He degustado, no digo leído, la última propuesta literaria de Javier Puebla, El hijo de Peter Pan, como si catara un buen vino. Tampoco digo una botella; una copa de cristal fino. Reteniendo, buscando, rindiéndote… Él lo llama «poema narrativo» y sí, tiene poesía, esa que solo puedes leer desnudo, esa que nos susurra que la belleza, la tristeza, la grandeza… están hechas para ti. Tiene también literatura narrativa, novela corta, porque por un oído nos cuenta una historia y por el otro nos habla de la culpa y del perdón.
El asunto no decae nunca en la vida del que se precie; activo o larvado, siempre está ahí. El niño que se nos escapa por esa sonrisa que nos coloniza la cara cuando los vemos jugar, o cuando los llevamos al cine o al circo; el que nos quita el volante cuando estamos con los amigotes brindando o jugando. El juego es patrimonio suyo, el presente, su territorio.
Inevitablemente, la adultez va relegando al mocoso; la vida se convierte en algo muy serio, trascendental, pero ni los más entregados a las importantes causas de la madurez olvidan al niño que llevan dentro. Por eso el magnate del dinero y del poder que fue el ciudadano Kane, cuando ya se iba dejó dicha su última y enigmática palabra: Rosebud, el nombre de su trineo de madera de cuando aún era feliz.
Esa trenza que decíamos se convierte en una soga que nos permite subir y bajar, al cielo donde se puede volar y al barro donde su hunden los pies. Todo el relato poético está así, a medio camino, ya sea entre la felicidad de no ser adulto nunca, jamás, y la desgracia de no dejar de ser niño; entre la cárcel y la libertad, entre la realidad y la ensoñación. Y para ello, ¿qué mejor ámbito que el de Peter Pan?, que nos ha llegado, a su vez, entre el relato original de J. M. Barrie, una pieza de teatro cargada de tristeza, y la dulce y brillante adaptación de Disney.
El caso es escapar, y para eso están la reflexión, la cultura la comunión… pero a los que se acomodan al atajo de redibujar la realidad y cogen la paleta cargada de lisérgicos, polvos mágicos, cigarros de la risa, pócimas de bar… les puede costar salir de la isla.
No sigo por no desvelar nada, pero recomiendo la lectura de esta original obra de belleza agridulce, narrada con viveza, aunque sin aspavientos.
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Autor: Javier Puebla. Título: El hijo de Peter Pan. Editorial: Haz Milagros.


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