Los relatos de este libro muestran un Japón en el que una abuela con neuralgias puede tensionar una casa, en el que una dama del periodo Heian huye con un monje y termina aterrada frente al mar, donde una fotografía deteriorada guarda más vida que muchas novelas enteras y donde una joven estrella de cine descubre que la fama no alivia el vacío.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas del relato El bosque en floración, presente en la compilación El bosque en floración y otros relatos (Alianza), de Yukio Mishima.
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El bosque en floración (1941)
«Esa mujer moría en el bosque en floración.
Esa mujer sabía que en otro lugar había un bosque
mucho más verde».Charles Cros
Preámbulo
Desde que llegué a esta tierra he notado cómo mi corazón envejecía misteriosamente al tiempo que nutría la sensación de un profundo aislamiento. Este lugar nunca ha guardado relación alguna conmigo ni con ninguno de mis ancestros, pero quién sabe si un día no nacerá entre nosotros un estrecho vínculo, un nexo que heredará toda mi descendencia. Pensaba en ello mientras subía los angostos escalones de piedra cubiertos de musgo de la parte trasera de la casa. Conducían a un espacio de alrededor de dieciséis metros cuadrados imposible de disfrutar a no ser como observatorio panorámico. Cada vez que subía allí en busca de un poco de soledad el silencio calaba despacio en mi alma, liberaba mi mente de pensamientos y después solo quedaba espacio para una ardiente nostalgia del pasado.
Volvía a menudo sobre mis recuerdos y al hacerlo comprendía su insignificancia, su inutilidad. Llevado por mis prejuicios pensaba que volver a las cosas del pasado era como habitar las cáscaras vacías de vidas anteriores. A veces las confundía con frutas saborosas que se extendían hacia el futuro, pero en realidad no eran si no el efímero consuelo de quien ha perdido el vigor, quien se ha perdido en el presente.
Esas afirmaciones tan categóricas, típicas de una juventud febril, se remontan a algunos años atrás, a un tiempo en que los prejuicios todavía determinaban mi modo de pensar aun cuando no me demoraba mucho en ocuparme con reflexiones completamente distintas.
Los recuerdos se convirtieron para mí en la prueba más esencial del presente. Sentimientos como el amor o la devoción resultaban demasiado inocentes para esa realidad porque podía identificarlos en la realidad cotidiana, de manera que sentía la necesidad de acudir a los recuerdos para reconocerlos y darles así su justo significado. Los recuerdos eran una fuente que había descubierto después de revolver montones de hojas, una fuente donde por fin se reflejaba la bóveda celeste.
Todos tenemos multitud de ancestros. Habitan en nuestros cuerpos, en nuestras almas bajo la forma de una pasión fabulosa. No obstante, en ocasiones abandonan su morada y se yerguen delante nuestro a una distancia tan terrible como tormentosa. Otras veces los encontramos por las vías más misteriosas. Tal vez haya quienes apenas lo sospechan, pero la realidad es esa.
En esos días espléndidos en los que la luz del sol se filtra a través del follaje de los árboles, salimos a pasear y nos acercamos al parque. Después de atravesar la cancela nos entregamos al placer de sumergirnos en esa atmósfera de paz y dejamos que los amplios espacios desiertos despierten en nosotros una sutil nostalgia. Los dedos aprietan la empuñadura del bastón de paseo que, de pronto, ha dejado de sernos de utilidad y llevamos solo por si acaso. Su superficie recuerda entonces el tacto del yelmo de la armadura de la familia que, en un pasado lejano, se nos permitió acariciar durante uno o dos segundos.
Es en estos momentos señalados por el destino cuando a menudo sucede algo.
Lejos, en un banco junto al estanque sobre cuya superficie juegan los rayos del sol, alguien descansa, inmóvil. De pronto, el hombre se vuelve hacia nosotros y sin razón aparente se levanta y sonríe feliz. Poco después camina con paso decidido en nuestra dirección, como si atravesase la luz destilada por las hojas de los árboles. Contemplamos la escena llevados por una excitación infantil, convencidos de haberlo visto ya. Pero superada una cierta distancia, esa persona afable que se diluye como un pez en el agua azul, se disuelve de improviso bajo la luz del día. Mi descripción evocará, tal vez, la imagen de un viejo distinto vestido con un elegante quimono rematado con emblemas nobiliarios. En realidad, esa imagen que puede resultar muy sugerente y apropiada es extraña. Casi siempre se trata de un joven con chaqueta y corbata o de una mujer joven. No se les puede asignar una fisionomía precisa, pero nos damos cuenta de que, como si se hubieran puesto de acuerdo, presentan todos el mismo semblante digno y sobrio. Dirigen hacia nosotros su mirada desde muy lejos, como atraídos por alguna clase de imán que ocultásemos en nuestro interior. La sonrisa revela un deseo, un anhelo conmovedor cercano a la adoración…
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Autor: Yukio Mishima. Título: El bosque en floración y otros relatos. Traducción: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Editorial: Alianza. Venta: Todos tus libros.


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