Es de suponer que un día como hoy, el treinta de septiembre de 1897, Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz —María Francisca Teresa Martín de nombre secular— ascendía a la gloria de Dios. “¡Oh!, ¡le amo!… Dios mío… te amo…”, fueron las últimas palabras que le escucharon sus hermanas en el carmelo de Lisieux (Normandía), mientras a ella se la llevaba la tuberculosis, como a un poeta romántico. Apenas tenía veinticuatro abriles cuando el Sumo Hacedor la llamó a su seno. Aun así, pese a la brevedad de su existencia, a decir del papa Pío X, vivió lo bastante como para convertirse en “la santa más grande de los tiempos modernos”.
Hasta ahí, nada especialmente singular, para lo que es la experiencia de una mujer piadosa: se estudiaron sus virtudes y milagros, el momento en el que fue iluminada por la gracia, y en 1997 Juan Pablo II la proclamó doctora de la Iglesia. Y hasta parece procedente compararla con la doncella de Orleans. Teresita de Lisieux y Juana de Arco —la Pucelle— son figuras muy queridas en Francia y en la tradición católica. Aunque sus vidas fueron muy distintas, a veces se las menciona juntas como dos jóvenes francesas que inspiraron a muchos por su valentía y su fe.
Lo verdaderamente singular en Santa Teresita es la influencia que ejerció sobre un escritor como el austriaco Joseph Roth mediados los años 30 del pasado siglo. Porque en Roth, el más agudo y sarcástico cronista de la decadencia y caída del imperio austrohúngaro —Fuga sin fin (1927), La marcha Radetzky (1932), La cripta de los capuchinos (1938)—, uno de los grandes de las letras centroeuropeas —de origen hebreo para más señas—, cuesta imaginar a un hombre piadoso. Verdaderamente incomprensible para los nacidos en esa época de la que nos habla Fernando Pessoa en El libro del desasosiego (1912-1934) —que atribuye al más famoso de sus heterónimos, Bernardo Soares—, un tiempo en el que “la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué”.
Tiempo de espectro largo —el referido por Pessoa a través de Bernardo Soares— que podría remontarse desde nuestros días hasta la práctica totalidad de la centuria pasada. Y ahora, que hace más de un siglo que negamos la fe que nos inculcó nuestra madre como si los enemigos del comercio nos hubieran camelado; y otro tanto de que para dar gravedad a nuestros textos nos entregamos con determinación a los adverbios que indican inevitabilidad terminados en “mente” —irrevocablemente, inexorablemente, ineludiblemente…—; y todo fue, sencillamente, que dejamos de atender a las ingenuidades.
Sin embargo, ahora parece que, vía Joseph Roth, la santa de los diminutivos —que nunca escribiríamos si no fuera para hablar de ella— aún nos conmueve con uno de sus milagros, como cuando un autor nos pone en la pista de otro.
“Dios nos guarde a todos los borrachos una muerte tan dulce y dichosa”, viene a concluir, más o menos, La leyenda del santo bebedor (1939), una novela corta, casi un relato, escrito por Joseph Roth, poco antes de morir ese mismo año, en circunstancias más que semejantes a la muerte que él mismo había dispuesto para Andreas Kartak, su protagonista de aquellas páginas, ambientadas en el París de 1934. Sí señor, Joseph Roth anticipó en su personaje su propio óbito. Santa Teresita de Lisieux no es un mero recurso argumental. Constituye el núcleo teológico, simbólico y biográfico del relato.
La Caminito (Petite Voie), que también llaman en sus plegarias sus devotos a Santa Teresita, revolucionó la espiritualidad católica del siglo XX con la teología de la infancia espiritual: la idea de que la gracia y la santidad no se alcanzan mediante grandes actos heroicos o una perfección moral impecable, sino reconociendo la propia menudencia y dejándose sostener por la misericordia divina como un niño. Andreas Kartak es la encarnación perfecta de esa indefensión. Es un clochard alcohólico —como el común de los vagabundos—, débil, despojado de estatus y constantemente derrotado por sus vicios. Un perdedor nato.
Sin embargo, conserva una fe sencilla y un sentido del honor ingenuo: no quiere el dinero que un desconocido le ofrece poco menos que regalado, pero lo acepta a modo de préstamo. Se ofrece, eso sí, a saldar la deuda entregándosela a la “pequeña Teresa” en la capilla de Sainte-Marie des Batignolles, que es donde le rinden culto los parisinos y los foráneos a La Caminito. Andreas no se salva por sus méritos morales, sino por su inocencia fundamental y su disposición a recibir la gracia. Cada vez que consigue dinero para saldar su deuda de 200 francos, cae de nuevo en la tentación —la priva, los amores de pago, los amigos de un ciego…—. Lejos de la culpa punible —en su primera confesión, la santa a la que Andreas venera a su modo ignoró el miedo y los escrúpulos, y esto la llenó de júbilo— la novela plantea que la gracia insistente se manifiesta a través de Santa Teresita, que, cuando era una niña en Lisieux y rogaba por los asesinos, si, ya en el cadalso, estos besaban desesperados el crucifijo, Teresita entendía que sus plegarias se habían atendido.
La pequeña Teresa representa una santidad maternal e indulgente que no exige que Andreas se desintoxique o sea un ciudadano ejemplar para amarlo. Cuando finalmente muere en la sacristía, tras colapsar buscando a la niña que él confunde con la propia santa, Roth culmina la novela pidiendo esa muerte dulce y dichosa para todos los borrachos. Y cualquiera que entienda aquello que se nos da yendo en busca del don de la ebriedad, ese momento en que una copa es demasiado y cien no son suficientes, o haya visto a La Parca sonreírle en el fondo del vaso, se da por aludido, aunque haya dejado la priva hace ya dieciséis años.
Para Joseph Roth, judío de la diáspora galitziana, exiliado en París, arruinado por la bebida, abrumado por la destrucción del Imperio austrohúngaro y la amenaza nazi, La leyenda del santo bebedor es un testamento espiritual autobiográfico. Durante sus últimos años en el exilio parisino, Roth coqueteó con el catolicismo como una búsqueda de trascendencia, orden y consuelo espiritual. Santa Teresita gozaba de una devoción masiva en Francia en los años 30. Para un hombre destruido por la adicción y la expatriación, la figura de la santa del amor incondicional representaba el único puerto de paz posible donde ni el fracaso personal ni la indigencia impedían el perdón divino. Santa Teresita actúa como el puente entre la miseria terrenal de Andreas y la dignidad trascendente: la prueba de que incluso una vida rota puede ser objeto de la mayor de las virtudes y de una muerte bendecida.
Y unos cincuenta años después, el gran Ermanno Olmi llevó al cine La leyenda del santo bebedor (1988), una obra maestra con Rutger Hauer recreando a Andreas y La Caminito inspirando a todos con su gracia.


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