12 Angry Men (Doce hombres sin piedad, 1957) no es un mero court room drama, una película, sin más, de ese escurridizo subgénero que es el denominado cine judicial. Rodada por Sidney Lumet, primero como un programa televisivo y basado en un magistral teleplay de Reginald Rose —quien, sin muchos cambios, lo trasformó en un guion de cine que volvió a dirigir Sidney Lumet—, sus intenciones van más allá. Tan más allá que en el otoño de la pax romana que dominó la vida norteamericana durante los dos mandatos del presidente, el muy popular Dwight Eisenhower, explora las primeras grietas del denominado American way of life. Porque esos doce hombres que se reúnen en la sala del Jurado del Tribunal del distrito de Manhattan Sur, todos anónimos, sin nombres —en el guion aparecen con el número de jurado del que forman parte—, una muy calurosa tarde de finales de verano, deben decidir, y por unanimidad, si declaran culpable, y en consecuencia envían a la silla eléctrica a un chaval, de procedencia suburbana e hispana, por haber matado a su padre. Asesinato en primer grado, según la acusación del fiscal. Esa decisión marcará una inflexión en la vida de todos ellos, por mucho que alguno se lo tome como de mera rutina, otros exhiban sus prejuicios, otro demuestre una alarmante frivolidad y otro viva en un volcán oculto de experiencias filiales devastadas. Eso es lo que pretende la legislación de juicio por jurado. La ciudadanía de la igualdad. La justicia directamente popular. Ninguno tiene estudios u ocupación de leyes; eso lo prohíbe la norma. No tienen que razonar o argumentar su decisión: guilty, culpable, o not guilty, no culpable, muy sutil diferencia con la de inocente, pura y simplemente porque la formulación europea de la culpabilidad en el proceso penal se instaura sobre el derecho a la presunción de inocencia. En el sistema de common law anglosajón existe ese mismo principio, pero se asienta sobre un concepto de reflexión procesal de culpabilidad, de nuevo más sutil. Los jurados deben decidir la culpabilidad del acusado beyond a reasonable doubt, algo así como que no queda ninguna duda basada en la razón y el sentido común tras analizar las pruebas. Si existe una duda lógica, se debe absolver al acusado. Nosotros lo formulamos procesalmente basado en el principio in dubio pro reo.
De esa manera, Lumet y Rose transforman esa jury room en un vibrante y acerado palenque, un lugar de combate, en el que vuelan peligrosamente las palabras y se desatan las pasiones, esas que a veces nublan la razón y destruyen la convivencia. Lumet y Rose examinan la temperatura constitucional cotidiana de los principios y valores que sustentan y dan sentido a la República norteamericana, a la democracia. Lo hacen, además, no construyendo un altar, un tablado elevado sobre ideas abstractas, sino sobre la condición humana de doce ciudadanos encargados de juzgar a otro ciudadano, tan igual y libre como ellos. La acción no sale de esa destartalada sala del jurado, pero Lumet, con una puesta en escena extraordinaria a la hora de planificar el reducido espacio y las acciones de los personajes, y Rose, al diseñar un mapa humano de manera no menos extraordinaria, consiguen que los personajes, merced también al enorme talento de un elenco de actores, todos hombres y blancos, cuyas palabras y acciones son la vida misma, nos conviertan a los espectadores en el decimotercer jurado.
Y posiblemente, antes de tomar una decisión, recordemos el rostro del chaval sentado ante el juez, esperando nuestro veredicto. Inerme y esperanzado en que doce hombres sean justos y crean en la Justicia que les ha sido entregada temporalmente.
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12 Angry Men (Doce hombres sin piedad, 1957). Producción: Henry Fonda y Reginald Rose. Dirección: Sidney Lumet. Guion: Reginald Rose (basado en su propia obra de teatro). Música: Kenyon Hopkins. Fotografía: Boris Kaufman (blanco y negro). Montaje: Carl L. Werner. Interpretada por: Henry Fonda, Lee J. Cobb, Jack Warden, E. G. Marshall, Martin Balsam, Ed Begley, John Fiedler, Robert Webber, Jack Klugman, Edward Binns, Joseph Sweeney y George Voskovec. Duración: 96 minutos.



Es una obra maestra. Puede verse veinte veces y seguirá interpelándonos. Lo más inquietante es su ‘final feliz’, tal vez porque es lo menos verosímil.