La fecundidad de este relato permite a quienes nos encandila la ciencia entender o imaginar los fundamentos que encienden y le dan vida a lo que nos rodea. El autor además dedica sus párrafos iniciales a la locura de la guerra en que los aviadores de la Luftwaffe consumían metanfetaminas como el Pervitín para bombardear con euforia y no agotarse en las misiones de vuelo. También era muy popular entre los soldados de la Wehrmacht. La imagen que recuerda Labatut del mariscal Göring drogado, disfrazado de Nerón, y con las uñas pintadas de carmín, nos hace volver a preguntarnos si hemos asegurado que el destino de la humanidad vinculado a la ciencia y su uso dependa de quien la posea y a qué fines la destine. Nos hacemos la misma interrogante con la inteligencia artificial en nuestros días, teniendo en cuenta que el manejo de esos sistemas lo controlan hoy unos plutócratas desatados. En una carta póstuma que encontraron de Fritz Haber, no se arrepentía de haber contribuido al asesinato masivo, sino de haber extraído nitrógeno del aire. Fritz pensaba que había alterado las leyes del universo. Que el futuro podía pertenecer a las plantas si la población mundial disminuía significativamente con lo que estas ocuparían todo con un verdor terrible. De allí el título del libro. Igual sucede con la IA con sus eventuales problemas de la singularidad a la que se refiere Raymond Kurzweil, el triunfo de la máquina sobre el hombre, la dictadura del transmisor, de la nanotecnología, la poshumanidad en pocas palabras. No dejo de recomendar este libro de Benjamín Labatut. Sucede que al terminar su lectura tenemos la tentación inescapable de releer sus iluminados párrafos.


La amenaza siempre latente no es “el terrible verdor” es el terrible desierto, porque es fantasía que somos “Homo Sapiens”, somos “Homo Bellicus” y somos los grandes creadores de desiertos, y con las armas atómicas podemos destruir el planeta en horas, lo que hacemos en cámara lenta con la contaminación ambiental, pero somos tan irracionales como ese científico quien no se arrepintió de crear un arma de destrucción masiva, un potente gas venenoso probado en guerra y en el Holocausto, pero si se arrepintió de abaratar la producción de abonos con la extracción del nitrógeno del aire, que antes se producían con la petroquímica y antes eran naturales, como el guano, la acumulación de los excrementos de aves marinas.
Claro, para una persona que vive bajo espejismos, tal invento para masificar y abaratar la producción de abonos, porque lo inventó un alemán, lo cree más importante que la invención y masificación de la máquina de vapor, que logró abolir la esclavitud a finales del siglo XIX, una vieja y generalizada “institución”, en realidad la suma de todos los crimenes, que acompañó a la Humanidad durante milenios y solo ayer en términos históricos fue abolida aunque el Cristianismo de Jesucristo (no el de los Papas y otras jerarquías de Iglesias distintas a la Catolica) la condenó desde el primer momento, en el siglo I de nuestra Era. Claro que las verdades del mundo son difíciles de entender para quienes viven bajo Espejismos. Los marxistas y los fascistas vivieron y viven bajo el Espejismo Espartano y muchos alemanes y venezolanos viven bajo los Espejismos Alemán y Venezolano, según los casos, algunos bajo el peso deformador de la realidad de ambos Espejismos en forma simultánea. Así quienes viven bajo el Espejismo Alemán, con la mentira de ser Alemania la nación más culta y avanzada de Europa antes de Hitler y el Holocausto, no se explican como perpetró tamaña monstruosidad. No entienden la verdad histórica, que Alemania no era la nación más avanzada ni culta de Europa, era una nación sin tradición democrática (la Democracia Parlamentaria le fue impuesta por sus vencedores en la Primera Guerra Mundial), era la nación más racista de la racista Europa de primera mitad del siglo XX y ya había perpetrado el Primer Genocidio del siglo XX cuando el Ejército Expedicionario Imperial Alemán bajo el comando del General von Trotta, por órdenes del Kaiser Guillermo II, mató sistemáticamente, por racismo, a más de 160 mil inocentes negros africanos de los pueblos Herero y Nama en la actual Namibia, en entre los años 1904 y 1908, que los esclavizo para matarlos con trabajos forzados sometidos a esclavitud, los mató de hambre o a balazos, los usó como si fueran animales para experimentos médicos (el padre de Hermann Goering fue el doctor Muerte, el Mengele de los campos de exterminio alemanes en Namibia) y todo esto sin oposición, condena, protesta, queja o reclamo de la prensa alemana, ni de los políticos, intelectuales ni científicos alemanes, cuando Namibia vivió la terrible desgracia de ser colonia de una de las naciones más racista del mundo, Alemania, en la que aún existen millones de tarados morales que votan o quieren votar por los descerebrados Neonazis, porque fue incompleto y fracasado el proceso de “desnazificación” después de su aplastante derrota en la II Guerra Mundial, porque se impuso la Guerra Fría y porque tanto el Capitalismo Occidental como el Comunismo Soviético fracasaron en eliminar el racismo y el fanatismo religioso que fue alimentado durante siglos por la Iglesia Catolica y las Iglesias Protestantes (Martín Lutero llamó a discriminar, perseguir y expulsar a los judíos), cuyos clérigos en hecharon leña al fuego contra los judíos en Alemania, lo que explican como un pueblo ignorante y fanático terminó apoyando a homicidas en masa, que protagonizaron el mas terrible Genocidio que recuerda la Humanidad, y aunque el pueblo Judío fue la principal victima, también asesinaron gitanos, eslavos, negros y mestizos. Tales barbaries fueron perpetradas por Nazis de Alemania y Austria (con el auxilio de otros racistas de Europa), y por esto algunos piensan que el proceso de civilizacion de las antiguas tribus germánicas que no conocían la escritura y solo construían rudimentarias cabañas de troncos, fue un proceso parcial o incompleto por los civilizadores de la Antiguedad Romana y por esto existe el peligro de retroceso a sus antiguas tradiciones arcaicas, a sus atavismos y delirios de grandeza racial y cultural. Quiera Dios que la extrema Derecha no conquiste el poder político en Alemania y que no reincida otra vez en guerras de conquista ni de exterminio racista, porque esta vez, por el poder desmesurado de aniquilación de las armas atómicas, químicas y biológicas, puede ser la última Guerra Mundial. Después, si algo queda, será un desierto radioactivo y algunos tontos de capirote dirán que se arrepienten de curar una enfermedad pero nunca de crear las armas que pondrán fin a la Humanidad, porque la esterilidad de la especie humana o del ambiente, extinguirá a la Humanidad en una o dos generaciones. Quiera Dios que los alemanes abandonen sus desvaríos de ser ellos un pueblo superior o que existen para llevar “su cultura” al mundo, que olviden sus sueños de dominio o grandeza o como quieran disfrazar con palabras sus ambiciones, porque esta vez no solo Alemania sufrirá las consecuencias de sus delirios de grandeza, Toda la Humanidad puede ser exterminada en una Guerra Total por otro loco de la caterva de Hitler, o de Stalin o de Pol Pot o quien quiera inicie una Guerra que sería la ultima, porque la desgracia de unos Neonazis ganando elecciones en Alemania no solo es un problema para la gente sensata de Alemania, es un problema para toda la Humanidad, incluida el actual Protectorado Petrolero de Venezuela, desde 1998 hasta 2025 Colonia Petrolera de la Dinastía Castro de la Monarquía Comunista de Cuba por REGALO de un orate disfrazado de militar que ganó las elecciones en su hoy desdichado país, y hasta en Costromo, que mal vive bajo el yugo hambreador y tiránico de Los Macheteros.