Esto no es un debate en torno al oro ni al petróleo. Es una posición frente al pacto de la palabra. Durante siglos, la literatura nos ha regalado una ficción insistente: el sujeto literario como persona autónoma, bohemia, resultado de su propio mundo onírico de creación. Se oye el término otium en la Antigua Roma, se reproduce en las torres de marfil simbolistas, se pasea en el poeta romántico y se encarna en la figura del intelectual del XX comprometido con su presente. Si Aristóteles ofreció un camino, la oikonomía, el gobierno de la casa, y el de la vida contemplativa ¿qué suelo sostiene al artista si su existencia nunca se mantiene al margen de la lógica económica?
Por ello, no es casualidad que esta puesta en escena coincida con una historia aparentemente ajena, pero íntimamente relacionada. Durante años, una de las personas más influyentes del periodismo cultural nacional fue Mar de Marchis: elegante, cosmopolita, carismática. Más tarde, se supo que esta directora de Jot Down era un personaje de ficción construido con herramientas milimetradas para ocultar su persona real —véase La bola (2026), de Daniel Verdú—: ¿qué clase de ecosistema empuja a fabricar un personaje para acumular poder y autoridad? En esta economía actual, incluso un nombre propio deviene en capital simbólico y es que de Marchis es el personaje que el capitalismo cultural esperaba.
Mientras Yolanda Castaño, desde su palabra, denuncia que el creador se hace empresa de sí mismo, Mar manipula la lógica hasta el extremo de convertir su identidad en una empresa editorial: esto es un síntoma histórico unido por un elemento de ficción. Castaño demuestra que el mercado perpetúa que el escritor ficcionalice su vida como marca, llegando a fusionarse una identidad pública a la par que se gestiona un trabajo invisible. Y en la otra cara de la moneda, de Marchis recibe al contexto mediático desde el disfraz de matrioska para acceder a un campo que no la habría recibido del mismo modo bajo su circunstancia real: quizá, la economía del trabajo se desplace y caiga sobre la economía del prestigio.
Como punto de llegada, debería formularse una nueva pregunta: ¿qué es lo que pasa cuando la vida de un escritor queda subordinada a la lógica mayúscula de productividad?
Debates necesarios son las cuestiones de cuántos ejemplares vende una publicación, cuál debe ser la tirada de una edición, qué porcentaje de presupuesto público ha de destinarse a la cultura y un largo etcétera. En su respuesta, el capitalismo demuestra, cada vez con mayor ferocidad, una capacidad de apropiación de todas las cosas que previamente se resistían al mercado —o se esforzaban por aparentarlo—. Primero, fueron los objetos materiales; a continuación, el esfuerzo del trabajo y, por último, los datos y la apariencia. Ahora, en este momento, se mercantiliza la actividad y disponibilidad constante del artista. No se conjuga la figura del escritor con ‘persona que escribe’, sino que su porte y su imagen revelan su participación en festivales, su conversación amable en las redes sociales, su atención a entrevistas que forman una extensión de su obra. El resultado de esto es que la escritura, más allá de hecho protegido y privado, se desarrolla como actividad que se abre ante obligaciones que, si bien invisibles, cada vez están más presentes en la escena cotidiana del sector.
Parece ejercicio de antítesis que una época obsesionada con la producción haya opacado la estructura bajo condiciones de tiempo, valor y espacio que la hacen poco practicable. Resulta contradictorio afirmar que nunca hubo tantas residencias artísticas, tantos encuentros literarios, tantos clubes de lectura, tantos talleres y premios, pero insiste el déficit: la lentitud, el silencio, el pensamiento. Puede que lo que el mercado asimile como intervalo muerto constituya la materia prima del hecho literario.
Las dos publicaciones de Yolanda Castaño señalizan la causa del ángulo muerto: el tiempo. La discusión no se basa solamente en la insuficiencia del ingreso económico, sino en la progresiva y silenciosa trampa de ver cómo se acota el espacio de libertad sin que una tenga herramientas para demorar su pensamiento —sin tener que justificar la utilidad de este—. La economía y la rapidez modifican el ritmo con el que la obra se piensa, se trabaja y se recibe.
Por un lado, se tiene la escasez monetaria y, por el otro, la falta de tiempo. Esta intuición enlaza con la figura de un periodista, un traductor, un actor, en el que la joie de vivre se condiciona a una agenda donde el minuto pertenece, de antemano, a reloj ajeno.
En este punto de inflexión, Mar de Marchis es la identidad llevada al recurso. Ella no se presentó, sino que funcionó como un material utilitario construido para cumplir con la expectativa del ecosistema cultural: sí, el mismo que consume biografías ajenas y el morbo por saber quién hay detrás de la duda. La imaginación, bien se sabe, crea mitos o destruye templos, porque la autoridad no solo se ejerce desde el trabajo brillante, se proyecta sobre la narración personal: ¿qué ocurre cuando el prestigio equivale a mercancía?
La respuesta de Castaño adopta el tono de la experiencia cuando el silencio define la sintaxis para que el lector experimente la precariedad desde el propio poema: «puedo recitarles casi de corrido la siega». La proposición inicial de si la literatura conserva su poder de resistencia llega a una clara conclusión y es que la poesía, en este caso, nombra aquello que no sabe medir el factor económico. Puede que un balance de ingresos y gastos no registre las horas que hay detrás esperando que un pensamiento tome actitud y, por ello, el verdadero debate no es la rentabilidad de escribir —veamos la reacción del adulto cuando el niño le responde al famoso qué quieres ser de mayor un quiero ser escritor—.
Resulta figura retórica afirmar que el mismo sistema que obliga a justificar el valor de un trabajo identifique que la ficción no se sitúa solo en las publicaciones: la ficción es un elemento de legitimación. Mar de Marchis es una construcción de una identidad paralela que no puede medirse con los parámetros de la verdad ni de la mentira, porque su historia habla del funcionamiento del reconocimiento como representación. En esta vida, no basta con tener criterio, sino que hay que parecer —como el escudero de Lázaro— esa clase de persona que el contexto imagina poseedora de esa valía. Aquí hay una paradoja: si el autor ha muerto para la crítica textual de autores como Roland Barthes, ¿por qué el mercado hace el trazado contrario? Con el mercado como aliado, la persona no aporta información a su texto, sino que empuja a su comercialización. La obra no llega sola, sino que aparece acompañada de una imagen y una fábula.
De Marchis intuyó que el relato se hace y que una puede llegar a ser las palabras que dice ser. No es baladí que su personaje tuviera todos los atributos que el imaginario sociocultural asimila como autoridad del prestigio: cosmopolitismo, carisma, atractivo, juventud, madurez precoz, elegancia, distancia con el ruido público. Al igual que ocurre con los grandes protagonistas, más importante fue la verosimilitud que la veracidad. No era necesario creer en Mar de Marchis, sino en su idea que respondía, sin duda, a un ideal.
No es coincidencia que las trayectorias del éxito contemporáneas estén obligadas a mantener una actividad mediática activa. La visibilidad sustituye, en múltiples circunstancias, el sentido del reconocimiento. Antes, se llegaba a una obra o a una revista porque existía un interés lector; ahora, se llega a través de la exposición de quien se encuentra detrás. Castaño responde a la precariedad como modelo de organización de existencia, en la que el lujo se mide por una tarde sin reuniones, convocatorias ni algoritmos.
El siglo XXI parece encontrar su valor en la elaboración de sujetos capaces de generar atención y reconocimiento. La máscara de Mar oculta un mecanismo y el yo poético de Yolanda demuestra la confusión actual en pensar que la circulación de lo cultural implica, de por sí, existencia de cultura.
No se trata, efectivamente, ni de oro ni de petróleo ni siquiera de cuántos colaboradores tenía la mujer de la bola negra o en cuántos escaparates está ese libro, sino que la cuestión determinante es qué tipo de civilización convierte el tiempo de pensar en un lujo casi inaccesible. Dos milenios después de la oikonomía, la economía ya no gobierna la casa, también impone el ritmo de la oración y la identidad de una persona que estudia cómo presentarse.
Creíamos que el capitalismo terminaría poniéndole el precio a las cosas y tasa la duración anterior a un producto; sin embargo, el prestigio, la ficción, la marca y el éxito llegan mucho después: el capitalismo le ha ido poniendo el precio a todo excepto al tiempo que no cotiza.
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Autora: Yolanda Castaño. Título: La falsa autónoma. Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros.


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