En Cómo acabar con la escritura de las mujeres, Joanna Russ enumera los mecanismos que, durante siglos, han contribuido a minimizar la literatura escrita por mujeres. Entre ellos hay uno especialmente revelador: la ausencia de modelos. «Los modelos a seguir como guías para la acción y como indicadores de posibilidades son importantes para todos los artistas, para todas las personas, de hecho, pero para las mujeres aspirantes a ser artistas son el doble de valiosos. Puesto que se enfrentan a un continuo y masivo desaliento, las mujeres necesitan modelos a seguir, no sólo para comprobar las maneras en las que la imaginación literaria ha representado el hecho de ser mujer, sino también como garantía de que pueden crear arte sin ser inevitablemente de segunda categoría, sin volverse locas o sin por ello dejar de ser amadas».
Aquellos años fueron especialmente prolíficos en la aparición de ensayos que abrieron nuevos caminos. Algunos, sin embargo, han envejecido mejor que otros; es algo inevitable. La teoría literaria también evoluciona, revisa sus postulados y discute sus propias certezas. No obstante, resulta imposible comprender muchos estudios posteriores sin volver la vista hacia títulos como Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de Bruno Bettelheim, o La risa de la Medusa, de Hélène Cixous, que invitaba a las mujeres a escribir desde su propia experiencia y a reivindicar una voz propia. La loca del desván pertenece plenamente a esa estirpe de libros pioneros que, lejos de sentar cátedra y cerrar una conversación, aspiran a inaugurarla.
Nacido a partir del trabajo académico de Gilbert y Gubar, el ensayo ofrece un extenso recorrido por la literatura escrita por mujeres durante el siglo XIX y, al mismo tiempo, una reivindicación de la necesidad de construir una genealogía femenina. De alguna manera, responde precisamente a la preocupación que Joanna Russ expresaría unos pocos años después: la falta de antecedentes, el aislamiento de las escritoras, la falsa impresión de que cada una de ellas constituía una excepción.
Nombrarlas también significa romper ese aislamiento. Significa demostrar que Mary Shelley, las hermanas Brontë, George Eliot, Emily Dickinson y tantas otras no fueron anomalías dentro de la historia de la literatura, sino parte de una tradición que había permanecido durante demasiado tiempo dispersa e incompleta.
Hay una imagen del ensayo que resume admirablemente esa idea y que, quizá, sea una de mis favoritas del libro. Gilbert y Gubar recuerdan el episodio narrado por Mary Shelley en la introducción de El último hombre, donde relata la visita que realizó junto a Percy Shelley a la supuesta cueva de la sibila de Cumas. Allí encontraron hojas dispersas, fragmentos de corteza y una extraña sustancia blanquecina y membranosa que, en un primer momento, ninguno de los dos supo interpretar. Hasta que Percy Shelley exclamó: «Esta es la cueva de la sibila; estas son hojas sibilinas». A partir de esa escena, Gilbert y Gubar desarrollan una de las ideas más sugerentes de todo el ensayo. Resulta significativo que no sea Mary Shelley quien reconozca el lugar ni quien sea capaz de descifrar el lenguaje de aquellas hojas. Según las autoras, esa dificultad simboliza la posición de la escritora dentro de una cultura literaria patriarcal, una tradición cuyos códigos parecían escritos en una lengua ajena y cuyos rituales no habían sido pensados para ella.
Esa necesidad de recuperar una tradición femenina atraviesa todo el libro y explica también el enfoque con el que Gilbert y Gubar analizan las grandes escritoras del siglo XIX. Su lectura parte de una idea que se repite constantemente: la mujer ha sido representada a través de una escisión permanente, obligada a ocupar uno de dos papeles opuestos y complementarios: ángel o monstruo, mujer sumisa o transgresora. No es casual, por tanto, que el ensayo tome su título de Bertha Mason, la mujer encerrada en el desván de Jane Eyre. La «loca» constituye el reverso de la propia Jane, su doble oscuro, del mismo modo que, a lo largo de la historia de la literatura, las figuras femeninas parecen dividirse una y otra vez entre la mujer dócil y la mujer monstruosa, entre Eva y Lilith, Penélope y Circe o el ángel del hogar y la loca del desván.
Una de las lecturas que me han parecido más sugerentes es la que las autoras dedican a Blancanieves. También allí reaparece esa dualidad: por un lado, la reina, poderosa y transgresora; por otro, la joven pasiva cuya belleza culmina en la inmovilidad absoluta del ataúd de cristal. Gilbert y Gubar interpretan esa imagen como una metáfora de un ideal femenino construido desde la mirada masculina: la mujer silenciosa, inmóvil y obediente convertida en objeto de contemplación.
El propio ensayo explica, en un breve epílogo, cómo las dos autoras comenzaron a detectar estos motivos mientras preparaban un curso sobre literatura escrita por mujeres. Gubar y Gilbert escriben: «(…) nos sorprendió la consistencia de temas e imágenes que encontramos en las obras de escritoras con frecuencia distantes unas de otras geográfica, histórica y psicológicamente. Incluso cuando estudiamos sus logros en géneros radicalmente diferentes, descubrimos lo que comenzó a parecer una tradición literaria manifiestamente femenina (…). Imágenes de encierro y fuga, fantasías en las que dobles locas hacían de sustitutas asociales de yoes dóciles, metáforas de incomodidad física manifestada en paisajes congelados e interiores ardientes…».
Ese será precisamente el hilo conductor de las más de setecientas páginas del volumen. Gilbert y Gubar analizan con enorme minuciosidad la obra de Mary Shelley, Emily Brontë, Charlotte Brontë —a cuya obra se dedica buena parte del ensayo y de la que toma el título—, George Eliot o Emily Dickinson, a quien definen acertadamente como «la poeta del hilo perla», una imagen donde el blanco vuelve a representar simultáneamente la pureza y la mortaja, una vez más la dualidad.
Tal vez sea precisamente esa voluntad de no dejar ningún cabo suelto la que convierte La loca del desván en una lectura un tanto exigente. Sus páginas conservan el ritmo de un gran ensayo académico, con análisis muy extensos que presuponen un conocimiento profundo de los distintos libros comentados y que, en ocasiones, pueden resultar reiterativos para el lector contemporáneo. Por otro lado, algunas interpretaciones pertenecen claramente al clima intelectual de los años setenta y hoy admiten matices o revisiones. Pero ninguna de esas objeciones disminuye la importancia del libro. Porque La loca del desván no sólo analiza la literatura escrita por mujeres: contribuye decisivamente a construir la tradición desde la que hoy podemos leerla.
Hacia el final del ensayo, Gilbert y Gubar citan unos versos de Christina Rossetti: «¿Dónde están las canciones que sabía? ¿Dónde están las notas que solía cantar? (…) He olvidado todo lo que sabía hace tiempo». Tal vez ahí reside una de las principales razones por las que sigue siendo necesario volver a este libro. No porque contenga todas las respuestas, sino porque nos recuerda la importancia de seguir buscando esas canciones y de reconstruir esa memoria literaria. Porque sólo recuperando esas hojas sibilinas dispersas podemos impedir que vuelvan a perderse.
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Autoras: Susan Gubar y Sandra M. Gilbert. Título: La loca del desván. Traducción: Carmen Martínez Gimeno. Editorial: Espinas. Venta: Todos tus libros.


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