Estos días se está volviendo todo muy literal. De una manera asombrosa e inabarcable. Nadie se libra de este conflicto con la realidad. Todos miramos a nuestro alrededor y medimos nuestras palabras con regla, cartabón y cinta métrica por temor a que de nuestras bocas salgan sapos y culebras. Las calles se están inundando de anfibios y reptiles de todo tipo. Pero más miedo aún tenemos de que los políticos lancen sus dardos envenenados; ya han sido hospitalizados un par de asesores, un archivero y una administrativa y aún se anda buscando un antídoto para la ponzoña. En vista de lo acontecido, el resto de políticos han seguido usando sus escudos de frialdad, esquivando los proyectiles y ocultando los pañales de sus proyectos de discurso honorable. Eso sí, desde que uno de los miembros de la oposición explotó de rabia, los otros se curaron en salud y evitaron estallar en vítores para no pintar la sala con el carmesí de sus vidas.
Recuerdo esos tiempos pasados en los que me rompieron el corazón y me partieron el alma. Doy gracias porque sea cosa pretérita y no presente, si no estaría destrozado. Los quirófanos no dan abasto y solo aquellas víctimas que tienen el músculo de piedra son capaces de salir airosos de los lances amorosos. Esos mismos, por mucho que les pese el pecho, no caen en ese pozo depresivo ni tienen que temer desaguarse, a través de sus ojos; esos ríos de tristeza ya estaban secos, contenidos por la presa de hielo del que no goza de mariposas en el estómago de las que se tenga que deshacer. No como Marilia y Tono. Ella tiene que abrir su boca llena de perlas para que los insectos alados se escapen de su garganta y él apenas puede mirarla por temor a quemarla con esas brasas que arden con pasión tras sus pupilas.
El otro día, Miguel y yo comparábamos nuestros kilos en la báscula de la farmacia. Él porque decía que el peso de los años se le había incrustado en la curva de la espalda y yo porque me acababa de dar un atracón de películas y me sentía empachado. «No debí devorar aquellos libros», le confesé, como si aquello —que otrora fuera de lo más normal— se acabara de convertir en un pecado. Tuvimos buen cuidado de no exponer nuestro júbilo en la sobremesa para que aquel ladrón que repartía felicidad no nos robara la sonrisa. Ya se había hecho con las de todos los de la mesa de al lado y ahora todos parecían recién salidos de un funeral. Lo que no pudimos evitar fue la caída a pesar de que la televisión estaba de fondo; la noticia nos golpeó tan fuerte que las sillas salieron disparadas y casi vuelca la mesa con platos y todo.
Una vez en calma de nuevo, Miguel me contó que se había encontrado en un mar de dudas la semana pasada y que estuvo nadando durante horas, intentando mantenerse a flote. Tuvo que ponerse las pilas (y se levantó la camiseta para que viera el compartimento de las baterías) para poder llegar antes de que cayera la noche, porque en su zona ya había unos cuantos que habían desaparecido tras las dentelladas de sus fauces. Y él, que siempre había sido de los que no se ahogan en un vaso de agua ni ha tenido la piel de seda, me confesó que se andaba con ojo para que no le pusieran la zancadilla. Quería volver a estar en la cresta de la ola, deshacerse de ese plomo en las alas (que mantenía ocultas a duras penas bajo la camiseta) y arrancarse de una vez por todas esa espina del recuerdo que lo atravesaba de lado a lado y de la que yo intenté tirar para sacársela en vano.
Nos acordamos del pozo sin fondo que siempre había sido Fede o mi yo de aquellos tiempos y lamentamos que ahora apenas pudiéramos comer sin protector de estómago. Apuramos el café y Miguel sacó una esfera de latón del bolsillo, era uno de esos antiguos relojes con cadenita. «Mi reloj biológico», dijo. Yo no tenía ninguno. Tampoco me preocupaba. Nunca me ha preocupado, de hecho. El motor de mi vida estaba ahora encendido y en marcha. Así se lo hice saber. Nos despedimos con un abrazo más largo de lo habitual. Ambos regresábamos a nuestras respectivas cuevas con esas pequeñas nubes sobrevolándonos, lanzando sus rayos de esperanza y relámpagos de genio. No era necesario haber nacido con estrella ni alcanzar la cumbre. Era pan comido. Pensé en cómo lo estarían llevando los ecologistas. Digo lo de la literalidad. Los imaginaba planchando la inmensa falda de la montaña o cabalgando por la espina dorsal del país, respirando al unísono en mitad de uno de esos pulmones del planeta o tratando de que la sangre de la tierra dejara de alimentar nuestros vehículos. No debía ser complicado identificarlos al caer la noche; lo más probable es que todos ellos estuvieran que echaban chispas.


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