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Los treinta y siete de Borges contra el ruido

Los treinta y siete de Borges contra el ruido

Hace apenas unos días respondí a una de esas lectoras de primera clase que todavía se atreven a dejar un comentario de ánimo. Había escuchado la presentación de una novela mía y quiso decírmelo. La llamé valiente. No porque hablara bien de mí —el elogio no convierte automáticamente a nadie en buen lector—, sino porque abandonó la comodidad del silencio, compareció como persona y devolvió unas palabras a quien había escrito.

Puede parecer un gesto menor. No lo es.

La mayor parte de quienes leen un artículo, escuchan una presentación o se acercan a un libro no dicen nada. Llegan, permanecen el tiempo que sea y se marchan. Las estadísticas digitales registran visitas, clics, impresiones y minutos de permanencia, pero no pueden decirnos si alguien llegó hasta el último párrafo, si una frase le recordó algo de su propia vida o si cerró la página indignado en la décima línea.

El autor sabe que existen lectores, pero rara vez conoce la forma concreta de su atención.

Conviene recordar, además, que la caja de comentarios no es el público. Es un espejo deformante: agranda a quien grita y vuelve invisible a quien lee en silencio. De ahí que un columnista pueda creer que lo detestan todos cuando, en realidad, solo han hablado tres; o imaginar que lo adoran porque tres admiradores han ocupado toda la pantalla. La mayoría continúa ahí, pero no hace ruido.

"Hay personas que leen profundamente y no sienten ninguna necesidad de intervenir. Otras regresan cada semana sin que el escritor llegue a saberlo"

No hay nada reprochable en ese silencio. Leer no obliga a dejar una tarjeta de visita ni a emitir un dictamen. Hay personas que leen profundamente y no sienten ninguna necesidad de intervenir. Otras regresan cada semana sin que el escritor llegue a saberlo. Sin embargo, no puedo evitar cierta curiosidad: en alguna ocasión me gustaría reunir a mis lectores en una sala. No para recibir una ceremonia de elogios ni para preguntarles si me conceden razón, sino para verlos y aprender de ellos.

Quisiera saber qué frase conservaron, en qué momento dejaron de creerme, qué parte les pareció injusta, qué idea habría necesitado otra explicación y qué descubrieron en el texto que quizá su autora no supo ver mientras lo escribía. El lector no se limita a recibir una obra: también la revela. Hay significados que solo aparecen cuando una conciencia distinta entra en el texto y lo ilumina desde un lugar que quien lo escribió no había previsto.

Reunirlos no sería una ceremonia de vanidad, sino una pequeña rectificación del algoritmo: devolverle rostro a lo que la estadística convirtió en tráfico.

"La anécdota de Borges contiene una idea de la literatura que las estadísticas contemporáneas han debilitado: el lector no es una unidad de audiencia"

Borges contó, en sus conversaciones con Georges Charbonnier, que uno de sus primeros libros había vendido exactamente treinta y siete ejemplares en un año. Aquella cifra no le parecía una humillación, sino una multitud todavía imaginable: podía pensar en cada comprador, conocerlo y agradecerle personalmente. Miles de ejemplares, en cambio, empezaban a convertirse en una abstracción. Treinta y siete no eran aún una estadística: podían tener rostro.1

Entre los treinta y siete de Borges y las legiones de Eco se juega buena parte del destino contemporáneo del lector. Borges todavía soñaba con reconocer a cada persona que había comprado su libro; las plataformas se conforman con contar impresiones. El algoritmo cuenta impactos. La literatura necesita rostros.

La anécdota de Borges contiene una idea de la literatura que las estadísticas contemporáneas han debilitado: el lector no es una unidad de audiencia. No es un número dentro del alcance de una publicación ni una casilla verde en un informe de tráfico. Es alguien que ha entregado una parte irrecuperable de su tiempo a lo que hemos escrito.

¿Qué es, entonces, un lector?

No es simplemente quien abre un enlace. Tampoco quien desliza los ojos por una pantalla, comparte un titular o reacciona ante una fotografía. Un lector es quien concede al texto el tiempo necesario para que exista antes de juzgarlo. Parece una definición elemental, pero en el territorio digital se ha convertido casi en una extravagancia.

"Un texto no puede juzgarse por sus primeras líneas: una idea necesita espacio para desarrollarse"

Nunca habíamos tenido tantos textos al alcance de la mano y pocas veces habíamos leído con tanta precipitación. Se consume un titular, se recorren diez líneas y se pronuncia sentencia. A veces ni siquiera se llega a esas diez líneas: basta una palabra, el nombre de quien firma o la imagen que acompaña al artículo para activar una adhesión automática o una indignación preventiva.

El texto todavía no ha terminado de hablar y ya le han atribuido intención, ideología, enemigos y hasta delitos.

Para quien escribe un artículo de opinión o un ensayo cultural, esta forma de leer resulta especialmente frustrante. Un texto no puede juzgarse por sus primeras líneas: una idea necesita espacio para desarrollarse, admitir objeciones, introducir matices e incluso conducir a una conclusión distinta de la que parecía anunciar al comienzo. A veces, alguien protesta después de leer apenas tres párrafos por una aclaración que el propio artículo ofrece unas líneas más adelante. Pero no llega hasta ella: responde antes de terminar y discute, no con el texto publicado, sino con el texto apresurado que ha construido en su cabeza.

La lectura fragmentaria fabrica adversarios imaginarios

Quizá por eso resulta tan gratificante encontrar comentarios verdaderamente buenos. Los hay, y algunos son excelentes. Un lector añade una referencia que desconocíamos, señala una contradicción real, ofrece otra interpretación, corrige un dato con respeto o formula una objeción tan inteligente que obliga a volver sobre lo escrito. Ese lector no busca demostrar que es más listo que el autor. Entra en conversación con el texto.

"El buen lector no tiene por qué estar de acuerdo. El desacuerdo atento es una de las formas más elevadas de lectura"

A veces una intervención contiene el germen de otro artículo. Otras veces permite comprender que una frase no era tan clara como creíamos. También puede mostrar que el artículo ha llegado a un lugar que su autor ni siquiera había contemplado.

El buen lector no tiene por qué estar de acuerdo. El desacuerdo atento es una de las formas más elevadas de lectura. Quien discrepa después de haber comprendido ayuda mucho más que quien aplaude sin haber pensado. La lectura no exige sumisión, pero sí una mínima honradez: discutir con lo que el texto dice, no con aquello que hemos decidido atribuirle.

Conviene distinguir, por tanto, al lector crítico del hater. No toda crítica es odio y no toda incomodidad procede de una lectura defectuosa. El lector crítico señala un argumento; el hater ataca una identidad. El primero puede decir: «No estoy de acuerdo con esta conclusión por estas razones». El segundo necesita convertir la discrepancia en un defecto moral de quien escribe.

El hater no pregunta qué se ha dicho, sino qué acusación puede formular contra quien lo ha dicho. Lee buscando una frase que pueda separarse de su contexto; si no la encuentra, la reconstruye. No entra en un artículo para comprender, ni siquiera para refutarlo, sino para localizar un blanco.

"La democratización de la palabra pública ha permitido que personas antes excluidas de periódicos, editoriales y tribunas puedan narrar experiencias"

En realidad, el hater casi nunca responde al texto. Responde al nombre de la autora, a una fotografía, a una etiqueta política, a un resentimiento anterior o a su propia necesidad de ser visible. Hay quien solo consigue existir digitalmente enfrentándose a alguien.

En junio de 2015, después de recibir un doctorado honoris causa en la Universidad de Turín, Umberto Eco declaró ante los periodistas que las redes sociales habían concedido la palabra pública a «legiones de imbéciles». Antes —explicaba con deliberada brutalidad— hablaban en el bar después de un vaso de vino y eran acallados; ahora comparecían en el espacio público con el mismo derecho de palabra que un premio Nobel. 2

Eco no estaba negando jurídicamente a nadie la libertad de expresarse. Denunciaba que el entorno digital presenta con una apariencia semejante la ocurrencia, el insulto, el conocimiento y la argumentación rigurosa.

Eco no discutía el derecho a hablar, sino la confusión entre tener derecho a hablar y tener derecho a ser tomado igualmente en serio.

La frase puede parecer elitista si se interpreta como una defensa del silencio impuesto. No creo que solo deban hablar los profesores, los premiados, los especialistas o quienes poseen títulos. La democratización de la palabra pública ha permitido que personas antes excluidas de periódicos, editoriales y tribunas puedan narrar experiencias, denunciar abusos, enseñar lo que saben y crear comunidades extraordinarias.

El problema no es que hable demasiada gente

El problema es que el entorno digital borra visualmente la diferencia entre una opinión pensada y una ocurrencia, entre una experiencia y un prejuicio, entre un argumento documentado y un insulto. Todo aparece en la misma pantalla, con una tipografía semejante y una aparente igualdad de autoridad.

Tener derecho a hablar no significa poseer automáticamente razón, conocimiento ni rigor. Una opinión no se convierte en argumento por haber sido publicada. Una reacción no se vuelve lectura por figurar debajo de un artículo. Y la libertad de expresión no obliga a fingir que todas las expresiones tienen idéntico valor intelectual.

"Se puede considerar equivocada una opinión sin convertir a quien la sostiene en un ser despreciable. Se puede corregir un dato sin humillar"

Las redes, además, no recompensan necesariamente el pensamiento. Premian la velocidad, la rotundidad y la emoción inmediata. El algoritmo suele preferir a quien exclama antes que a quien matiza, a quien divide antes que a quien intenta comprender y a quien ofrece certezas furiosas antes que a quien reconoce una duda razonable.

En semejante paisaje, la prudencia parece debilidad y la complejidad, evasión. Si una persona escribe «no estoy segura», se interpreta como falta de autoridad; si dice «depende», se la acusa de no querer comprometerse; si introduce un matiz, corre el riesgo de que nadie llegue hasta él. El comentario rápido obtiene más visibilidad que la lectura lenta. Por eso el lector digital necesita una disciplina especial. No una disciplina académica y solemne, sino una resistencia consciente contra la precipitación.

Leer digitalmente debería significar llegar hasta el final antes de responder. Distinguir una afirmación central de un recurso retórico. Comprender a qué género pertenece lo que tenemos delante: una columna no es una sentencia judicial; una novela no es una confesión literal; un artículo de opinión no pretende agotar un asunto como lo haría una investigación monográfica.

También significa separar a la persona de su argumento. Se puede considerar equivocada una opinión sin convertir a quien la sostiene en un ser despreciable. Se puede corregir un dato sin humillar. Se puede sentir rechazo ante una frase y preguntarse, antes de atacar, si se ha entendido su función dentro del texto.

El buen lector digital debería ser capaz de escribir:

No estoy de acuerdo. He entendido que usted sostiene esto, y estas son mis razones para rechazarlo.

Esa segunda frase transforma por completo la conversación. Obliga a precisar, a leer y a asumir la responsabilidad de las propias palabras.

También quien escribe tiene obligaciones. No sería justo culpar siempre al lector de cualquier malentendido. El columnista debe comprobar los datos, distinguir con claridad el hecho de la interpretación y no esconder una idea débil detrás de una frase brillante. La provocación puede ser legítima; la confusión deliberada, no. El lector merece precisión y no debería tener que abrirse paso entre una niebla fabricada para que el autor parezca más profundo.

"He asistido a demasiadas mesas en las que alguien elogia una obra que apenas ha abierto"

Escribir en público significa aceptar la réplica. Significa admitir que una frase puede resultar ambigua, que un dato puede estar equivocado y que la intención del autor no anula el efecto real de lo que ha escrito. Una vez publicado, el texto ya no pertenece por completo a quien lo firma. Existe, por tanto, un contrato silencioso: el autor se compromete a no engañar al lector y el lector se compromete a no falsificar al autor.

Ese contrato se rompe cuando el escritor desprecia a su audiencia, pero también cuando el lector emplea el texto como pretexto para descargar una hostilidad que ya traía de casa. La plaza digital necesita libertad, desde luego, pero la libertad sin responsabilidad se convierte con facilidad en ruido organizado.

La misma cuestión aparece en las presentaciones de libros. He asistido a demasiadas mesas en las que alguien elogia una obra que apenas ha abierto. Incluso un libro mío y los presentadores hablan de barcos, tan contentos como si no me diera cuenta. Se repite la contracubierta, se menciona la trayectoria de la autora exagerando muchísimo, se ofrecen unas generalidades intercambiables sobre «la memoria», «la identidad» o «la condición humana» y se espera que el público confunda la ceremonia con una lectura.

Una novedad puede anunciarse antes de que los lectores la conozcan. Un libro, en cambio, solo puede presentarse verdaderamente cuando alguien lo ha leído.

Lo contrario se parece demasiado a vender humo: intentar convencer al público del valor de algo que quienes ocupan la mesa no han atravesado. Me parece una pequeña infamia literaria. No porque toda presentación deba convertirse en una sesión crítica exhaustiva, sino porque hablar de un libro cerrado supone sustituir la literatura por la promoción.

Se puede enseñar una cubierta, resumir el argumento y elogiar a la autora. Pero, si nadie ha leído la obra, todavía no se está hablando del libro. Se está construyendo publicidad alrededor de un objeto.

"Presentar no debería significar persuadir a unos desconocidos para que compren, sino reunir a quienes ya han comenzado a hacer existir el libro mediante la lectura"

Una presentación en la que nadie de la mesa ha leído el libro se parece a una sesión de espiritismo editorial: se invoca una obra que todavía no ha comparecido. Hay micrófonos, elogios y fotografías; lo único ausente es el libro.

Una presentación digna debería contar al menos con un lector real. Alguien que pueda decir qué escena recuerda, qué parte le incomodó, dónde decayó el ritmo o qué personaje entendió de manera distinta a la autora. No se trataría de aprobar ni de suspender el libro, sino de comprobar qué ha sucedido entre el texto y otra conciencia. Si hay más lectores reales, mucho mejor.

Quizá convendría distinguir con más honestidad dos actos diferentes. Una obra se lanza cuando sale al mercado. Se presenta cuando ya ha encontrado a sus primeros lectores. Presentar no debería significar persuadir a unos desconocidos para que compren, sino reunir a quienes ya han comenzado a hacer existir el libro mediante la lectura. Aunque sean treinta y siete. Aunque sean veinte. Aunque sean cinco.

Un lector verdadero vale más que cien asistentes que acuden por compromiso, se fotografían junto a la cubierta y olvidan el título al salir.

Por eso me emocionó el mensaje de aquella lectora. No sé si compartirá todas mis ideas, ni necesito que lo haga. Lo importante fue que estuvo allí, escuchó y decidió responder. Durante unos segundos dejó de ser una cifra silenciosa y se convirtió en presencia.

Quizá los escritores no necesitemos multitudes abstractas tanto como creemos. Quizá necesitemos saber que, al otro lado, existen algunas personas concretas capaces de permanecer, comprender, disentir y devolver una palabra.

¿Qué es, entonces, un lector?

No es quien aplaude. No es quien comparte. Tampoco es necesariamente quien comprende todo. Un lector es alguien que entra en un texto dispuesto a admitir que algo —aunque sea mínimo— puede modificar la posición desde la que llegó.

¿Y cómo debería ser un lector digital?

Más lento que el algoritmo. Más exigente que el admirador. Más honrado que el hater. Capaz de disentir sin inventar, de corregir sin humillar y de reconocer que no toda frase incómoda constituye una agresión.

No hace falta que esté de acuerdo con quien escribe.

Basta con que esté verdaderamente presente.

El lector no es quien responde primero.

Es quien llega hasta el final y todavía conserva una pregunta.

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1 La anécdota aparece en la sexta conversación de Borges con Georges Charbonnier, recogida en Georges Charbonnier, El escritor y su obra. Ocho entrevistas con Jorge Luis Borges —título original: Entretiens avec Jorge Luis Borges—, publicada en 1967 y traducida al español por Martí Soler. Borges se refiere allí a Historia universal de la infamia y afirma que en un año se habían vendido exactamente treinta y siete ejemplares. ↩

2 Las palabras de Umberto Eco están documentadas en el encuentro que mantuvo con periodistas en la Universidad de Turín después de recibir el doctorado honoris causa en «Comunicazione e Cultura dei media». La ceremonia se celebró en junio de 2015 y La Stampa publicó la declaración el 11 de junio en un artículo de Gianluca Nicoletti titulado Umberto Eco: «Con i social parola a legioni di imbecilli». La frase original italiana comienza: «I social media danno diritto di parola a legioni di imbecilli…».

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