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‘Doce hombres sin piedad’: El diablo está en los detalles

‘Doce hombres sin piedad’: El diablo está en los detalles

Muchas de las mejores películas de la historia parten de una idea extremadamente sencilla, y este es uno de los casos más claros: simplemente hora y media de doce jurados deliberando en un juicio por homicidio en primer grado hasta alcanzar un veredicto. Nada de procesos de selección, nada de trucos de abogados, nada de tensos interrogatorios, nada de testigos declarando. La película comienza con el juez enviando a los doce a la sala de deliberaciones tras decirles que su cometido es «separar los hechos de lo falso, y si existe una duda razonable sobre la culpabilidad del acusado deberán darme un veredicto de «no culpable». Si no, deberán encontrar al acusado culpable, y la pena de muerte es obligatoria en este caso. Sea cual sea el resultado, su veredicto debe ser unánime». A partir de ahí, vamos averiguando los pormenores del caso no como se produjeron, ni como los contaron los testigos o la policía, sino como los recuerdan e interpretan estos «doce hombres enfadados», a quienes también iremos conociendo a medida que transcurra el metraje. Este film está considerado como uno de los mejores, si no el mejor, en el subgénero de dramas sobre juicios, y funciona extraordinariamente bien en grupos de debate o con estudiantes. Un Henry Fonda de 52 años, ya establecido en Hollywood como figura de mirada intensa y empaque moral, lidera un reparto coral al que obliga a replantearse, usando tanto la cabeza como el corazón, sus opiniones y sus prejuicios.

Tres nominaciones a los Oscar: película (Reginald Rose y Henry Fonda, la única película que Fonda produjo en su vida), dirección (Sidney Lumet, en su debut con la pantalla grande) y guion adaptado (Reginald Rose, basado en el de su propio telefilme). Perdió todas ante El puente sobre el río Kwai.

[Aviso de destripes a navaja de muelles en todo el texto]

Si preguntas a la gente que haya visto esta película que la resuma rápidamente, probablemente muchos digan algo así como que es esa peli en la que los otros once jurados piensan que el acusado es culpable, Henry Fonda es el único que piensa que es inocente, y poco a poco los va convenciendo a todos. Buen intento, pero hay un error: el famoso jurado número 8 no piensa que el acusado sea inocente, sino simplemente «no culpable». Es una distinción importante, y hasta el mismo doblaje al castellano, posiblemente influido por el lenguaje legal español, comete este error al traducir. De hecho, esa es la primera de las muchas lecciones y observaciones de importancia que van apareciendo durante las deliberaciones de este jurado: la comprensión verdadera del concepto de «duda razonable», central en la Constitución estadounidense, y cómo de seguro hay que estar para considerar irrefutablemente probado un acto criminal, sobre todo en ausencia de imágenes fehacientes.

El caso, por lo que vamos averiguando, es el siguiente: un chaval de 18 años está acusado de matar a su padre con una navaja de muelles en el domicilio familiar. Esto ocurrió hacia la medianoche, en medio de un barrio obrero de Nueva York, atravesado por ruidosas líneas de ferrocarril. El chico se defiende diciendo que en vez de estar en casa, estuvo fuera con unos amigos primero y luego en una sesión nocturna de cine de la que no volvió hasta las 3 de la madrugada, pero no recuerda qué películas acaba de ver. La acusación se apoya en dos testigos: el vecino de arriba, que dice haber visto al muchacho bajar corriendo la escalera nada más oírse caer el cuerpo del padre al suelo, y la vecina de enfrente, que declara haber visto el asesinato en persona desde su ventana, aunque en ese momento estaba pasando uno de los muchos trenes urbanos del día. Además, se sabe que el padre pegaba a su hijo desde pequeño, que esa misma tarde lo había vuelto a hacer, que el acusado salió de casa tras la trifulca y compró una navaja que después dijo haber perdido, o en el cine o a través de un agujero en sus bolsillos, y que la vecina le oyó gritar «te voy a matar». También sabemos que la familia no es WASP, o sea, blanca, anglosajona y protestante. El grupo étnico o minoritario concreto se deja en el aire, y no se menciona durante las deliberaciones, aunque hay varios momentos en los que se habla de «ellos», «esos», «ya sabemos cómo son», etc. Justo antes de retirarse a la sala, vemos el rostro del acusado viéndolos salir, y aunque esa cara corresponde a la de un actor llamado John Savoca, de apellido italiano (y que jamás volvió a aparecer en película alguna), podría interpretarse que es latino, de Oriente Medio, judío o incluso mulato. Se deja eso, pues, a la interpretación de cada espectador, si es que le parece relevante: lo importante, desde luego, es la inquina que parecen tener algunos de los jurados, uno en especial, a ese grupo.

La importancia de este detalle es aún mayor dado que el jurado es muy homogéneo, tanto que el título podría ser Doce hombres blancos de mediana edad sin piedad. No hay ninguna mujer, y la única concesión a la diversidad es que uno de ellos es inmigrante de primera generación (también blanco, europeo, un relojero interpretado por un actor checo, aunque tampoco se dan detalles más específicos al respecto) mientras que suponemos que todos los demás, por defecto, son estadounidenses de nacimiento. Años más tarde, Jack Klugman, que encarna al jurado número 5, diría que su personaje se suponía que era un italoamericano de 21 años, cosa que se pierde completamente en pantalla, ya que Klugman era de origen ruso-judío y tenía 35 años (de hecho, fue el último de los «jurados» de esta película en morir). El director, Sidney Lumet, que debutaba en el cine con esta película, le dijo que funcionaría igual, pero claramente no es el caso. A pesar de que la película toca por encima el tema racial, solo lo hace como uno más de entre el número de elementos con los que el jurado 8 va convenciendo a los demás de que la culpabilidad del chico no está tan clara. Y ese es el interés de la película: ver en qué punto, y tras qué nuevo argumento, cada jurado del 11-1 inicial va convirtiendo el resultado en un 0-12. Y esto incluye al espectador, aunque el hecho de que la Gran Estrella de Hollywood Henry Fonda sea el que primero dude tanto pone a quien ve la película de su parte casi sin remedio.

Uno de los grandes aciertos del guion es el incluir motivaciones personales en los jurados como parte de las razones por las que cambian de opinión más pronto o más tarde, en lugar de ser solamente conclusiones lógicas y casi robóticas. En este sentido, la película es todo un logro en cuanto a pintar doce retratos rápidos de cada hombre sin por eso parar la acción o hacerlo de forma facilona al comienzo. Desde el punto de vista formal, todo está hecho de la manera más minimalista posible: no sabemos el nombre de ninguno de los jurados, se los llama solo por el número del 1 al 12, la acción no sale de la sala una vez que entran dentro a los tres minutos de empezar la película, y está rodada en blanco y negro cuando eso ya estaba anticuado (cosa que de hecho la perjudicó en los cines: solo cogió vuelo y fama de verdad cuando empezó a emitirse por televisión regularmente). Pero a través de la individualización paulatina de cada jurado, en principio tan homogéneo, todos con camisa y corbata, y de ese calor sofocante que hace, al menos hasta que se pone a llover de repente, se introduce la idea de la pasión humana al lado del necesario raciocinio. La cámara también hace lo suyo, aumentando el número de claustrofóbicos primeros planos a medida que se va llegando al final, cuando cada voto cuenta.

Cuando casi todos esperan un rápido 12-0 que los devuelva a casa a tiempo para ver el béisbol, el jurado 8 es el único que les hace parar el carro, diciendo que un tema tan grave merece al menos cierto tiempo de consideración. Tanto protestan algunos ante esto que el jurado 8 les ofrece que si en segunda votación él vuelve a ser el único en contra, aceptará la mayoría. Entonces, el jurado número 9, el más mayor del grupo, un jubilado setentón, es el primero en cambiar su voto, apoyando la idea de que no se debe tener tanta prisa en algo tan serio. A este le sigue el número 5, el supuesto italoamericano, alguien que creció en un barrio violento de Baltimore (futuro escenario de The Wire), que cambia de parecer debido a una mezcla de comprender a la familia involucrada ante los desprecios de otros jurados y la inconsistencia que el jurado 8 demuestra con lo de la vecina que dice que oyó gritar al chico «te voy a matar» justo cuando pasaba un ruidoso tren. El cuarto en variar su voto es el número 11, el relojero checo, que por otra parte es quien más apasionadamente defiende el sistema judicial norteamericano, sobre todo comparado con lo que hay en otros sitios (el actor, George Voskovec, de nombre real el muy étnico Jiří Wachsmann, nació en lo que entonces era el Imperio Austrohúngaro en 1905). Su otra razón para cambiar de bando es que no le cuadra que el chico volviera a casa tras cometer el crimen. Es decir, que los primeros en cambiar sus votos son la gente más abierta de mente, la que tiene más experiencia vital (el jurado de mayor edad nació en 1882, otro mundo completamente) o la que se puede sentir más cercana o identificada con el caso, desde un punto de vista de haber vivido en carne propia algo similar, como la inmigración o una vida pobre y violenta.

La trama, todo sea dicho, tiene sus trampitas, o siendo más caritativos, «trucos nobles» del oficio. Esos testigos tan refutables los dos, ese número exacto de elementos que se pueden desacreditar para provocar un goteo de conversiones una a una, esa(s) navaja(s) clavadas en la mesa… Una juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos hoy en día, Sonia Sotomayor, ha dicho que esta película fue la causante de que ella quisiera estudiar derecho, pero también ha declarado que a la vez que invita a todo el mundo a verla, exhorta a todos los jurados a que ignoren casi todo lo que debaten en ella: hay demasiada especulación como para causar duda razonable de verdad («un tren no deja oír un grito», «el vecino medio cojo no puede tardar 15 segundos en llegar a su puerta», «la vecina necesitaba unas gafas que no llevaba en ese momento», «una navaja de muelles nunca se clava de arriba abajo, eso se hace con los puñales»), y lo de que el jurado 8 haga su propia investigación en los ratos libres, comprando una navaja idéntica a la del crimen para «demostrar» que no era tan rara, sería causa suficiente para declarar juicio nulo.

Cuando la cosa ya va 8-4 y en vez de un final rápido está claro que la cosa va para largo, los temperamentos se van acalorando. Durante todo este tiempo hay dos jurados que son los más acérrimos en favor de la condena y que son también los más gritones y faltosos. Uno de ellos, el 3, ya ha dicho que es que los jóvenes de hoy en día son así, que adónde vamos a llegar, y que su propio hijo de 22 años lleva dos años sin hablarle, debido a la educación de «voy a hacerte un hombre, tienes que endurecerte» que su padre le dio. De la misma forma que las experiencias en carne propia de otros jurados les han llevado a cambiar su voto rápidamente, en este caso es al revés: el número 3 está claramente castigando en el acusado a su propio hijo y a toda su generación, sobre todo cuando se le acusa de atreverse a causar a su progenitor una herida tan grave (irse de casa / matarlo). Además, al principio se agarraba mucho a que el chico gritó claramente «te voy a matar», pero cuando el jurado 8 le pincha un poco, el 3 también se abalanza sobre él con la misma frase. «¿También iba en serio?». Este tenso intercambio provoca dos nuevas defecciones, los números 2 y 6, un oficinista un tanto pusilánime a quien su vecino de silla el número 3 ha despreciado varias veces y un pintor de brocha gorda con hijos a quien le llega hondo lo que dice el 8 de que si el acusado fuera hijo suyo, esperaría de la justicia pública la máxima exigencia al condenar.

Empate a 6, pues. Se pone a llover un tormentón de verano. El ventilador vuelve a funcionar. Con la gente más extrema cada una encastillada en su torre, las próximas piezas en juego son los que hasta ahora ni fu ni fa: está el 7, el trilero del sombrerito, los chistecitos y el béisbol, está el 12, el ejecutivo de publicidad que diseña anuncios o juega a las tres en raya mientras los otros hablan, y está el 1, el presidente del jurado, que entre contar votos, dar turnos de palabra y mosquearse cuando le critican una vez, aún no se ha pronunciado mucho. Los tres cruzan la acera cuando el jurado 8 hace el numerito de las dos navajas. A eso hay que añadir el hartazgo por todo ya (en el 7), el efecto veleta, que siempre hay quien lo sigue (en el 12), y el notar que la corriente ha cambiado decisivamente y hay que dejarse arrastrar (en el 1).

Tres a nueve. De los tres que quedan, uno (el jurado 10) es un dueño de tres garajes, tirando a sesentón, que es el que más se ha ido por la rama racista del «ellos», «esos», etc. Viendo la causa casi perdida (porque a estas alturas la gente ya se lo está tomando como un asunto de honor personal) se pasa de frenada en una nueva parrafada racista, tanto que casi todos los demás se van levantando teatralmente de la mesa y le dan la espalda, mirando por la ventana o a la pared. Desolado, se sienta aparte y no vuelve a decir palabra. Sin embargo, el escollo más difícil es su opuesto en temperamento, el jurado 4, un analista de bolsa de mente precisamente analítica, tan frío que es el único que no suda en la sala ni se quita la chaqueta y que hasta ahora tras cada objeción racional ha tenido una explicación para todo. Lo de que él tampoco recuerde qué películas vio cinco días antes con su esposa no le convence mucho, ya que el chico justo acababa de volver del cine. La única manera de persuadirlo va a ser precisamente algún hecho irrefutable, y al jurado 8 ya no le quedan más. Es entonces cuando el 9 viene al rescate y lo encuentra: al ver al analista masajearse la nariz tras quitarse las gafas, recuerda que la vecina testigo también tenía marcas de gafas, aunque no las llevaba durante su declaración. La vecina dijo haber visto el crimen desde la cama y a través de las ventanas del tren. «¿Duerme usted con gafas?», le pregunta el anciano. «No», concede el jurado 4. Duda razonable establecida. «Not guilty».

Ya solo queda el número 3, que ante la mirada entre preocupada y benévola de los demás tiene un último ataque de rabia, antes de darse cuenta de que este chico no es el suyo, y que por mucho que rompa su foto o mande a este muchacho a la cámara de gas, su hijo no va a volver. 0-12. Decisión unánime. No sabemos si el acusado era inocente, pero tenemos muchas dudas de que su culpabilidad esté demostrada, así que in dubio pro reo. Al marcharse cada mochuelo a su olivo, los jurados 8 y 9 se saludan brevemente y se dicen sus nombres, Davis y McCardle. Quizá los únicos que merece la pena recordar. Para Joseph Sweeney, el actor que interpreta al anciano jurado 9, esta sería su última película antes de jubilarse.

Como ya se ha dicho, la película está basada en un telefilme, escrito y estrenado tres años antes por Reginald Rose (Sweeney y Voskovec repitieron papeles en ambas), que se inspiró en su propia experiencia como jurado en un caso de homicidio, y después de la versión de Fonda ha habido muchas otras, incluyendo otro telefilme de William Friedkin en 1997, con una mujer como juez y cuatro jurados negros. Otras adaptan el caso a Japón, Alemania, India o Rusia (en esta versión, de Nikita Mikhalkov, el acusado es checheno). También hay incluso un episodio de la serie Veronica Mars donde se le da la vuelta a la tortilla y el jurado 8 convence a los demás de condenar a alguien a quien los otros once en principio votaron liberar. Y además hay una versión española, del mítico Estudio 1, con doce de los representantes de lo más granado del teatro español de los 70: Jesús Puente, Pedro Osinaga, José Bódalo, José María Rodero, Ismael Merlo, Manuel Alexandre… y un impagable Sancho Gracia en plan sombrerito, patillas, chicle y camisa abierta a lo pecholobo, haciendo del chistoso y sobradillo jurado número 7. Curiosamente, el telefilme americano original también se hizo para una serie llamada Studio 1. Es una pena, sin embargo, que esta obra española sea un calco de la película original, con bandera de barras y estrellas en la sala y referencias al béisbol, Baltimore y Nueva York, sin adaptar nada del contenido a la España del momento (1973), donde por otra parte no existirían aún los juicios con jurado hasta 22 años más tarde. La obra original está hecha para tocar el tema de la familia de barrio conflictivo y un tanto despreciada por las clases dominantes, sin meterse mucho más en política, pero habría sido interesante ver qué retoques se habrían podido hacer en plan ciencia ficción social. Por ejemplo, qué partido iba a ver esa noche el número 7 o de qué minoría oprimida era el acusado (¿gitano, quizá?).

A pesar de que a veces se le ven un poco las trampitas, es una película excelente para generar debate y también para ilustrar el poder que puede tener una sola persona para cambiar las opiniones de los demás, influir en otros, buscar el punto débil en concepciones erróneas y no abandonar las convicciones propias, sobre todo sin antes oponer más de cinco minutos de resistencia. También es un estudio sobre cómo los hechos sin más se mezclan con la debilidad de la mente humana y los prejuicios de cada uno.

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