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El mochuelo

Escucho tus chillidos en la noche temprana, cuando el aire es como una laguna de color índigo, y todos comenzamos a ser sombras que se comunican sumergidas en un silencio esencial.

Antes de reconocerte, no sé si eres un lince herido que cabalga en la nube, un zorro volador, un aullido sin cuerpo o el grito de un espíritu que acude al confín de su aquelarre; tal es la potencia desasosegada de tu canto.

No se corresponde con tu cuerpo menudo, como si en el tamaño de un puño —un puño emplumado— cupiera un rayo de estas tormentas con las que ha comenzado el otoño. Pero no es Júpiter tu dios, sino Atenea: ella te eligió para que la acompañaras en la noche, diosa de la sabiduría, de los oficios y la guerra y, por tanto, del valor.

"Atenea prescindió de la corneja porque hablaba demasiado y te eligió a ti, mochuelo, como compañía perpetua"

Por eso, cuando apareces, siempre me pregunto qué mensaje me traes acerca de mis combates, y si acaso alcanzo a vivir con menos ignorancia dentro del infinito no saber donde los humanos dibujamos nuestros límites.

Has venido a visitarme tres veces. La primera irrumpiste en mi invernadero y comenzaste a aletear contra los cristales, tratando de huir a través de la engañosa transparencia, que en realidad era una cárcel. Casi te inmolaste para mostrarme esa sencilla lección.

La segunda fue en la estepa de los trigales. Yo andaba tanteando el crepúsculo, preguntándome si para vencer ese engaño no era mejor el camino en solitario, y tú oteabas desde un almiar en busca de un gran saltamontes o de un topo.

Pronto descubrí que no estabas solo. Tu pareja vigilaba contigo y, abandonando la caza, volasteis hacia mí y comenzasteis a trazar círculos sobre mi cabeza, para inculcarme la idea de que es imposible la evolución sin un otro que te completa y que te confronta.

La condición es la ayuda mutua, la suprema atención y la mesura, amar el silencio. Atenea prescindió de la corneja porque hablaba demasiado y te eligió a ti, mochuelo, como compañía perpetua. No es extraño, por eso, que cada vez seas más escaso. No es solo por nuestros venenos que esquilman tu alimento, sino porque nuestra época habla demasiado y en cada uno de nuestros bolsillos parpadea una corneja.

"Una tercera vez me visitaste. Te posaste al pie de la higuera frondosa y desde allí te quedaste mirándome"

Una tercera vez me visitaste. Te posaste al pie de la higuera frondosa y desde allí te quedaste mirándome. Yo estaba a un par de metros de ti, fascinando, tratando de no moverme un milímetro para que no te asustaras.

Pero no eras tú el que tenías miedo. Me enfocabas con tus ojos amarillos, y yo me veía envuelto en esa sustancia dorada que me obligaba a permanecer asomado a tus pupilas como a dos pozos airados.

Entonces vi en tu interior la figura de un hombre. Se movía levemente, hacia atrás y hacia delante, como un péndulo. Contaba el tiempo y su destino se iba acumulando debajo de sus pies, como una mancha que se extendiera por el suelo, desbordada de su origen, infrautilizada.

Como si ese destino le estuviese empujando en el sentido contrario de la gravedad a la que el hombre estaba tenazmente apegado.

Como si, oh, ave de Atenea, me dijeras —aun dentro de tus ojos amarillos—: solo el que ama el silencio de la noche, puede escuchar. Solo el que vence todos sus miedos, comienza a saber. Solo el que sabe, despega.

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