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Incomprensión, de Sara Coca

Incomprensión, de Sara Coca

La percepción del mundo del narrador de este microrrelato no coincide, así como así, con la que tienen los adultos. Lo vemos una criatura pequeña. Curiosamente, su capacidad de observarlo todo, su paciencia para desentrañar desde abajo, sus dotes de precoz reflexión sobrepasan la media de edades muy superiores. Y, sin embargo, zigzaguea por ahí una sensación de incertidumbre. De explicación poco dócil. Esa ambigüedad es una de las cualidades de esta narración.

Tampoco su abuelo entra fácilmente en la categoría de adultos comunes. Ese hombre anciano sabe apreciar una realidad que los demás no percibimos con su exactitud. No importa que, según dicen, le falle un oído. Los demás consideran que el abuelo simplemente «escucha lo que quiere» y que su interlocutor habitual es el gato. Parecen excusas más que verdades. Quizá ese hombre pertenece a un género específico, al de alguien que se aproxima hasta encontrarse con la realidad y se queda conquistado por sus posibilidades, prendado. Cautivado. El narrador nos lo deja saber. Detecta mareas, respiraciones altas, las expresiones de los gatos y sus clandestinos movimientos. El narrador acerca misterios a los que nuestros sentidos no siempre llegan. Quien dé crédito a lo que dice podrá vislumbrar que no todo lo importante se puede percibir mediante los sentidos reglamentarios, o que ni siquiera se logra formular con palabras. Pero la literatura accede ahí, atraviesa los tabiques de lo onírico, salta los límites y sus alturas. Y comprobamos al abuelo y al nieto les unen y asemejan vínculos que tal vez la sangre no logra explicar. Son los dos de una sensibilidad parecida. Aceptan que el silencio ensancha espacios de intimidad, de libertad, extrañeza, de enigmas o de discernimiento posible. Y se comprenden los dos.

Todo este barullo mío de palabras, lo define con arte y la sutileza de perfilar con trazos suaves y concisos la escritora Sara Coca en «Incomprensión». Por eso sí merece la pena leer esta historia suya. Una historia sugerida sutil, tenuemente, donde contrastan nociones, oposiciones, además de personajes diametrales. El ruido y, enfrente, el mutismo. Un oído sano y otro que, en cambio, apenas distingue murmullos. Lo que los demás perciben y, por el contrario, lo que capta el abuelo. Y, por encima quizá de casi todo, las diferencias y resultados entre hablar y el acto de callar. Que conducen a ese vaivén inmenso entre la certeza y lo borroso de la primera imaginación o, si no, la intuición duradera y sabia. O le hacen a uno detenerse y preguntarse cuáles deberían ser las primeras palabras que nos enlazan al mundo y sus partituras.

Don Hilarión Eslava, navarro del XIX, definió la música como «el arte de bien combinar los sonidos y el tiempo». La melodía que sigue «Incomprensión» enlaza movimientos en una estructura musical. Primero, la presentación del abuelo y su peculiar manera de escuchar y la opinión que los demás tienen de él. Después, la profundización: el narrador sugiere cómo entiende él qué ocurre en realidad. Y cierra —final dejado en suspenso— con la incorporación del narrador como personaje que adquiere protagonismo similar al anciano. El venerable asunto literario del puer senex o puer prudens («niño viejo, sensato»), con las virtudes de la sabiduría y la cordura que se consideran propias de personas expertas en humanidad. Y en gatos. Y en lo que no averiguamos los demás.

Porque ¿qué consideran los demás normal o comprensible? Pregunta de preguntas por los siglos de los siglos.

Para seguir descubriendo a la sevillana Sara Coca, periodista, gestora cultural, orientadora de talleres de Escritura Creativa, poeta, podemos adentrarnos en sus libros Micromundos (Albanta, 2009), A qué sabe lo que somos (Algarabía Ediciones, 2012), No quieras saber tanto (Ediciones en Huida, 2018) , Desubicados. Microficciones Audiovisuales (Tusca Editoras, 2021), Caóticos (BGR, 2023) y Disonantes (Platero CoolBooks, 2025).

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Incomprensión

El abuelo oye mejor por el oído que no escucha. Asegura que percibe el sonido de las estrellas, las mareas e incluso la respiración de esas aves que sobrevuelan nuestra casa. Pero todos creen que escucha lo que quiere y solo habla con el gato.

Lo cierto es que por el oído sano le llega el ruido del mundo, sin certeza alguna. O eso me cuenta mientras acaricia al felino, que mueve las orejas al compás de sus palabras.

Yo, sin embargo, prefiero el silencio, aunque sea una quimera. Salvo el abuelo, los demás desean que aprenda a decir mamá y papá lo antes posible. ■

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Publicado en revista literaria digital Plantígrados, 28 de diciembre de 2024 y en Disonantes, Tomares (Sevilla), Platero Editorial, 2025, pág. 16.

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