Regreso a los libros de la colección La belleza de Eolas cada vez más convencida de la necesidad de libros así, que se basan en este concepto de lo bello, por lo que cuentan y por cómo lo cuentan, pero que además nos permiten la contemplación y la reflexión sobre temas tan variados como la literatura, lo eterno, los fantasmas o lo mágico, en un mundo en el que cada vez priman más las prisas y el zumbido que a veces se adueña de las redes sociales.
Pero La belleza de invocar perfumes no se limita a hablar de perfumes: los invoca. Y quizá solo así puedan hacerse eternos los perfumes importantes. Porque, tal y como nos anuncia en la introducción, Ana Martínez Castillo inicia un viaje que es, en sí mismo, una invocación: «un camino personal a través de los olores de este mundo que han servido para conocer el otro, esencias umbrálicas, daimónicas, preternaturales, cuyas sustancias volátiles nos conectan con lo radicalmente distinto y sutil, con la extrañeza, con las regiones del envés del mundo».
¿Y cómo puede escribirse y describirse un perfume? Si lo más eterno es invisible, ¿cómo atrapar entonces aquello que solo podemos percibir cuando ya ha pasado? Pero, a la vez, esa podría ser también la mejor definición de lo fantasmático: sabes que está ahí, pero no lo ves. No resulta extraño, por tanto, que muchos espectros se anuncien precisamente a través de los olores. Y es aquí donde la escritura de Ana encuentra su territorio natural. Ana, autora de lo insólito, de lo extraño, pero también devota de la musa poética, habla del perfume a través del lenguaje y nos ofrece un auténtico homenaje a esa materia invisible. Nos evoca los perfumes, los invoca, porque solo así es posible entender su esencia. Y, tal y como ella nos dice: «solo así podía invocarse lo sagrado y lo mágico y lo que vive para siempre».
Ana invoca los perfumes —y la literatura— a través de la belleza —también oscura, en ocasiones— y la poesía. Porque, si el perfume es invisible, la palabra parece ser la herramienta perfecta para devolverle una forma. Y la sinestesia es su principal herramienta para convertir esa materia invisible en algo que podemos casi ver, tocar y reconocer.
Estructurado en cuatro capítulos, el libro inicia su viaje desde el recuerdo, en busca de los olores de la infancia: «(…) el aroma a plástico de cabeza de muñeca, Petit Cherie o Denenes al salir del baño, el vapor de las toallitas de papel higiénico empapado de Heno de Pravia para paliar el mareo cuando viajábamos a Lérida, el polvoriento nido de los libros de la biblioteca de mi padre…». O «el ensueño de jabón histérico, ese que describía la impresión de limpieza extrema, tan blanca, pura, transparente, tan etérea y al tiempo cremosa y compacta…», uno de esos otros olores que permanecen con nosotros incluso después de cerrar el libro.
Del recuerdo íntimo, Ana se adentra después en los perfumes entre mundos. Nos lleva hasta la antigua Grecia, Roma y el legendario Egipto para recorrer esencias que invocan, que comunican con lo mítico, con lo místico, con lo sagrado. Y aquí llega una de mis partes preferidas: la de las brujas. Porque también hay olores capaces de devolvernos a lugares literarios, y Ana nos cuenta, entre otras cosas, cómo huele el laboratorio de Celestina: «Olería la casa de Celestina al amoniaco del sudor, a pescadilla bajo saya, a refajo mugriento, orines, cebolla, ajo, cabra y grasa de pelo, a guiso de patata y a pomadas herbales, hidrolato de flores, jabón de Castilla…».
Aparecen poco después los perfumes de protección, esencias destinadas a mantener a raya aquello que no vemos. Aunque, en el fondo, ¿quién quiere protegerse si a continuación puede estar esperando el otro lado? La cara B del mundo, como la define Ana en otro momento. Allí aparecen los seres invisibles y, con ellos, quizá la concepción del perfume más cercana a su propia naturaleza: «el olor de un perfume es efímero espectro, su otra vida no se concibe sin la aniquilación, todo en la existencia del perfume es un continuo memento mori».
El perfume, entonces, se convierte también en una forma de atravesar la ausencia. Recorremos el olor de los que ya se fueron, de los difuntos anónimos que se presentan a través del olor a su colonia, al tabaco favorito; pero también el de figuras célebres, como Catalina de Médici, que, según Ana nos narra, olía a un Acqua della Regina, o María Antonieta y su Bouquet de Trianón —yo, desde luego, tengo que hacerme con este perfume…—.
Del pasado y de los que ya no están pasamos, en la última parte, a la oscuridad. Porque todo tiene dos caras y también hay perfumes invocados desde el purgatorio, la muerte o el diablo. Pero, después de la oscuridad, llega lo luminoso, lo celestial, los aromas de narciso, rosa, lirio y las diosas como Afrodita, junto a otras figuras míticas. Y así, casi como si siguiéramos las estelas invisibles que dejan los perfumes, el libro termina convirtiéndose en un recorrido por la mitología, la historia, la literatura, las modas y las supersticiones. Un viaje que Ana realiza a través de la poesía y de la sinestesia y que quizá conduce también hasta la búsqueda de un perfume propio, del nuestro. Ese perfume, como dice al final Ana Martínez Castillo, «grita a los cuatro vientos lo que soy porque recopila todas mis facetas, (…) y con el que, en mis últimas voluntades, ordenaré que me embalsamen…». Y quizá sea también por eso que, al llegar al final del libro, solo podamos quedarnos con una certeza, si es que puede existir alguna cuando hablamos del más allá: «el más allá es multiforme, permeable y plástico. Está claro, del más allá uno no puede fiarse; cabe eliminar cualquier certeza, a excepción de una: que huele y que el olor de alguna manera nos llega».
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Autora: Ana Martínez Castillo. Título: La belleza de invocar perfumes. Editorial: Eolas. Venta: Todos tus libros.


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