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Bergareche y el viaje como plataforma giratoria

Bergareche y el viaje como plataforma giratoria

Jacobo Bergareche dedicó más tiempo a la escritura después de la muerte de su hermano Roque, víctima de un asalto en Luanda. Hay sucesos traumáticos que interrumpen la continuidad del yo. Cuando sucede, resulta muy difícil restaurar el puente que conecta el pasado con el futuro. Lo que éramos deja de conducir hacia lo que imaginábamos ser. Bergareche había imaginado una vida compartida con su hermano, una continuidad familiar en la que sus hijas jugarían con las hijas de él. Ese futuro posible desapareció con Roque.

Así nos lo confiesa en su última obra, Tío grande, que trata de varios viajes. Uno de ellos es el viaje psicológico del duelo. Otro es el viaje físico, un road trip que comienza rumbo a Bominí, una aldea de Guinea que no aparece en los mapas, donde creció Amadou. Sin embargo, el viaje no avanza en línea recta. Como una matrioska, este viaje contiene otros pasados, porque viajar, al igual que escribir, tiene algo de extravío, pero también de reencuentro con uno mismo.

"Bergareche perfecciona la voz narrativa de un extrovertido con esencia introvertida, donde la voluntad de aventura no renuncia a la mirada reflexiva"

Bergareche conoció a Amadou en un torneo de mus que organiza cada año en memoria de su hermano. Amadou era el todero, esa figura imprescindible que se ocupa de que todo funcione en el local donde se celebra el torneo. Le contó su historia como migrante, cuando salió de su país con trece años en busca de una vida mejor en Occidente. Bergareche decide acompañarlo hasta su aldea natal y, al recomponer el éxodo de Amadou, emprende también una reconstrucción de su propio duelo. Los dos viajes avanzan juntos, aunque procedan de pérdidas distintas.

En otras novelas de Bergareche, el luto había sido protagonista, como en Estaciones de regreso; o coprotagonista, como en Las despedidas. En esta nueva obra, el luto contempla diversos amaneceres, otras vidas, y aunque el pasado supure dolor, el futuro vuelve a ser promesa. Escrita con humor, nostalgia y empatía, entre poemas y una particular banda sonora, Bergareche perfecciona la voz narrativa de un extrovertido con esencia introvertida, donde la voluntad de aventura no renuncia a la mirada reflexiva sobre las personas y los lugares que encuentra.

"Bergareche tiene la habilidad de agrupar lo trágico y lo cómico en apenas unas líneas, reconciliándote con la vida en todas sus facetas"

Bergareche aterrizó en Guinea en una noche alquitranada. En el aeropuerto lo espera Amadou y, junto a su novia y su madre, atraviesan el país en un coche polvoriento. Pasan por controles de dudosa pertinencia y se cruzan con accidentes de tráfico en los que el miedo, también a un posible asalto como le advirtió el embajador, se convierte en otro pasajero más. Una vez en la aldea, lo reciben con honores y con un banquete de cabrón, vísceras incluidas, y arroz chicloso.

La conciencia de ser el único blanco vuelve a activar otro viaje del pasado a Malaui. Fue como asistente de cámara, junto a un fotógrafo, una mujer que había apadrinado a un niño y un delegado de una ONG. En este capítulo me reí a carcajadas, por la simpática mezcla de situaciones disparatadas, donde lo escatológico se mezcla simpáticamente con los choques culturales. Bergareche tiene la habilidad de agrupar lo trágico y lo cómico en apenas unas líneas, reconciliándote con la vida en todas sus facetas.

"Si, como decía Scott Fitzgerald, toda vida es un proceso de demolición, para Bergareche, la escritura se convirtió en un modo de reconstrucción"

Entre las reflexiones que aparecen en Tío grande, aparece la religión. Junto a Amadou y su prometida, Bergareche practica el ramadán durante una semana y descubre en sus ritos una experiencia que desborda la dimensión estrictamente religiosa. Los ritos y las prácticas ancestrales son formas de conectar con algo más grande que uno mismo. El rezo es una forma de aplacar el ruido mental que nos atolondra, obsesiona y en consecuencia nos ensimisma. Si extirpamos a la religión de su tradición, el carácter litúrgico, la puesta en escena y la devoción, nos queda tan sólo una forma desnatada que hoy llamamos mindfulness. Amadou no acude a Dios como una máquina expendedora de favores, más bien es una forma de agradecimiento pautado que ralentiza la vida y purifica el ruido mental.

El road trip no acaba en Guinea, continúa en Marruecos, entre los bosques del monte Gurugú y la ciudad de Nador. En aquellos bosques, Amadou se escondía mientras preparaba su salto a Europa. Consiguió reunir algo de dinero para pagar el traslado en una barca que lo dejó en el mar, donde tuvo que nadar hasta la costa de Melilla. Después ingresó en un centro de menores, donde conoció a Hamada, que acabaría convirtiéndose en un hermano. Hamada también logró alcanzar la península y terminó convirtiéndose en campeón de Muay Thai.

Si, como decía Scott Fitzgerald, toda vida es un proceso de demolición, para Bergareche, la escritura se convirtió en un modo de reconstrucción. Tío grande es un libro que narra cómo un día el presente fue incierto. Apareció el viaje, como plataforma giratoria, que retorna hacia el pasado, pero también hacia el futuro, donde nos esperan los destinos que escribimos o nos inventamos.

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Autor: Jacobo Bergareche. Título: Tío grande. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todos tus libros.

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