En el 50 aniversario del estreno de la mítica Rocky, llegan a las librerías las memorias de uno de los grandes actores de nuestro tiempo: Sylvester Stallone. Un relato íntimo, franco y lleno de humor sobre los años de rechazo, aprendizaje y obstinación que llevaron a Stallone desde la precariedad hasta la creación de una de las historias de superación más universales del cine.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de Los escalones (Plaza & Janés), de Sylvester Stallone.
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PRIMER ESCALÓN
NUEVA YORK
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De vuelta en la cocina
Al salir de la terminal de autobuses de Port Authority, tras diez horas en un avión y dos en un autobús, me recibieron una oleada de calor y una explosión de ruido para las que no estaba preparado. La increíble algarabía de voces humanas, el chirrido de las maletas arrastradas por el linóleo y el suelo de cemento, el estruendo del tráfico incesante y de los bocinazos de los coches por encima de la música que bramaban sus radios…: todo a la vez asaltaba mis sentidos como la luz del sol a través de una lupa e incendiaba el aire veraniego de Nueva York en una ráfaga de fuego infernal y de actividad humana.
Estaba a punto de anochecer, no tenía donde dormir y no conocía a una sola persona en aquella ciudad gigantesca de millones de habitantes. De verdad. No sabía a dónde ir. Salí a la calle y me encontré caminando entre extraños. Miré los letreros para orientarme: calle Cuarenta y dos y Octava Avenida. Aquello me sonaba. Nuestro primer apartamento, cuando yo era un bebé, estaba en la calle Cuarenta y seis con la Novena Avenida, en el corazón del barrio conocido como Hell’s Kitchen, la Cocina del Infierno. No quedaba muy lejos. Decidí darme un paseo hasta allí, donde todo había comenzado.
Nací el 6 de julio de 1946, para sorpresa de mi madre. Ella nunca había deseado tener hijos, de modo que vivió su embarazo en una completa negación hasta que se puso de parto mientras iba en autobús un sábado por la tarde. Un amable pasajero la ayudó a bajarse y la acompañó al hospital más cercano, que resultó ser una institución benéfica que atendía a la gente de clase trabajadora.
El parto fue difícil.
Hubo complicaciones.
Yo no acababa de bajar por el canal de parto, así que un miembro del equipo médico utilizó fórceps para sacarme. Eso entraña ciertos riesgos. Si la cabeza del bebé está mal colocada, puede causar lesiones permanentes, como fracturas de cráneo, traumatismo cerebral, trauma facial y ocular, y el tipo de lesión que sufrí yo: parálisis y desfiguración permanente. Me aplastaron sin querer un nervio, lo que me dejó parcialmente paralizado el lado izquierdo de la cara. Eso cambió mi vida para siempre. Me quedé con la boca torcida y un balbuceo permanente. Qué se le va a hacer. Nuestro apartamento era un sitio diminuto, lo que entonces se llamaba un «piso de agua fría». Tal como su nombre indica, no tenía agua caliente, cosa que hacía casi imposible lavar los platos. Meterse en la bañera, sobre todo en invierno, era algo brutal, así que no se hacía muy a menudo. Mi madre hervía agua en la cocina de gas, la mezclaba con el agua helada de la bañera y me limpiaba como podía con una esponja. Cuando no usábamos la pequeña bañera para su propósito ordinario, que era la mayor parte del tiempo, poníamos encima una tabla de contrachapado para que sirviera de mesa de cocina y… arreglado.
El alquiler era de unos quince dólares mensuales. Sin calefacción central. La cocina tenía un único fogón con una pequeña parrilla encima. Pasemos ahora a la diversión. Mi padre tapaba los agujeros del zócalo con fibra metálica para impedir que entraran ratas. Él creía que no se la comerían porque se les engancharía entre los dientes. Pero, por si acaso, doblaba la tapa de una lata grande de tomate y la ponía también contra el agujero.
No hace falta decir que no teníamos gran cosa cuando yo era pequeño. Mi primera cuna fue el cajón de una cómoda con una almohada. Luego evolucionó a un tipo de invento que tenía encima tapa y cerrojo. Parece una crueldad, pero era por mi bien, porque yo había nacido con una hiperactividad volcánica.
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Autor: Sylvester Stallone. Título: Los escalones. Traducción: Santiago del Rey Farrés y Jesús de la Torre Olid. Editorial: Plaza & Janés. Venta: Todostuslibros.




Acierto de edición. Un tipo a quien merece la pena conocer, a pesar del destrozo que hizo Santiago Urrialde en su día. Sí encima escribe bien, lo voy a gozar.