No hay color entre el muchísimo tiempo que ha dedicado y dedica Antonio Villarreal (Córdoba, 1981) al periodismo científico y el tiempo más breve y puntual que invirtió en escudriñar el fenómeno de las tertulias para publicar su último libro, Tertulianos: Un viaje a la industria de la opinión en España (Península). Da igual: nos ha entregado este año una radiografía tan concisa y minuciosa como lúcida y amena que va camino de situarle como autoridad oficial sobre el mundo de las tertulias, sea porque le reclaman para saber cuánto suelen cobrar de media por intervención los que frecuentan estas mesas de debate en radios y televisiones, sea porque una tertuliana se enfada y abandona el programa, sea porque un ministerio encargó un informe que detallara, en forma de fichas, la mayor o menor adhesión al Gobierno por parte de los cientos de periodistas que dan su parecer cada semana como tertulianos. Empezamos la entrevista por esto último.
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—Hemos iniciado el nuevo curso confirmando la importancia que las autoridades aún le conceden a los periodistas influyentes.
—En el informe del Ministerio del Interior, la mayoría de los analizados son periodistas, pero se centra en aquellos que participan en tertulias. Es así porque ahora mismo al poder —gobierno, comunidades autónomas, incluso ayuntamientos— le interesa sobremanera este tipo de perfiles por su capacidad para modular la opinión pública. Es muy difícil, o imposible, modificar los hechos: no puedes cambiar que un tren haya descarrilado o lo que ha pasado este verano en Ceuta, pero sí puedes modular la forma en la que la gente recibe esta información, porque es sabido que a muchos les llega directamente a través de las tertulias. De ahí que los actores políticos sepan que, con el avatar adecuado dentro de la tertulia, pueden matizar lo que ha pasado, recordar que eso también sucedió en otro país o incidir en que la culpa de lo que sea está muy dividida entre diferentes administraciones. Tampoco es casual que se monitorice al tertuliano, dado que los políticos también participan en estas mesas y desean saber bien con quién debaten.
—El mes pasado, hubo una clara renovación de nombres al frente de los principales programas de radio de la mañana. Nuevos presentadores que heredarán tertulianos y buscarán otros de su gusto. El País entrevistó a uno de ellos, a Aimar Bretos como director del Hoy por hoy de la cadena SER. Bretos dijo que no sobraban tertulias, pero que el concepto tenía que evolucionar, que debía mutar hacia una cosa distinta. Defendía la incorporación de comentaristas expertos en áreas temáticas. ¿Crees tú también que la fórmula actual se está agotando? Y en tiempos de tanta polarización, ¿no tiene algo de brindis al sol esa apuesta por la especialización frente a la figura del todólogo, que por mucho que se critica no deja de proliferar?
—En primer lugar, es de elogiar que Aimar Bretos quiera buscar este tipo de tertulia más especializada, menos generalista, y ojalá lo logre, pero lo cierto es que se ha intentado bastantes veces y se ha visto que al final la actualidad todo lo devora. Cuando ocurre algo, la gente demanda inmediatamente saber qué pasa sobre el terreno. Ahora bien, eso de mandar a un periodista a que cuente a pie de calle lo que sucede cuesta dinero. En cambio, con menos coste, el tertuliano te lo resuelve en media hora, ya sea una catástrofe ferroviaria o una acampada en la Puerta del Sol. Los tertulianos rellenan un hueco que los medios actualmente necesitan cubrir, que es la respuesta superrápida a lo que está pasando en el mundo. Los medios tienen menos corresponsales, menos recursos, menos delegaciones, etc. Y no nos engañemos: la tertulia ha demostrado ser un formato capaz de solventar esa pérdida de capacidad. Además, el pecado original de las tertulias es que a la gente le encanta. Te puedes plantear tener un especialista en geopolítica, pero al final el oyente o el telespectador parecen responder más ante una voz que reconocen como cercana y que concuerda con sus intereses políticos. Esto viene a ser un incentivo para que las cosas no solo no cambien, sino que al final acaben perpetuándose. Son las mismas voces una y otra vez diciendo a la gente lo que la gente quiere escuchar.
—Eso que dices está en el corazón del libro: nos creamos una opinión sobre las cosas no a partir de leer noticias en uno o más medios sino forjando dicha opinión casi exclusivamente a partir de esas otras opiniones, las de los tertulianos, que son más afines a nuestra visión del mundo.
—Fue una de las razones que me impulsaron también a investigar sobre este fenómeno. Por un lado, como periodista coincidía a diario con muchos compañeros que iban y venían de tertulias continuamente. A veces pensaba: “Si mañana hay un atentado, ¿dónde va a estar esta persona? ¿Cubriendo el atentado para el periódico o hablando de él para una tertulia?”. Y seguramente este conflicto lo tienen muchos de ellos. Pero, por otro lado, también me iba dando cuenta cómo a mi alrededor amigos, familiares o vecinos acababan reproduciendo los argumentos que yo había escuchado esa mañana en la tertulia de turno. No repiten palabra por palabra lo oído, claro, lo visten con las suyas, pero está claro que la idea recibida es ajena y acaba calando. Los gobiernos, totalmente conscientes de esto, saben que es posible plantar una semilla con un argumentario que pueda modular en gran medida lo que al final acaban diciendo, pensando o votando los ciudadanos.
—Das en el libro la cifra actual media de 150 euros brutos por intervención. Imagino que los tertulianos jóvenes alucinarán cuando lean lo que podía cobrar, por ejemplo, un Ramón Tamames por estar en exclusiva en una única tertulia el siglo pasado. ¿Que se les presente como periodistas de este o aquel diario es publicidad suficiente para que los medios impresos o digitales que les pagan la nómina les perdonen el agravio comparativo con compañeros que echan muchas más horas en la redacción?
—Suelen ser figuras con responsabilidades que no diré que son ficticias, porque tienen su poder de decisión, pero no son como los cargos que había antes. Todo eso ha cambiado mucho. Uno imagina al director de un medio de hace treinta años, muy encima de cada aspecto de la edición que va a salir al día siguiente, hablando con los jefes, etc. Se ha ido acentuando más su papel como embajadores de la marca, con la misión de representar las noticias que da su periódico, la línea editorial… Y aquella labor de presencia en la redacción suele delegarse más en un número dos, en un subdirector. Por otro lado, con la precariedad de los medios, al no poder pagar a sus periodistas tanto como les gustaría o tanto como deberían, se auxilian en el sobresueldo de las tertulias. Es un incentivo muy perverso, por lo que decíamos: teniendo delante una noticia ¿dónde la vas a contar?
—Está también ese capital social, “poderoso e intangible”, que da ser tertuliano y que puede compensar la bajada progresiva de honorarios.
—Hay que decir que la tertulia, individualmente, puede parecer poco dinero, pero hay tantas que, si haces ocho tertulias al mes, la cifra resultante ya es otra cosa. Con acudir a una tertulia a la semana, el ingreso asciende a 600 u 800 euros que puedes sumar a la nómina del mes. Imagina ya si sales dos o tres veces por semana. Respecto al capital social, el tertuliano valora también que va a poder sentarse y hablar de tú a tú con altos cargos, ministros, presidentes, directores de empresas. Que le van a invitar a más eventos solo porque le han visto en la tele. Incluso muchos políticos le empiezan a hacer caso no por lo que le hayan leído en su medio, sino porque le han visto ahí opinando. En fin, les abre otro tipo de puertas profesionales y personales, y eso es algo que puede considerarse parte del éxito. Es una razón, especialmente en el periodismo político, para querer estar en las tertulias.
—¿Crees que la tertulia política se ha ido devaluando con los años respecto a la época en la que los presentadores tenían más libertad para elegir a los tertulianos que consideran idóneos?
—Hace diez o hace veinte años había muchas menos tertulias. Como pasa con cualquier producto, si la oferta se dispara baja el valor, porque ya los tertulianos tienen donde elegir. En los noventa, por ejemplo, se pagaba muy bien a algunos tertulianos para tenerles en exclusiva. Como lo que se cobra por tertulia se ha desplomado, se ven prácticamente obligados a desfilar en procesión de una a otra, con lo cual se pierde un poco el valor de esa voz original. Sumemos a esto lo que hemos dicho antes: que los actores políticos están tratando de intervenir directa o indirectamente. Y luego está la tendencia a la espectacularización, y eso ha supuesto que entren en juego otros perfiles que quizá hace un par de décadas jamás nos habríamos imaginado en una tertulia.
—¿Por ejemplo?
—Pues alguien que de repente viene del mundo de las redes sociales o que no tiene un currículum concreto, pero que habla muy bien ante la cámara o el micro. Ves cómo van ganando espacio y es posible que un día te preguntes cómo es posible que esta persona nos esté hablando de derecho internacional sin que tengamos claro qué credenciales tiene para ello. Ahora cualquiera puede hackear su aterrizaje en las tertulias.
—¿Hablamos de los influencers con muchos seguidores?
—El término influencer como persona que vende cosas en Instagram no tanto. En cambio, alguien que ha amasado un número importante de seguidores en X, por ejemplo, y que tiene una ideología reconocible, ése ya hace muchos años que está entrando. Son perfiles que se han ido haciendo, poco a poco, una cara habitual y ya están entre nosotros. Se llaman a sí mismo analistas y están muy cotizados porque arrastran a mucha gente y porque llevan también la tertulia a las redes sociales o a su propio canal. El tertuliano de la generación anterior no lograba darle esa proyección.
—¿Podemos afirmar que el tertuliano más solicitado no es el más formado, ni siquiera el que mejor se expresa sino, en términos darwinistas, el que mejor se adapta a las circunstancias?
—Efectivamente, la adaptación es la clave. Antes sabías reconocer al que habla de economía o al que lo hace del Gobierno, porque son los asuntos que domina. Veías que del resto de temas daba un paso atrás o se limitaba a no ofrecer opiniones muy grandilocuentes. Ahora todos participan con el iPad o el móvil a mano porque eso les permite reaccionar de forma muy rápida, una virtud que ciertamente me impresionó cuando los seguí de cerca. Lo hacen para documentarse sobre un tema que desconocían dos minutos antes y poder aportar una opinión. Ves cómo aprovechan las pausas publicitarias o los segundos en los que habla el presentador, tomando notas frenéticamente. Cuando les toca el turno de palabra, hablan perfectamente del estrecho de Ormuz o de una empresa del Ibex. Saben que es fundamental no quedarse jamás en silencio. De hecho, nunca pasa que enciendas la radio y se produzca un silencio en una tertulia porque ninguno sepa lo que decir.
—Tengo la sensación de que quien creciera escuchando tertulias en los ochenta o primeros noventa podrá citar muchos más nombres de hombres que de mujeres de esos años. En el libro das cuenta de que eso hoy es totalmente diferente, que hay un equilibrio y añades un dato llamativo: en la tertulia televisiva ellas muestran un tono más bronco.
—Cito un estudio muy interesante que revela que las mujeres, con fama de ser más afables, interrumpen más a sus compañeros de mesa. Según la autora, Marina González-Sanz, investigadora de análisis del discurso en la Universidad de Sevilla, eso podía deberse a que ellas intenten comportarse como los hombres, al tener que desenvolverse en un entorno tradicionalmente muy masculinizado. No sé si es eso o simplemente que su carácter, su forma de debatir, es diferente. En cualquier caso, la representatividad es total porque quien elige sabe que van a dar tanto o más juego que sus compañeros varones.
—No hay discriminación por género. ¿Y edadismo? ¿Se valora la experiencia de quien lleva debatiendo décadas?
—No hay edadismo. De hecho, hay muchos que llevan más de tres décadas. Incluso Ramón Tamames (92 años), cuando hablé con él, seguía yendo a una tertulia en Capital Radio. Al final no es tanto un tema de edad como de la afinidad que tengas con el presentador. Este siempre va a buscar alguien de su agrado, pero también una combinación de caracteres que generen electricidad entre ellos, que sean capaces de dar ligereza a un momento que se esté volviendo farragoso. Saben muy bien los perfiles que quieren y cómo combinarlos. Eso explica que algunos lleven tantos años. Y ahí seguirán seguramente mientras su salud se lo permita.
—Sostienes que la tertulia política es el único género radiofónico genuino de la España democrática. ¿Sería esa la razón por la que parece que nos gusta mucho más este formato que a otros países de nuestro entorno? ¿Necesitamos más que otras culturas eso de que alguien venga cada mañana a interpretarnos la realidad?
—Cada país tiene su historia, y la prensa se ha ganado el reconocimiento de que goza en cada sitio de diferentes maneras. España partió de una situación distinta por los límites que impuso una dictadura. Cuando llega por fin la democracia, hay un auge de las tertulias, principalmente porque la gente tenía tremendas ganas de escuchar debates políticos y de hablar con libertad públicamente. Mucha gente me decía que en los ochenta esto era algo muy español que no se daba fuera. Y es verdad que hay sitios como la BBC donde no podían concebir un formato como las tertulias en las que pudiera haber, por ejemplo, un desequilibrio de posiciones. No obstante, viendo su éxito, al final muchos otros países le van concediendo a la tertulia un protagonismo creciente, especialmente a partir de la crisis en 2008. Cada vez hay más mesas y más opinión, porque gusta, es coste eficiente y da audiencia.




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