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La tilde de los mártires

Durante tres meses trabajé como corrector en un periódico regional. En la redacción, entre llamadas e impresoras, los periodistas dejaban sobre nuestras mesas los artículos que debían estar listos antes del cierre. Éramos dos correctores. Revisábamos erratas, tildes, concordancias y cualquier frase que hubiera quedado torcida por las prisas.

Trabajábamos diez días seguidos, desde las cuatro de la tarde hasta la medianoche, y descansábamos cuatro. Yo cobraba algo menos de 800 euros al mes. El alquiler de un piso pequeño se llevaba más de la mitad y, una vez pagados los gastos, apenas quedaba nada.

Otros trabajadores de la redacción y algunos becarios ganaban cantidades parecidas a la mía.

"Me acerqué a él con el papel y le señalé la falta. Me respondió que se le había escapado la tilde por el enfado que le provocaba aquella injusticia salarial"

Una tarde, el director me dejó sobre la mesa un artículo en el que denunciaba la situación económica de los sacerdotes. Según escribía, cobraban alrededor de 800 euros mensuales, una cantidad que le parecía indigna para quienes sostenían espiritualmente a la comunidad. En algún momento utilizó la expresión «sueldo de mártires».

En el texto, mártires estaba escrito sin tilde.

Me acerqué a él con el papel y le señalé la falta. Me respondió que se le había escapado la tilde por el enfado que le provocaba aquella injusticia salarial. Así, al menos, recuerdo el sentido de sus palabras.

No lo dijo con ironía. Su indignación parecía verdadera. La situación de los sacerdotes le resultaba tan injusta que hasta aquella falta quedaba ennoblecida por la causa.

Yo cobraba menos que sus mártires. No se lo recordé.

"Creo que el director reconocía sinceramente una injusticia, pero solo cuando aparecía dentro de un mundo al que se sentía unido"

Durante algún tiempo interpreté la escena como una simple muestra de hipocresía. Ahora no estoy tan seguro. Creo que el director reconocía sinceramente una injusticia, pero solo cuando aparecía dentro de un mundo al que se sentía unido. Su compasión no era falsa. Terminaba justo donde empezaba la redacción.

Es más fácil indignarse por un sufrimiento cuyo remedio depende de otros. Para denunciarlo basta con escribir, firmar, lamentarse o exigir que alguien actúe. La injusticia cercana resulta más incómoda porque reconocerla puede obligarnos a renunciar a una ventaja, modificar una decisión o pagar más.

Coloqué la tilde en mártires y devolví el artículo.

Sobre mi mesa quedaban todavía varios textos y faltaban horas para el cierre.

El artículo salió con la tilde en su sitio.

A final de mes yo seguiría cobrando menos que sus mártires.

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