«Cuando me nombras, desaparezco». De manera similar a la antigua adivinanza castellana, si yo quiero hablar de él, lo tengo que romper. ¡Qué curioso el uso de este verbo! ¿Por qué se dice romper el silencio en vez de cualquier otra expresión más suave, como cortar, parar, interrumpir…? Ese verbo, romper, sugiere una cierta violencia y presupone, querámoslo o no, un acto de fuerza, como si destruyésemos algo. De manera complementaria, solemos referirnos al silencio como una carga, una barrera o algo dotado de gravedad. Podría parecer en principio que el silencio, como el vacío, es algo leve, liviano, quizá tenue, pero nuestro lenguaje nos delata y hablamos del peso del silencio como quien describe una opresión. Quizá por eso usamos el término romper.
Podría parecer que me demoro en disquisiciones fútiles, pero cualquiera que haya reflexionado unos instantes sobre el silencio sabe que uno de sus rasgos fundamentales, quizá el primero que salta a nuestra consideración, es su carácter paradójico. Empezando, claro está, porque es imposible hablar de él sin violentarlo (¡como nos delata el lenguaje!) No se puede hablar del silencio sin traicionarlo. Todos los que escribimos sobre el silencio y, por supuesto, quienes más lo ponderamos, somos sus mayores o más pertinaces traidores, aunque no gritemos, aunque no hagamos ruido. En rigor, el silencio solo admitiría silencio y acaso ni siquiera esto podría expresarse.
Como cualquier otro tratadista del silencio, Lola Pons no ha tenido más remedio que asumir esas contradicciones como punto de partida. Su libro se titula El dedo en los labios y, por tanto, para cumplir el propósito que más claramente revela el subtítulo, El silencio en la historia de la lengua española, ha decidido con todas sus consecuencias tomar como referente y marco cognoscitivo la situación opuesta para analizar el tema que trata. Las mismas ilustraciones de la portada lo ponen de relieve: el silencio se entiende mejor como dejar de hablar —callar— y no hay mejor símbolo para acercarse a esta realidad que unos labios sellados, sea como sea. Y si no, una orden terminante: shhh, chhh, chisss, chitón. O un gesto: el dedo índice colocado de forma transversal e imperativa junto a los labios cerrados.
Y, enseguida, un reconocimiento, que no deja de ser una paradoja más: sobre el silencio se ha escrito mucho, sobre el silencio se han dicho muchas cosas, hasta el punto de que es difícil aportar algo original o distinto en todo lo que concierne a él. Lola Pons, una autora de reconocido prestigio, catedrática de la Universidad de Sevilla, investigadora y divulgadora de fecunda trayectoria intelectual y larga producción bibliográfica, lo sabe bien. Tratar del silencio en tono accesible en un volumen de algo más de doscientas páginas (sin contar la bibliografía comentada) no es tarea fácil. Por lo pronto, es inevitable acotar estrictamente el tema para no dispersarse en sus implicaciones religiosas, filosóficas, antropológicas o artísticas. Y eso es lo que ha hecho la autora.
Salta a la vista ya desde las páginas iniciales que su atractivo ensayo es la obra de una experta en la cultura española o, más en concreto, en la literatura hispana. Podría precisar aún más y no sería cuestión baladí, acotando que su interés principal está en la lengua, en sus usos, en las etimologías, los préstamos y las derivaciones, o en el distinto significado de las palabras según el contexto. En ese fluir se inserta el silencio, como negación pero también como una continuidad que se desarrolla por otros medios. Porque a veces el silencio es más elocuente que las propias palabras. Dice más sin decir nada. Por eso dice mucho. Pero, eso sí, hay que saber utilizarlo. Y hay maestros del silencio, como hay maestros en los refranes o en el habla popular.
Hablamos a menudo de juego de palabras, como si las palabras jugaran. La realidad es que nos convertimos nosotros en prisioneros mentales de un juego que no controlamos. Cuando el silencio se introduce como un comodín en nuestro discurso y en nuestra vida, creemos dominarlo, pero más bien da muchas veces la impresión de que él nos domina a nosotros o, al menos, goza de una autonomía que se nos escapa. Ello es así porque el silencio posee una gravedad o una densidad o una trascendencia que se nos imponen a menudo con una fuerza superior a cualquier discurso. No en vano las ceremonias más solemnes y elevadas reclaman silencio. Silencio absoluto. ¿Quién se atreve a romperlo entonces?
Me callo, entonces. Se callan también los demás. Nos callamos todos. Guardamos silencio. ¡Otra expresión feliz! ¿Se guarda el silencio? ¿Dónde lo guardamos? Y si solo se guarda lo valioso, debe ser que, en el fondo, todos convenimos en que siendo el hombre el animal locuaz por definición, al final resulta que nuestro verdadero tesoro es el silencio. De hecho, buena parte de las acciones humanas que reputamos más valiosas exigen silencio: la introspección, la concentración, la relajación, la contemplación… La inmensa mayoría de las actividades creativas del ser humano solo pueden hacerse en silencio: imaginar, inventar, escribir, componer, meditar…
Pero no nos engañemos encareciendo ahora o incluso dulcificando el silencio. Porque el silencio presenta también una faz menos complaciente. Ya lo hemos dicho: el silencio impone. Demos un paso más: el silencio da miedo. Lo saben bien los críos de corta edad. No hay nada que los aterrorice más que una presencia o una situación silenciosa. Y no solo los pequeños sienten ese temor reverencial hacia el silencio. Los poderosos saben también cómo administrar su silencio para infundir temor reverencial a su alrededor. En última instancia, reconozcámoslo: el silencio es también el aliento de la muerte. La muerte llega en silencio. E incluso cuando en principio no es así, luego se extiende como un manto: silencio de muerte, solemos decir.
Estas ligeras reflexiones me las ha suscitado la grata lectura del texto de Lola Pons. Algunas de ellas, o parecidas, las puede encontrar el lector en el propio libro. De este modo, tanto la autora como yo, que la he seguido hasta aquí, hemos preferido cambiar nuestro depósito de silencio, nuestro tesoro, por este valoración matizada que solo puede hacerse con su antítesis, o sea, las palabras. Pero yo al menos —aunque supongo que a ella le pasará lo mismo— me consuelo pensando que en el fondo la contradicción, o la incongruencia si se quiere, merecía la pena. En las coordenadas humanas no cabe lo absoluto: amar el silencio es también traicionarlo. Si él pudiera hablar, seguro que me (nos) lo perdonaría.
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Autora: Lola Pons. Título: El dedo en los labios. El silencio en la historia de la lengua española. Editorial: Taurus. Venta: Todos tus libros.


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