Rodrigo Cortés alumbra con Hija del cielo una audaz oración narrativa que se atreve a crear un mundo. Gabaón —pueblo, colegio, orfelinato y monasterio suspendido frente al mar— acoge un espacio habitado por monjas, sacerdotes, una niña encerrada (¿endemoniada?) y una lista de personajes desnortados. Un lugar trastornado que terminará forjando poco a poco un universo regido por sus propias leyes.
Cortés maneja materiales que se compenetran desde lo diferente. Si la primera voz trabaja desde la precisión de un orfebre, la segunda prescinde de corsés, rompe con la lógica, escarba debajo de los esquemas tradicionales, aparta las escamas de la prudencia y el rigor. Un lenguaje que no se muerde la lengua para llevar la realidad al otro lado del espejo. Donde nada es lo que parece.
Esa dualidad monta un engranaje que intimida, fascina y descoloca. El orden y el caos en feroz convivencia. Lo absurdo no tiene reparos en surgir cuando menos se espera. Y quizá sea la vía más rápida para descifrar lo que se niega a ser catalogado. Y, por tanto, explicado. Las palabras son, en boca de la niña, una vida de escape que se escapa de cualquier grillete. Un ser encerrado con aullidos de libertad. El lenguaje como forma de abrir un boquete de aire puro en las paredes de la opresión. El “curita” Alén, por el contrario, asume su condición de hombre “abrumado por los estímulos”, alguien fascinado por la “autoridad infantil” de “aquella criatura del cuarto piso, a la que temía tanto y adoraba tan mal”.
La ambigüedad marca el paso de la fauna humana expuesta: una legión de sesenta y una monjas, tres curas más bien gandules y un torbellino de figuras perdidas que hacen de Gabaón un universo en miniatura donde las leyes que ordenan (o condenan) el mundo parecen extraerse de un malévolo cuento de hadas malditas, cruzado por ramalazos de humor muy negro y una querencia por la imaginación desaforada que no teme rozar la extravagancia para desentrañar misterios.
Con la voz de la niña se desarrolla el talento de Cortés en todo su esplendor: una narración torrencial que combina registros con una fluidez e intensidad conmovedoras. ¿Conmovedoras? Sí, porque la rotura de diques permite que la prosa emocione y horrorice a la vez. Lo extraordinario se reviste de naturalidad, lo atroz se empapa de comicidad y a los lectores solo les queda aceptar las reglas del juego sin saber muy bien a qué carta quedarse. Si llorar o reír, si estremecerse o a guardar las distancias. O todo a la vez, venga.
Observación cautelosa e imaginación desaforada unen sus fuerzas para atar las frases y hacerlas más libres. De ahí que la novela sea, en fondo y forma, una declaración de amor absoluto a la lengua desprovista de velos para hacer veraz algo que quedaría amordazado con un estilo convencional. Si Gabaón está lejos de todo es porque el ruido mundanal le es ajeno, y si la niña sobrevive cautiva es porque su voz necesita un territorio radicalmente íntimo para ser nítida y elocuente. Desafiante.
Con las palabras exactas del cura y las palabras desordenadas de la niña, Cortés encuentra la alquimia perfecta para que sus frases puedan albergar una idea, forjar una imagen poderosa o lanzar un reto a los lectores para que se mantengan muy atentos a sus pantallas, mezclando ritmos que aceleran o frenan la acción (y la emoción) con el talento de un buen montador cinematográfico. Todo para escarbar en los vínculos ocultos entre lo que vemos y lo que imaginamos, entre el cielo que quisiéramos entender y la tierra donde nos toca vivir encerrados al borde del abismo que nos ata. Y nos delata.
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Autor: Rodrigo Cortés. Título: Hija del cielo. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

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